Capítulo 6 — CUARENTA METROS
CUARENTA METROS
Calle Génova, Madrid
Rubén llevaba dos horas sentado en la terraza acristalada de una cafetería frente al edificio de los juzgados, con un café que se había quedado frío hacía media hora y un periódico abierto en una página que no había leído, cuando la vio salir.
Había elegido esa cafetería con el mismo cuidado metódico con el que había hecho todo lo demás en las últimas semanas: la mesa junto al cristal le daba visión directa de la puerta principal del edificio sin que él resultara visible desde dentro, y el camarero, después de la primera visita, ya no le prestaba ninguna atención especial a un hombre solo que pedía un café y se quedaba leyendo durante horas.
Había estado allí tres días distintos, en franjas horarias diferentes, anotando mentalmente los patrones de entrada y salida del personal del juzgado, sin saber todavía en qué momento concreto aparecería ella, hasta que finalmente, ese martes por la tarde, sucedió.
La reconoció antes de procesar conscientemente que la había reconocido, con esa parte del cerebro que registra los rostros importantes mucho más rápido que la parte que los nombra: el mismo corte de pelo que en las fotografías de prensa que Sara le había enseñado, aunque ahora gris en lugar del castaño oscuro que recordaba del juicio; la misma manera de caminar, derecha, sin prisa, con la seguridad física de alguien que lleva décadas ocupando espacios donde nadie cuestiona su autoridad.
Irene Salgado cruzó la acera a cuarenta metros de donde él estaba sentado, hablando por teléfono, sin mirar en ninguna dirección que no fuera la del coche que la esperaba con el motor en marcha.
Rubén no se movió.
No se levantó, no apartó la vista, no hizo ningún gesto que pudiera, en el caso improbable de que ella mirara hacia la cafetería, llamar su atención.
Se quedó exactamente donde estaba, con las dos manos planas sobre la mesa, observando a la mujer que durante veinticuatro años había existido en su cabeza únicamente como una combinación de fotografías de juicio, recortes de prensa y la letra cada vez más precisa de sus propias anotaciones, convertirse, en el espacio de los pocos segundos que tardó en cruzar la acera, en una persona real, de carne, con arrugas concretas alrededor de los ojos y un abrigo de un color que él jamás habría podido adivinar desde una fotografía en blanco y negro de un periódico de hace dos décadas.
Era mayor de lo que la imaginaba. Y al mismo tiempo, exactamente igual de segura de sí misma que en cada fotografía del juicio que Rubén había estudiado durante años, esa seguridad que en su momento la prensa había descrito como «firmeza profesional» y que él, sentado en el banquillo, había experimentado simplemente como la certeza absoluta de que nada de lo que él dijera iba a cambiar el resultado de nada.
Ella subió al coche. El coche arrancó. Y solo cuando ya había desaparecido por la esquina de la calle, Rubén se permitió soltar el aire que, sin darse cuenta, había estado conteniendo.
No había sentido lo que esperaba sentir.
No había sentido rabia, ni el impulso físico de levantarse y cruzar la calle, ni siquiera la satisfacción anticipada de haberla visto sin que ella lo supiera.
Había sentido algo mucho más simple y mucho más inquietante: la confirmación absoluta, en el cuerpo y no solo en la cabeza, de que esa mujer existía, vivía su vida, cenaba con su marido y se preocupaba por su hijo exactamente igual que cualquier otra persona, mientras él había pasado veinticuatro años aprendiendo a sobrevivir dentro de un espacio de nueve metros cuadrados.
Pagó el café y salió a la calle, caminando en la dirección opuesta a la que había tomado el coche de Irene, y solo cuando estuvo a varias manzanas de distancia se permitió pensar, con la claridad fría que llevaba meses cultivando, que aquello que había sentido —esa confirmación física, esa certeza corporal de que ella era real— era exactamente lo que necesitaba para hacer lo que venía después.
Sacó el teléfono y le escribió un mensaje a Sara: La he visto. Estoy listo.