Capítulo 7 — EL LISTADO
EL LISTADO
Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid
Irene llegó al despacho antes de las ocho, como hacía siempre los miércoles, cuando la sesión del caso Olmedo no empezaba hasta las diez y el silencio temprano del edificio le permitía trabajar sin las interrupciones habituales del resto de la jornada.
No había planeado hacer lo que hizo a continuación.
O quizá sí lo había planeado, en algún nivel que no se permitía reconocer del todo, desde la noche anterior, cuando la pregunta de Fernando sobre las dudas y la mención casual de Hugo sobre las noticias se habían combinado en su cabeza hasta producir una inquietud que ya no podía seguir ignorando.
Abrió el ordenador y entró, usando credenciales que tenía autorizadas para consultas administrativas rutinarias, en el sistema de gestión de Instituciones Penitenciarias.
No era un acceso irregular —cualquier magistrado con causas activas relacionadas podía consultar el estado de internos concretos— pero la búsqueda que estaba a punto de hacer no tenía ninguna relación con ninguna causa que ella tuviera activa en ese momento, y eso, técnicamente, sí lo convertía en algo que prefería no tener que explicar si alguien le preguntaba por qué lo había hecho.
Cualquier consulta quedaba registrada con su número de usuario y la hora exacta, un detalle que normalmente no le habría importado en absoluto y que ahora, mientras tecleaba, le pesaba con una intensidad desproporcionada.
Escribió el nombre.
Rubén Sotelo Marchena.
El registro apareció en pantalla con la frialdad administrativa habitual de cualquier base de datos del Estado: fecha de ingreso, número de expediente, centro de cumplimiento, y al final, en el campo que Irene llevaba treinta segundos evitando mirar directamente, la fecha de excarcelación.
Cuarenta y ocho horas. Llevaba dos días en libertad.
Dos días en los que ella había seguido yendo al trabajo, cenando con Fernando, hablando por teléfono con Hugo, presidiendo el caso Olmedo con la concentración profesional de siempre, sin saber que en algún lugar de Madrid, quizá a pocos kilómetros de su propia casa, el hombre al que había enviado a prisión hacía veinticuatro años llevaba ya dos días caminando libremente por las mismas calles que ella.
Cerró los ojos un momento, intentando procesar la magnitud concreta de lo que esa cifra significaba: no un hipotético futuro en el que algún día Rubén Sotelo terminaría su condena, sino un presente ya en marcha, un reloj que llevaba corriendo cuarenta y ocho horas sin que ella lo supiera.
Volvió a abrir los ojos y siguió leyendo, porque ya había cruzado la línea que separaba la curiosidad de la investigación activa, y no tenía sentido detenerse a medio camino.
El campo de «observaciones» del expediente incluía una nota breve, escrita por algún funcionario de la administración penitenciaria con la sequedad habitual de ese tipo de documentos: El interno rechazó en tres ocasiones distintas (2009, 2014, 2019) la posibilidad de acceder a programas de reducción de condena por buena conducta, alegando en todas ellas que dichos programas exigían un reconocimiento de los hechos que el interno se negó sistemáticamente a realizar.
Irene leyó la frase dos veces.
Un hombre culpable, pensó, habría firmado cualquier papel que le ofrecieran a cambio de salir antes.
La reducción de condena por reinserción no exigía proclamar inocencia ni demostrar nada ante ningún tribunal: exigía únicamente las palabras adecuadas en el informe adecuado, un gesto de arrepentimiento que cualquier abogado de oficio mínimamente competente sabe enseñar a fingir.
Un hombre culpable no rechaza tres oportunidades de reducir su condena por una cuestión de principios que, en la práctica, solo le costaron años de su vida que ya nunca iba a recuperar.
Cerró la sesión del sistema con un gesto brusco, casi como si pudiera deshacer lo que había leído cerrándolo lo bastante rápido, y se quedó mirando la pantalla en negro durante un tiempo que no se permitió medir, mientras una palabra que llevaba veinticuatro años evitando pensar directamente sobre aquel caso empezaba a formarse en algún rincón de su cabeza al que ya no conseguía bloquearle el acceso.
Llamaron a la puerta. Era Sonia, otra vez, con la toga de Irene recién planchada sobre el brazo, recordándole que la sesión retomaba en quince minutos.
Irene se levantó, se puso la toga con el mismo gesto automático de siempre, y caminó hacia la Sala Segunda con la espalda recta y el paso firme que veinte años de carrera judicial le habían enseñado a mantener incluso cuando, por dentro, todo lo demás empezaba a temblar.