Capítulo 14 — MARINA
MARINA
Cafetería frente a la Audiencia Provincial, Madrid
Rubén había pasado los últimos dos días reconstruyendo, con la misma paciencia metódica con la que había estudiado Derecho durante una década, el entorno profesional completo de Irene Salgado: quién trabajaba en su despacho, quién la acompañaba en cada vista, quién tenía acceso a su agenda y a sus documentos.
Había empezado por lo más sencillo: buscar en internet cada mención pública de la Sala Segunda de la Audiencia Provincial, cada nota de prensa sobre casos relevantes, cada fotografía de actos institucionales donde Irene aparecía rodeada de otras personas cuyo papel exacto había que deducir de la posición que ocupaban junto a ella.
Sara le había prestado, sin demasiadas preguntas, su acceso a bases de datos periodísticas que normalmente solo usaba para sus propias investigaciones, y con esas herramientas Rubén había conseguido reconstruir, en poco tiempo, un mapa razonablemente completo de quién importaba en la vida profesional de la magistrada.
El nombre que apareció con más frecuencia en sus búsquedas, citado en notas de prensa sobre casos que Irene había presidido, mencionado en el directorio público de la Audiencia Provincial, era el de Marina Castelló, su letrada de confianza desde hacía nueve años, la persona que organizaba su agenda, filtraba sus comunicaciones y, según pudo deducir Rubén observando los horarios de entrada y salida del edificio durante tres días distintos, almorzaba casi siempre en la misma cafetería, a la misma hora, sola o con alguna compañera de trabajo.
Aquel día, Marina almorzaba sola.
Rubén entró diez minutos después que ella, pidió un café en la barra, y se sentó en la mesa contigua a la suya con la naturalidad calculada de alguien que ha decidido, tras mucho pensarlo, exactamente qué impresión quiere causar y cuánto tiempo va a tardar en causarla.
—Disculpe —dijo, después de un rato prudencial, señalando el periódico que Marina tenía abierto sobre la mesa—, ¿es de hoy ese periódico? El que yo suelo leer está agotado en el quiosco de la esquina.
—Sí, claro, tome. —Marina le pasó el periódico sin ninguna sospecha, con la cortesía automática de alguien acostumbrado a pequeñas interacciones sin importancia.
—Gracias. Trabaja por aquí, ¿verdad? La he visto entrar y salir del edificio de los juzgados varias veces.
—En la Audiencia Provincial, sí. Soy letrada. Llevo años viniendo a esta misma cafetería, así que probablemente me ha visto bastante.
Hablaron durante quince minutos de nada en particular —el tráfico de Madrid, un restaurante nuevo que había abierto cerca, lo impredecible que era el tiempo ese otoño— y Rubén, con la disciplina de quien ha calculado cada movimiento de antemano, no mencionó ni una sola vez nada relacionado con juzgados, casos o magistrados, dejando que fuera ella quien, de manera completamente natural, terminara hablando de su trabajo.
—Esta semana ha sido especialmente densa —dijo Marina, en algún momento, sin que él tuviera que preguntar nada—.
Llevamos un caso complicado, de encubrimiento familiar, que tiene a todo el mundo en la sala un poco tenso.
La magistrada que lo preside es muy meticulosa, pero incluso a ella se le ha notado esta semana que el caso le afecta más de lo habitual.
—Debe de ser duro, ese tipo de trabajo. Decidir sobre la vida de la gente todos los días.
—Lo es. Aunque ella lleva tantos años haciéndolo que la mayoría de la gente ni se imagina lo que hay detrás de esa cara tan serena que pone siempre en la sala. Yo lo sé porque la veo fuera de la sala también, y ahí es distinta. Más humana, supongo.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando con ella?
—Nueve años. Es la mejor jefa que he tenido, sinceramente. Exigente, pero justa. Y muy leal con quien trabaja con ella.
Rubén sonrió, terminó su café, y se despidió con la misma naturalidad con la que había empezado la conversación, sin pedir ningún dato concreto, sin preguntar ningún nombre, dejando que Marina volviera a su trabajo sin la más mínima sospecha de que aquel hombre amable del periódico acababa de obtener exactamente lo que había venido a buscar: la confirmación de que Marina hablaba con libertad sobre su trabajo, que sentía un afecto genuino por Irene que la haría más vulnerable a una manipulación cuidadosa, y que con el tiempo y la paciencia suficientes, terminaría dándole mucho más que confirmaciones generales.
Decidió que Marina iba a ser su puerta de entrada al mundo profesional de Irene Salgado, y que la próxima conversación que tuviera con ella, iba a ser un poco menos casual que esta.