Capítulo 11 — LA TUMBA
LA TUMBA
Cementerio de la Almudena, Madrid
Sara lo dejó solo frente a la lápida, tal como él le había pedido, y se quedó esperando junto al coche a una distancia que no era exactamente discreta pero que tampoco invadía nada.
La lápida tenía un nombre simple —Marta Lago— y dos fechas separadas por dieciséis años exactos, y debajo, en letra más pequeña, una frase que sus padres habían elegido y que Rubén había memorizado sin querer durante el juicio, cuando se la leyeron en voz alta como parte de la prueba documental presentada por la acusación: Se fue demasiado pronto para que el mundo aprendiera lo que tenía que enseñarle.
No la había matado. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía su propio nombre, y aun así había pasado veinticuatro años cargando con la muerte de Marta como si fuera suya, porque el sistema entero —la fiscal, el juez, el jurado, los periódicos, hasta su propia familia durante los primeros años, antes de que dejaran de visitarlo— había decidido que lo era.
Se agachó junto a la lápida y limpió, con la manga de la chaqueta, una capa fina de polvo que se había acumulado en la base de las letras grabadas.
Era un gesto sin sentido práctico —llovería esa misma semana, según el pronóstico que había visto esa mañana en el teléfono de Sara, y la lluvia limpiaría más a fondo que cualquier manga— pero necesitaba hacer algo con las manos mientras decidía qué palabras usar, y limpiar una lápida le pareció más honesto que quedarse de pie sin hacer nada, fingiendo una solemnidad que no terminaba de sentir del todo.
—No vengo a pedirte perdón —dijo, en voz baja, lo bastante baja para que ni el viento se lo llevara muy lejos—.
Nunca tuve nada por lo que pedirte perdón.
Vengo a decirte que voy a usar tu nombre una última vez.
Y después de eso, te prometo que nadie más va a tener que cargar contigo para protegerse a sí mismo.
Pensó, mientras lo decía, en cuántas veces había imaginado esta visita durante los primeros años de condena, cuando todavía creía que algún día un tribunal de apelación reconocería el error y él podría volver aquí como un hombre absuelto, con el derecho moral de hablarle a Marta sin que nadie pudiera cuestionar sus palabras.
Ese día nunca llegó por la vía que él esperaba.
Llegó veinticuatro años después, por una vía que él mismo había tenido que construir, página a página, durante más tiempo del que Marta había llegado a vivir.
—Sé que no fui yo —continuó—. Y empiezo a sospechar que tampoco fue exactamente lo que se contó en el juicio. Pero esa parte todavía no la tengo clara, y cuando la tenga, vendré a contártelo también, sea lo que sea.
Se quedó un momento más, sin añadir nada, porque no había nada más que añadir que no sonara a discurso, y los discursos eran exactamente lo que la fiscal Irene Salgado había construido sobre su caso durante un juicio entero: palabras elegidas con precisión para producir un efecto concreto en quien las escuchaba, más que para decir la verdad completa de las cosas.
Se incorporó, dio un paso atrás, y miró la lápida una última vez antes de darse la vuelta, fijándose en algo que no había notado al llegar: alguien había dejado, apoyado contra la base de la piedra, un pequeño ramo de flores ya secas, lo bastante antiguo para que el color original fuera casi imposible de adivinar.
No llevaba ninguna tarjeta, ningún nombre.
Rubén se preguntó, durante un momento, quién más seguía viniendo aquí después de tantos años, y si esa persona sabría algo de lo que él mismo todavía no sabía con certeza sobre lo que pasó aquella noche.
Cuando volvió al coche, Sara no le preguntó qué había dicho.
—¿Estás listo? —fue lo único que preguntó, con la llave ya en el contacto.
—Todavía no del todo. Pero cada vez más cerca.
—¿Cuánto es «cada vez más cerca»?
—Lo bastante para que tengamos que empezar a movernos en serio.
—Rubén se abrochó el cinturón, mirando por última vez hacia la entrada del cementerio antes de que Sara arrancara el coche—.
Necesito que me ayudes con algo. Voy a necesitar entender, con todo el detalle posible, cómo es la vida de Irene Salgado ahora mismo.
No lo que dicen los periódicos. La vida real.
Quién la rodea, en quién confía, qué rutinas tiene.
—Eso suena a que ya has decidido por dónde vas a empezar.
—He decidido que necesito información antes de decidir nada más. —Se quedó callado un momento, mirando el paisaje pasar al otro lado de la ventanilla—. Todavía no sé exactamente qué voy a hacer con esa información. Pero sin ella, no puedo hacer nada en absoluto.
Sara arrancó, y condujo, y los dos guardaron silencio durante el resto del trayecto, cada uno pensando en una versión distinta de lo que se les venía encima.