Capítulo 5 — LA LLAMADA DE HUGO
LA LLAMADA DE HUGO
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
El teléfono sonó cuando Irene ya estaba en la cama, con la luz de la mesilla todavía encendida y un libro que llevaba tres semanas sin avanzar más allá de la página cuarenta.
Vio el nombre de Hugo en la pantalla y sintió, antes de contestar, esa mezcla concreta de afecto y fatiga que solo sus llamadas le producían, una combinación que ningún otro número en su agenda conseguía replicar con tanta exactitud.
—Hola, mamá.
—Hugo. Es tarde. ¿Va todo bien?
—Sí, sí, todo bien. —Una pausa que a Irene, con veinticuatro años de experiencia interrogando a personas que mentían sobre cosas mucho más graves, le bastó para identificar exactamente lo que era: el preámbulo necesario antes de pedir algo—.
Es solo que ha surgido un problema con la financiación del proyecto de Las Tablas.
El banco se ha echado atrás en el último momento y necesitamos cubrir un hueco de liquidez hasta que entre el siguiente pago del cliente.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Quince mil. Te lo devolvería en dos meses, en cuanto se cierre el segundo plazo del contrato.
Irene cerró los ojos un momento, no por la cifra —que podía permitirse sin ningún esfuerzo real— sino por el patrón completo, la repetición de algo que llevaba sucediendo, con variaciones menores, desde que Hugo tenía veintitrés años y montó su primer estudio con un socio que resultó ser menos solvente de lo que prometía: un problema que aparecía siempre en el último momento, una cifra que siempre era manejable pero nunca pequeña, y la promesa de devolución que, en quince años, solo se había cumplido del todo en dos ocasiones.
No era que Hugo fuera incapaz. Sus diseños eran buenos, sus clientes hablaban bien de él, y el estudio llevaba más de una década funcionando con una reputación que cualquier arquitecto de su generación habría envidiado.
Era, más bien, una incapacidad concreta y muy específica para anticipar las consecuencias de sus propias decisiones hasta que esas consecuencias ya estaban encima, golpeando la puerta con la urgencia de lo que no se ha previsto a tiempo.
Irene se preguntaba, a veces, si aquello tenía algo que ver con la manera en que ella misma lo había educado: protegiéndolo siempre de las consecuencias más duras, asegurándose de que cada error tuviera una salida razonable, hasta el punto de que Hugo, quizá, nunca había llegado a aprender del todo lo que costaba afrontar un problema sin que alguien viniera detrás a resolverlo.
—Te lo transfiero mañana.
—Gracias, mamá. En serio. Te prometo que esta vez...
—No hace falta que prometas nada, Hugo. Solo dime si va todo bien. De verdad bien, no solo el dinero.
Hubo un silencio al otro lado, y por un instante Irene pensó que quizá esta vez su hijo iba a decirle algo distinto de lo habitual, algo que no fuera la versión editada y tranquilizadora que siempre le ofrecía.
Pero cuando Hugo volvió a hablar, su voz tenía el tono ligero de quien cambia de tema con la práctica de muchos años.
—Todo bien. En serio. Oye, por cierto, ¿has visto las noticias esta semana? Hay un reportaje sobre revisión de casos antiguos, de los noventa, con técnicas forenses nuevas. Lo comentaban en la radio del coche. Curioso, ¿no? Después de tanto tiempo.
Irene sintió que algo en su pecho se contraía con una rapidez que no tuvo tiempo de disimular antes de contestar.
—No lo he visto. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada, solo me pareció curioso. Bueno, te dejo, que es tarde. Gracias otra vez por lo del dinero. Te quiero, mamá.
—Yo también, Hugo. Buenas noches.
Colgó, y se quedó mirando el techo durante un minuto entero, repasando la conversación palabra por palabra, intentando decidir si la mención de las noticias había sido exactamente la casualidad despreocupada que su tono sugería, o si Hugo, a su manera evasiva y siempre incompleta, estaba intentando decirle algo que no se atrevía a decir directamente.
Apagó la luz sin haber llegado a ninguna conclusión, y se quedó despierta mucho más tiempo del que habría admitido ante nadie, escuchando la respiración tranquila de Fernando a su lado, preguntándose por primera vez en años qué sabía exactamente su hijo, y desde cuándo lo sabía sin habérselo dicho nunca.