La madre Capítulo 12 — EL CONTACTO
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Capítulo 12 — EL CONTACTO

EL CONTACTO

Cafetería cerca de la Fiscalía General del Estado, Madrid

Mariano Esteve llevaba treinta y un años en la Fiscalía y había sido, durante los últimos cinco que Irene trabajó como fiscal antes de dar el salto a la judicatura, su compañero de despacho más cercano.

Se habían mantenido en contacto de forma irregular desde entonces —una comida cada par de meses, una llamada cuando alguno de los dos necesitaba un favor concreto que requería conocer a alguien dentro del sistema penitenciario— y esa irregularidad, paradójicamente, era lo que hacía que la relación siguiera siendo útil: ni Mariano ni Irene tenían que justificar ante nadie por qué hablaban, ni con qué frecuencia.

Se habían conocido en su primer año como fiscales, compartiendo el mismo despacho diminuto con dos mesas pegadas y una ventana que apenas dejaba pasar luz, y a lo largo de los años habían desarrollado el tipo de confianza que solo se construye trabajando codo a codo durante las peores horas de cada jornada, las que nadie ve desde fuera.

Mariano había sido testigo, sin saberlo nunca del todo, de los meses más difíciles de la carrera de Irene, aunque jamás había llegado a sospechar exactamente por qué aquel año concreto la había visto trabajar con una intensidad casi febril que después, sin explicación aparente, se había transformado en una eficacia profesional que la llevaría, año tras año, a ascender más rápido que casi cualquiera de su generación.

—Necesito un favor un poco extraño —dijo Irene, después de los minutos habituales de cortesía, removiendo un café que no tenía intención de terminarse—.

Información extraoficial sobre un excarcelado reciente.

Nada que conste en ningún expediente que yo pueda consultar directamente sin levantar preguntas.

Mariano la miró con la curiosidad profesional de alguien acostumbrado a que le pidieran ese tipo de favores sin que nunca llegara a saber del todo por qué.

—¿De qué caso hablamos?

—Uno antiguo. De cuando yo todavía estaba en la Fiscalía.

—¿Y qué necesitas saber exactamente?

—Si alguien lo está vigilando. Si ha mostrado algún comportamiento que preocupe a las autoridades. Si tiene... —Irene buscó la palabra correcta, consciente de que cada palabra que elegía revelaba más de lo que pretendía— intenciones concretas respecto a alguien relacionado con el caso original.

Mariano se quedó pensativo un momento, y después sacó el teléfono y empezó a teclear, con la familiaridad de quien todavía mantiene contactos útiles dentro de la administración aunque ya no trabaje directamente en ella.

—Dame el nombre.

—Rubén Sotelo Marchena.

Tecleó un mensaje, lo envió, y los dos esperaron en silencio durante varios minutos, hablando de otras cosas —la jubilación de un juez que ambos conocían, el calor inusual de aquel octubre, los rumores sobre quién ocuparía finalmente la plaza de Mariano cuando él mismo se jubilara dentro de dos años— hasta que el teléfono de Mariano vibró con una respuesta.

—Nada oficial activo —dijo, leyendo la pantalla—. Pero mi contacto me dice algo curioso. Dice que el tal Sotelo ha estado «muy acompañado» desde que salió. Concretamente por una periodista que lleva años defendiendo públicamente que el caso original tenía fallos graves. Una tal Sara Bermúdez.

Irene sintió que el café que tenía delante, de pronto, le pareció absolutamente irrelevante.

—¿Una periodista?

—Y abogada, según parece. Trabajó en su reapertura de condicional durante años, sin éxito hasta ahora.

Mi contacto dice que es de las que no sueltan un caso aunque le cueste la carrera entera.

—Mariano dejó el teléfono sobre la mesa, todavía sin entender del todo por qué Irene había dejado de fingir interés en el café—. ¿Te preocupa algo concreto, Irene?

—No —dijo ella, demasiado rápido—. Curiosidad profesional. Gracias, Mariano. Como siempre.

—Llevamos veinte años haciéndonos favores el uno al otro. Si alguna vez necesitas contarme algo más, ya sabes que esta mesa ha guardado secretos peores.

Irene sonrió, sin contestar a eso, y cambió de tema con la habilidad de alguien entrenado durante décadas en dirigir conversaciones hacia donde más le convenía.

Pero mientras pagaba la cuenta, mucho antes de lo habitual entre ellos, ya estaba pensando en un nombre que necesitaba investigar esa misma tarde, en cuanto volviera al despacho, preguntándose cuánto tiempo llevaría esa periodista reuniendo piezas que, hasta ahora, nadie había sabido encajar del todo.