La madre Capítulo 13 — SARA BERMÚDEZ
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Capítulo 13 — SARA BERMÚDEZ

SARA BERMÚDEZ

Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid

Irene cerró la puerta de su despacho con el pestillo, algo que no hacía casi nunca, y abrió el ordenador con la misma sensación de estar cruzando una línea que había sentido dos días antes, consultando el expediente de Rubén Sotelo en el sistema penitenciario.

Sara Bermúdez tenía una presencia digital extensa y, descubrió Irene en los primeros cinco minutos, casi obsesivamente centrada en un único tema: errores judiciales, condenas basadas en pruebas circunstanciales, la psicología de los sistemas que prefieren cerrar un caso rápido antes que dejarlo abierto el tiempo necesario para hacerlo bien.

Había escrito, a lo largo de quince años, decenas de artículos sobre el tema, publicados primero en medios pequeños y después, conforme su reputación crecía, en publicaciones de mayor alcance.

El nombre de Rubén Sotelo aparecía en al menos una docena de esos artículos, el más antiguo fechado hacía dieciocho años, cuando Sara todavía estudiaba Periodismo y ya entonces, según el propio texto, consideraba el caso «uno de los ejemplos más claros de cómo una investigación construida sobre la urgencia política de cerrar un caso mediático puede producir exactamente el resultado equivocado».

Irene leyó el artículo completo, después otro, después un tercero, cada uno más detallado que el anterior en su análisis de las inconsistencias del caso original: la velocidad inusual con la que se descartaron otras líneas de investigación, la falta de pruebas físicas concluyentes más allá de testimonios que después se demostraron poco fiables, la ausencia, en el expediente final, de cualquier mención a un posible móvil que conectara a Rubén con la víctima más allá de coincidir en la misma fiesta.

Sara Bermúdez no había escrito ninguno de esos artículos como una opinión pasajera.

Los había escrito con la meticulosidad de alguien que conocía el expediente completo, posiblemente mejor que la mayoría de los periodistas que en su día cubrieron el juicio, y los había seguido escribiendo, año tras año, durante casi dos décadas, sin que ningún tribunal le diera nunca la razón de forma oficial.

Irene se detuvo en un artículo de hacía nueve años, el más extenso de todos, donde Sara reconstruía hora por hora la noche del crimen basándose en declaraciones que constaban en el sumario pero que, según su análisis, nunca habían recibido el peso que merecían durante el juicio.

Había un párrafo en concreto, subrayado mentalmente por Irene mientras lo leía, que describía la actuación de la fiscalía de la época con una frase que parecía dirigida directamente a ella, aunque la articulista no pudiera saber, por supuesto, que la persona leyendo aquello veinticuatro años después era precisamente la fiscal en cuestión: «Alguien, en algún momento de aquella investigación, decidió que la verdad completa era menos importante que la velocidad de la resolución.

Y el sistema, en su conjunto, decidió no preguntar quién había tomado esa decisión, ni por qué. »

Cerró el ordenador un momento, respiró hondo, y volvió a abrirlo para terminar de leer.

Hasta ahora. Hasta que algo —Irene todavía no sabía exactamente qué, aunque sospechaba que tenía más que ver con el agotamiento de un sistema saturado de revisar casos antiguos que con un giro repentino en la opinión judicial— había conseguido que Rubén saliera, sin condena revisada formalmente, pero libre.

Cerró el último artículo y se quedó mirando la fotografía que lo acompañaba: Sara Bermúdez, de pie frente a un edificio judicial, con la expresión seria y decidida de alguien que ha dedicado gran parte de su vida adulta a una sola causa.

Esto ya no era solo Rubén Sotelo, comprendió Irene, con una claridad que le heló algo por dentro que el café de la tarde no conseguía calentar.

Esto era Rubén Sotelo con una periodista de investigación a su lado, alguien con la paciencia, el conocimiento del caso y los contactos en medios necesarios para convertir cualquier acusación que él hiciera en algo que el público entero pudiera leer en cuestión de horas.

La amenaza, hasta ese momento, había tenido un rostro.

Ahora, además, tenía una intención pública, y un nombre concreto al que Irene iba a tener que empezar a prestarle tanta atención como al de Rubén Sotelo, quizá incluso más, porque a diferencia de Rubén, Sara Bermúdez no tenía nada que perder hablando.