Capítulo 17 — EL RECESO
EL RECESO
Audiencia Provincial de Madrid, Sala Segunda
El fiscal continuó con el interrogatorio, y diez minutos después llegó la pregunta que Irene, en algún nivel que no se permitía reconocer del todo, ya sabía que iba a llegar antes de que se formulara.
—Señora Olmedo, ¿qué le dijo exactamente a su hijo, esa noche, antes de llamar al abogado?
Cristina cerró los ojos un momento, como reuniendo el valor necesario para repetir en voz alta, ante una sala llena de desconocidos, palabras que probablemente solo había dicho una vez en su vida, en la intimidad de su propia casa.
—Le dije: «Esto no va a definir el resto de tu vida. Yo me voy a encargar de que no lo haga. Pero tienes que confiar en mí y hacer exactamente lo que yo te diga, sin contárselo a nadie más.»
Las palabras cayeron sobre la sala con un peso que ningún otro testimonio de toda la sesión había tenido, y solo Irene, sentada en el estrado con la espalda perfectamente recta y la expresión perfectamente controlada, supo identificar por qué exactamente esa frase, con esas palabras casi exactas, le resultaba tan insoportablemente familiar.
Las había dicho ella. Veinticuatro años antes, en la cocina de su propia casa, a un hijo de diecisiete años que temblaba tanto que apenas conseguía mantenerse de pie.
Esto no va a definir el resto de tu vida.
Yo me voy a encargar de que no lo haga. Las mismas palabras, casi en el mismo orden, pronunciadas por dos madres distintas con veinticuatro años de diferencia, ante dos crisis que cualquier persona ajena a los hechos habría descrito con el mismo lenguaje genérico de la tragedia familiar.
El fiscal siguió hablando, formulando la siguiente pregunta, pero Irene ya no conseguía procesar del todo las palabras que llegaban hasta ella.
Su cabeza se había quedado atrapada en la cocina de hace veinticuatro años, viendo a Hugo llorar contra la encimera, sintiendo otra vez la determinación absoluta con la que había decidido, en cuestión de minutos, exactamente qué iba a hacer y cómo iba a hacerlo, sin permitirse ninguna duda que pudiera ralentizar el proceso.
—Señoría, ¿se encuentra bien?
La pregunta del fiscal la sacó de golpe del lugar al que se había ido sin darse cuenta, y solo entonces notó que su propia respiración se había acelerado lo suficiente para resultar visible desde fuera, y que su mano, sobre el atril, se había cerrado en un puño sin que ella lo hubiera decidido conscientemente.
—Vamos a hacer un receso de quince minutos —dijo, con la voz más firme que consiguió fabricar, golpeando el mazo con un gesto que esperaba que pareciera rutinario—. La sesión se retoma a las once y media.
Se levantó antes de que nadie pudiera añadir nada más, y caminó hacia su despacho con el paso controlado de alguien que ha pasado veinte años aprendiendo a que ningún gesto, en público, delate jamás lo que sucede por dentro.
Solo cuando cerró la puerta de su despacho, sola por fin, se permitió apoyarse contra la pared y dejar que las piernas, durante un instante, amenazaran con no sostenerla.
No había pedido un receso en una sesión en veinte años de carrera judicial. Y la idea de que dos periodistas, sentados en la zona reservada al público, acababan de presenciar esa fisura sin saber exactamente qué la había causado, le resultaba casi tan inquietante como la fisura en sí misma.
Se acercó al espejo pequeño que tenía sobre el lavabo del despacho y se miró durante un momento, comprobando que su expresión, al menos en apariencia, había vuelto a la neutralidad profesional que necesitaba para regresar a la sala.
Se recompuso el pelo, se ajustó la toga, y repitió mentalmente, como un mantra que llevaba veinticuatro años usando sin saber que algún día necesitaría usarlo con esta intensidad, la frase que le permitía separar lo que sentía de lo que debía hacer: Eres la magistrada en esta sala.
No eres nadie más mientras estés sentada en ese estrado.
Respiró hondo una última vez, y volvió a caminar hacia la sala con el tiempo justo para retomar la sesión exactamente cuando había dicho que lo haría.