Capítulo 9 — LA CAJA FUERTE
LA CAJA FUERTE
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
A las dos de la madrugada, Irene seguía despierta, mirando el techo con la misma fijeza inútil con la que lo había mirado desde las once, mientras a su lado Fernando dormía con la respiración regular de alguien que no tiene ningún motivo concreto para no dormir.
Se levantó sin encender la luz, con el cuidado silencioso de treinta años de no despertar a la persona con la que compartía la cama, y bajó al despacho de la planta baja, la habitación donde guardaba los documentos de la casa, las escrituras, los seguros, y al fondo del armario, detrás de una balda de libros de derecho que nadie más en la familia tenía ningún interés en consultar, la caja fuerte pequeña que llevaba allí desde que se mudaron a esa casa, hacía dieciocho años.
No sabía exactamente qué esperaba encontrar.
La caja contenía lo que siempre había contenido: las joyas de su madre, un fajo de dinero en efectivo para emergencias, los documentos originales de la hipoteca ya pagada, y en una carpeta aparte, doblada con un cuidado que contrastaba con el desorden general del resto del contenido, un puñado de papeles de su época como fiscal que en algún momento de los años noventa había decidido que merecían un nivel de protección distinto del resto de sus archivos profesionales.
La abrió. Todo estaba donde debía estar.
Pasó los dedos por encima de la carpeta sin abrirla del todo, sin necesidad de comprobar el contenido exacto porque lo conocía de memoria, cada folio, cada anotación, cada decisión que había tomado durante las cuarenta y ocho horas más determinantes de toda su carrera y de toda su vida como madre.
Había manipulado dos firmas. Había redirigido la atención de un investigador hacia una línea de sospecha que sabía, con la certeza absoluta de quien controla la información desde dentro, que iba a resultar mucho más sólida en juicio que cualquier alternativa que implicara a su propio hijo.
Había hecho desaparecer, de los informes que ella misma redactó, una referencia horaria que habría situado a Hugo en un lugar distinto al que terminó constando en el sumario oficial.
Y había funcionado. Durante veinticuatro años, había funcionado exactamente como ella había calculado que funcionaría.
Recordaba con una claridad que la sorprendía, incluso ahora, los días exactos en que tomó cada una de aquellas decisiones: la noche en que Hugo llegó a casa temblando, incapaz de formar una frase completa; la madrugada en que ella, todavía con la bata puesta, redactó mentalmente un plan completo antes incluso de que amaneciera; la mañana en que entró en su despacho de fiscal con la determinación fría de alguien que ha decidido que no hay margen para el error, porque el error, en este caso, no se mediría en meses de cárcel sino en la destrucción completa de la vida de su hijo de diecisiete años.
En su momento, cada decisión le había parecido necesaria, casi inevitable, la única opción disponible para una madre con los recursos y el conocimiento del sistema que ella tenía.
Nunca se había permitido, en veinticuatro años, examinar esas decisiones desde fuera del marco que las justificaba, hasta esta noche, sentada en el suelo de su propio despacho a las dos de la madrugada, con la caja fuerte todavía abierta y el peso completo de lo que había hecho cayendo sobre ella sin la protección habitual de la distancia profesional.
Cerró la caja fuerte, giró la rueda de combinación hasta que el mecanismo encajó con el sonido metálico y satisfactorio de siempre, y se quedó sentada en el suelo del despacho, con la espalda contra el armario, durante un tiempo que no se permitió medir.
No estaba pensando en si la descubrirían. Llevaba todo el día pensando en eso, desde que vio la fecha de excarcelación de Rubén Sotelo en la pantalla del ordenador, y la pregunta ya empezaba a resultarle agotadora de puro repetitiva.
Estaba pensando, por primera vez en veinticuatro años con una nitidez que no conseguía bloquear ni con todo el entrenamiento profesional de toda una vida dedicada a separar los hechos de las emociones, en la cara de un chico de diecinueve años al que nunca había llegado a ver en persona fuera de la sala de juicio, escuchando una sentencia que ella misma había contribuido, con un cuidado meticuloso y profesional, a construir.
Subió de nuevo a la habitación, se metió en la cama junto a Fernando, y dejó la vista fija en el techo otra vez, sabiendo ya que esa noche, como las anteriores desde que todo esto había empezado, no iba a dormir nada.