La madre Capítulo 10 — EL MENSAJE
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Capítulo 10 — EL MENSAJE

EL MENSAJE

Estudio de arquitectura de Hugo Salgado, Madrid

Hugo cerró la puerta de su despacho a las siete menos cuarto, después de que el último de sus dos socios saliera por fin del estudio, y se quedó solo entre las maquetas a medio terminar y los planos extendidos sobre la mesa de luz, en la calma específica que solo conseguía después de un día entero rodeado de gente.

Su vida, vista desde fuera, era exactamente lo que cualquiera habría esperado de alguien con su apellido, su educación y sus contactos: un estudio de arquitectura con encargos suficientes para mantener a seis empleados, un matrimonio de dieciséis años con Patricia que funcionaba, en general, mejor que el de la mayoría de las parejas que conocían, y dos hijos adolescentes —Mateo, de quince años, y Clara, de trece— que ocupaban la mayor parte del espacio mental que a Hugo le quedaba libre después del trabajo.

De Marta Lago no pensaba casi nunca. No por una represión consciente, no por un esfuerzo activo de no recordar, sino porque a lo largo de veinticuatro años había conseguido construir, capa sobre capa, una versión de su propia historia en la que aquella noche ocupaba un espacio cada vez más pequeño, cada vez más borroso, hasta convertirse en algo que recordaba casi como si le hubiera pasado a otra persona, a un chico de diecisiete años que apenas reconocía ya como una versión anterior de sí mismo.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de Diego Ferrán, un nombre que Hugo no había visto en su pantalla en, calculó rápidamente, al menos quince años, desde la última vez que se cruzaron en la boda de algún conocido común y mantuvieron la conversación incómoda y breve de dos personas que comparten un pasado que ninguna de las dos quiere mencionar.

Hugo. Llevo días sin decidirme a escribirte esto pero creo que deberías saberlo antes de que te enteres por otro lado.

Rubén Sotelo salió de la cárcel. Lo vi mencionado en un grupo de antiguos del instituto.

No sé si esto te afecta en algo después de tanto tiempo pero me pareció que era información que merecías tener.

Hugo leyó el mensaje tres veces, de pie junto a la mesa de luz, sintiendo cómo la calma de los últimos minutos se desmoronaba con una rapidez que su cuerpo registró antes de que su mente terminara de procesar las implicaciones completas de lo que acababa de leer.

Rubén Sotelo. Un nombre que durante veinticuatro años había existido en su cabeza exactamente en la misma categoría que Marta Lago: un fragmento de pasado tan cuidadosamente sellado que Hugo casi había llegado a creer que pertenecía a una vida distinta de la suya.

Escribió una respuesta, la borró, escribió otra, también la borró. Al final, después de varios minutos mirando el cursor parpadeante sobre la pantalla en blanco, escribió solo: Gracias por avisarme. Hace mucho de todo eso.

Lo envió, y después, sin pensarlo del todo, borró toda la conversación de su teléfono, como si eliminar el rastro digital pudiera deshacer también lo que ya había leído.

No le dijo nada a Patricia esa noche. No le dijo nada a su madre, aunque durante la cena estuvo a punto de mencionarlo varias veces, cada vez deteniéndose justo antes de que las palabras llegaran a formarse del todo, observando a Patricia servir la pasta a los niños con la naturalidad de quien no tiene ningún motivo para sospechar que su marido acaba de recibir un mensaje capaz de desmontar la versión completa de su pasado que ella conocía.

Mateo habló durante toda la cena de un partido de baloncesto del fin de semana.

Clara, más callada que de costumbre, contestaba con monosílabos a cada pregunta sobre el colegio, y Hugo se descubrió, varias veces, mirando a sus dos hijos con una intensidad que no era la habitual, calculando, sin poder evitarlo, qué edad tenían respecto a la edad que él mismo tenía aquella noche de hace tantos años, y preguntándose si alguno de los dos sería capaz, llegado el momento, de cometer un error del que después no pudiera deshacerse nunca del todo.

A las once de la noche, ya en la cama, con Patricia dormida a su lado, el teléfono volvió a vibrar. Era Diego otra vez, con un segundo mensaje que Hugo no esperaba y que, en cuanto lo leyó, le quitó cualquier posibilidad de dormir esa noche:

Una cosa más. ¿Alguna vez llegaste a saber qué pasó de verdad esa noche con Marta? Porque yo nunca me lo creí del todo, lo que se contó en el juicio.

Hugo dejó el teléfono sobre la mesilla, boca abajo, como si así pudiera impedir que llegara ningún mensaje más, y se quedó mirando el techo de la habitación, exactamente en la misma postura en que, a varios kilómetros de distancia, su madre llevaba ya dos noches sin poder dormir por el mismo motivo exacto, sin que ninguno de los dos supiera todavía que el otro estaba despierto por la misma razón.