La madre Capítulo 15 — EL CALENDARIO
15%

Capítulo 15 — EL CALENDARIO

EL CALENDARIO

Cafetería frente a la Audiencia Provincial, Madrid

La segunda vez que coincidieron, Rubén ya sabía exactamente qué hora salía Marina a almorzar y se aseguró de llegar primero, ocupando deliberadamente una mesa pequeña donde, cuando ella entrara, la única opción libre con vistas a la ventana fuera la de al lado.

—¡Qué casualidad! —dijo Marina, sentándose con la familiaridad de quien ya considera a alguien, aunque solo lo haya visto una vez, parte del paisaje habitual de su rutina.

—No tanta. Empiezo a pensar que los dos comemos siempre a la misma hora.

—Probablemente. Yo casi nunca cambio de horario, soy muy de costumbres. Mi pareja siempre me dice que podría poner mi vida entera en un horario de tren y nunca llegaría tarde a nada.

Hablaron de nuevo de cosas sin importancia, y Rubén, con la misma paciencia que había guiado cada decisión suya en los últimos días, dejó que la conversación derivara, casi sin esfuerzo, hacia el trabajo de Marina.

—¿Sigue con el caso complicado del que me habló el otro día?

—Uf, sí. Ha sido incluso peor. La magistrada tuvo que pedir un receso a media sesión, algo que no le había visto hacer nunca en los nueve años que llevo trabajando con ella.

—Marina bajó un poco la voz, con el tono de quien comparte un cotilleo inocente sin pensar en las consecuencias—.

Y encima tiene la entrevista para el Tribunal Supremo la semana que viene, así que está sometida a una presión tremenda.

La agenda de los próximos quince días es una locura.

—Imagino que para alguien con su cargo, gestionar la agenda debe de ser casi un trabajo en sí mismo.

—No tiene ni idea. Yo le organizo prácticamente cada hora del día, hasta las comidas, porque si no se le olvida comer cuando tiene un caso complicado entre manos.

—Marina sonrió, sacando el teléfono del bolso, casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, simplemente porque la conversación había llegado al tema que más ocupaba su cabeza esos días—. Mire, esto es solo la semana que viene.

Le mostró, durante apenas dos segundos, la pantalla del calendario compartido que usaba para coordinar los desplazamientos de Irene, y Rubén, con la memoria entrenada durante años de estudiar documentos legales con una sola lectura, capturó lo esencial antes de que ella volviera a guardar el teléfono: las sesiones del caso Olmedo marcadas en azul, una cena con un nombre que no reconoció marcada en verde, y, ocupando tres días completos hacia el final de la semana siguiente, un bloque marcado solo con dos letras —T.S. — sin ninguna otra anotación.

—¿T.S.? —preguntó, con el tono más despreocupado que consiguió fabricar.

—Tribunal Supremo. —Marina guardó el teléfono, sin darle ninguna importancia especial al detalle—. Es confidencial todavía, así que no lo comente con nadie, pero entre nosotros, va a ser magistrada del Supremo antes de que acabe el año. Lleva toda la vida trabajando para esto.

—No diré nada —dijo Rubén, sonriendo—. Aunque imagino que después de algo así, ya no tiene mucho más que demostrar.

—Eso mismo pienso yo. Aunque conociéndola, seguro que ya está pensando en lo siguiente antes de que se confirme esto.

Terminaron de comer, se despidieron con la misma cordialidad de siempre, y Rubén caminó de vuelta hacia el coche de Sara con una sola idea ocupando todo el espacio de su cabeza: tenía exactamente quince días, ni uno más, antes de que Irene Salgado consiguiera blindar su nombre con el cargo más alto que la magistratura española podía ofrecerle.

Si iba a hacer algo, tenía que hacerlo antes de esa fecha, o el peso simbólico de lo que estaba planeando se reduciría considerablemente, diluido entre la legitimidad institucional que un nombramiento como ese le otorgaría automáticamente a cualquier cosa que ella dijera para defenderse.

Caminó las cinco manzanas hasta donde Sara lo esperaba aparcada, repasando mentalmente cada detalle de la conversación con Marina, intentando decidir si quince días eran suficientes para hacer las cosas con la precisión que se había prometido a sí mismo, o si la fecha límite que acababa de descubrir iba a obligarlo a tomar decisiones más arriesgadas de las que había planeado originalmente.

Subió al coche sin decir nada durante el primer minuto, organizando en su cabeza un calendario propio que ahora tenía que correr en paralelo al de Irene, cada día contando doble: un día menos para ella antes del nombramiento, un día menos para él antes de que la ventana se cerrara del todo.