Capítulo 16 — EL PARALELISMO
EL PARALELISMO
Audiencia Provincial de Madrid, Sala Segunda
La sesión de aquel viernes del caso Olmedo se centró en el interrogatorio directo a Cristina, y desde el primer minuto Irene tuvo que esforzarse, más que en cualquier sesión anterior, en mantener la expresión neutral que el cargo exigía.
La sala estaba más llena que en sesiones anteriores —el caso había empezado a atraer cierta atención mediática, no mucha, pero suficiente para que hubiera dos periodistas sentados en la zona reservada al público, tomando notas con la atención de quien sabe que en algún momento de la sesión va a llegar el fragmento que sirva de titular— y esa presencia añadida hacía que cada palabra pronunciada en la sala pesara un poco más de lo habitual, como si las paredes mismas hubieran decidido prestar más atención.
—Cuando su hijo llegó a casa aquella noche, ¿qué le dijo exactamente? —preguntó el fiscal, con el tono procedimental de quien ya conoce la respuesta y solo necesita que quede registrada en acta.
—Me dijo que había atropellado a alguien. Que no sabía si la persona estaba viva. Que tenía mucho miedo.
—¿Y qué hizo usted con esa información?
Cristina tardó en responder, con las manos entrelazadas sobre la mesa en un gesto que a Irene le resultó dolorosamente familiar, aunque no conseguía identificar todavía de dónde exactamente.
—Primero pensé en mi hijo. Sé que no es la respuesta que se espera de mí en esta sala, pero es la verdad, y he venido aquí a decir la verdad. Pensé en mi hijo antes de pensar en nada más.
—¿Y después?
—Después llamé a un abogado. Necesitaba entender qué opciones teníamos antes de hacer nada irreversible.
—¿Y a la persona que su hijo había atropellado? ¿Cuándo pensó en ella?
—Treinta y ocho minutos después. —La voz de Cristina se quebró ligeramente al decirlo, la primera fisura visible en una declaración que hasta entonces había mantenido con un control sorprendente—.
Lo sé porque ese número me lo han repetido tantas veces en los últimos meses que ya no consigo dejar de contarlo yo misma.
Treinta y ocho minutos en los que pensé primero en proteger a mi hijo, antes de pensar en ayudar a la persona que él había herido.
Irene sintió que el bolígrafo, otra vez, se le quedaba inmóvil sobre el papel.
Porque ella también lo sabía, ese número, esa distancia exacta entre el instinto y la responsabilidad, aunque en su propio caso nunca hubiera llegado a medirse en minutos contados con tanta precisión judicial.
En su caso habían sido horas completas, una noche entera de decisiones tomadas con la frialdad de alguien que conocía el sistema desde dentro y sabía exactamente qué hacer para que la balanza se inclinara en la dirección que ella había decidido.
Pero el principio era idéntico, exactamente idéntico, y escucharlo verbalizado en la voz de otra mujer, en una sala llena de desconocidos, le produjo una sensación de exposición que ningún caso anterior, en veinte años de carrera, había conseguido provocarle.
—Señora Olmedo —continuó el fiscal—, ¿en algún momento de esos treinta y ocho minutos consideró que estaba anteponiendo el bienestar de su hijo al de otra persona?
—No en ese momento. —Cristina levantó la vista, y por primera vez en toda la sesión miró directamente hacia el estrado, hacia Irene, con una expresión que parecía buscar algo más que un simple veredicto—.
En ese momento solo pensaba que era una madre haciendo lo que cualquier madre haría.
Ahora, mirando atrás, entiendo que esa frase —«lo que cualquier madre haría»— es exactamente la que usan todas las personas que han hecho algo que saben, en el fondo, que no debería hacerse.
Irene tuvo que concentrarse en su propia respiración, despacio, contando los segundos como le habían enseñado a hacer hacía años en un curso de gestión del estrés judicial que nunca pensó que necesitaría aplicar en una situación como esta.
El interrogatorio continuó durante otra media hora, profundizando en detalles cada vez más técnicos —el momento exacto en que la grúa municipal había trasladado el vehículo accidentado, las contradicciones entre la primera y la segunda declaración del propio hijo de Cristina— pero Irene ya no conseguía procesar del todo la información con la objetividad clínica que había mantenido durante toda la instrucción del caso.
Cada nuevo dato que se añadía al relato de aquella noche le devolvía, sin que ella pudiera evitarlo, fragmentos cada vez más nítidos de su propia noche, hacía veinticuatro años, como si el caso de Cristina Olmedo hubiera abierto una puerta que ella creía completamente sellada y ahora, por más que lo intentara, no consiguiera volver a cerrar del todo.