Capítulo 8 — LO QUE SINTIÓ
LO QUE SINTIÓ
Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid
—La vi —dijo Rubén, sin preámbulo, en cuanto Sara cerró la puerta del apartamento, todavía con el abrigo puesto, cargada con bolsas de la compra que dejó caer sobre la encimera sin terminar de procesar lo que él acababa de decir.
—¿Cuándo?
—Ayer. Frente a los juzgados. Estuve dos horas esperando, sin saber siquiera si iba a tener ocasión de verla, y al final salió. Cuarenta metros, quizá menos.
Sara se quitó el abrigo despacio, dándose el tiempo necesario para pensar antes de hacer la pregunta que de verdad le importaba.
—¿Te acercaste?
—No. Me quedé sentado. No quería que me viera todavía, no así, no sin haber decidido qué iba a decir cuando llegara el momento de que ella supiera que yo estoy aquí.
—¿Y qué sentiste? —Sara se sentó frente a él, en la silla que durante años había sido el lugar desde donde le hacía a Rubén las preguntas más difíciles, primero como su abogada y después, sin que ninguno de los dos lo nombrara nunca con esa palabra exacta, como algo parecido a una amiga, quizá la única persona en el mundo que conocía la versión completa de lo que le había pasado.
Rubén tardó en responder. Se quedó mirando un punto indefinido sobre la mesa, como si la respuesta estuviera ahí, escrita en algún lugar que necesitaba localizar antes de poder leerla en voz alta.
—Pensé que iba a sentir rabia. Llevo años imaginando este momento, el momento en que por fin la viera en persona, y siempre lo imaginé como algo violento, algo que necesitaría toda mi disciplina para contener.
—¿Y no fue así?
—No. —Negó con la cabeza, despacio—. Lo que sentí fue mucho más extraño.
Fue como... como ver confirmado, físicamente, algo que durante veinticuatro años solo había existido como una idea.
Ella es real, Sara. No es solo un nombre en veinte páginas de un cuaderno.
Es una mujer que tiene un abrigo concreto, una manera concreta de caminar, una vida entera que ha seguido sucediendo todos estos años mientras la mía se detenía por completo.
—Eso tiene que doler más que la rabia.
—Duele de un modo distinto. La rabia, al menos, te da algo que hacer con las manos. Esto... esto es solo la certeza de que el tiempo que perdí no va a volver, da igual lo que yo haga ahora. Verla viva, cenando con su marido, preocupándose por su hijo, no me devuelve ni un solo día.
Sara lo dejó hablar, sin interrumpir, observando algo en su expresión que la inquietaba más que cualquiera de las palabras que estaba diciendo: una calma que no era exactamente paz, sino más bien la calma específica de alguien que acaba de confirmar que la decisión que ya había tomado, semanas o meses atrás, sigue siendo la correcta.
—Rubén. —Esperó hasta que él la miró directamente—. Sea lo que sea que estás planeando, sea lo que sea que hay en esas veinte páginas que no me has dejado leer del todo, quiero que sepas que puedes parar en cualquier momento. Nadie te va a juzgar por elegir no hacer nada.
—Lo sé.
—Pero no vas a parar.
No fue exactamente una pregunta, y Rubén no la trató como tal.
Clavó la vista en las bolsas de la compra todavía sin abrir sobre la encimera, el detalle más doméstico y más absurdo posible para enmarcar la conversación que estaban teniendo, y cuando por fin contestó, su voz tenía la misma calma notarial de las últimas páginas de su cuaderno.
—No. No voy a parar. Pero te prometo algo, Sara: lo que sea que haga, va a ser preciso. Limpio. Nada de lo que tenga que avergonzarme después.
Sara no le preguntó qué significaba exactamente esa promesa, en parte porque sospechaba que ni siquiera Rubén lo sabía todavía con precisión, y en parte porque temía que, si insistía demasiado, él dejara de contarle las cosas antes de hacerlas.
Se quedó un rato más sentada frente a él, observando cómo Rubén guardaba las bolsas de la compra en los armarios con la misma meticulosidad con la que organizaba todo lo demás —las latas por categorías, las verduras en el cajón de abajo, el pan en la panera aunque solo fueran a comerlo al día siguiente— y pensó que aquella precisión doméstica, tan inofensiva en apariencia, era exactamente la misma cualidad que lo había convertido, dentro de la prisión, en alguien capaz de construir veinte páginas de anotaciones legales sin un solo error de fecha en veinticuatro años.
—¿Vas a contarme el plan completo en algún momento? —preguntó, finalmente, cuando él ya había cerrado el último armario.
—Cuando esté listo para ejecutarlo. No antes.
—¿Por qué no antes?
Rubén se quedó callado un momento, secándose las manos en un trapo de cocina, y cuando habló, su voz tenía una honestidad que a Sara le resultó más inquietante que cualquier evasiva.
—Porque si te lo cuento ahora, todavía a tiempo de cambiarlo, vas a intentar convencerme de no hacerlo. Y todavía no estoy seguro de tener argumentos suficientes para resistirme a eso.