Capítulo 4 — LA CENA
LA CENA
Domicilio de Irene Salgado y Fernando Aguirre, Madrid
Fernando había preparado merluza con almejas, la receta que hacía siempre los martes desde que se jubiló de la notaría hacía cuatro años y descubrió, para sorpresa de los dos, que cocinar le devolvía una sensación de control sobre el tiempo que la jubilación de otro modo le había quitado.
La mesa estaba puesta con el mismo cuidado de siempre, los manteles individuales que habían comprado en un viaje a Lisboa hacía más de una década, las copas que solo usaban entre semana porque las buenas, decía Fernando con media sonrisa, había que reservarlas para cuando hubiera algo que celebrar.
—¿Cómo ha ido el caso Olmedo? —preguntó, sirviendo el vino con la atención meticulosa de alguien que ha pasado treinta años redactando documentos donde cada palabra de más podía ser un problema legal para otra persona.
—Denso. —Irene no levantó la vista del plato—. Es de esos casos donde todo el mundo en la sala sabe lo que pasó la noche de los hechos, pero la ley exige que lo demostremos como si no lo supiéramos.
—¿Y tú lo sabes? Lo que pasó esa noche.
—Creo que sí. —Hizo una pausa que a ella misma le pareció más larga de lo necesario—.
Una madre decidió, en menos de un minuto, proteger a su hijo antes que ayudar a la persona a la que su hijo había herido.
No es una decisión que requiera mucha sofisticación moral para entenderla. Es casi instintiva.
Fernando la miró con la expresión particular que solo aparecía después de treinta años de matrimonio, la de alguien que ha aprendido a detectar cuándo una frase dicha sobre el trabajo de su mujer en realidad está hablando de otra cosa, aunque todavía no supiera identificar cuál.
—Hablando de carrera —dijo él, cambiando solo lo suficiente de tema para que la transición no resultara brusca—, ¿hay novedades de la entrevista del Supremo?
—La semana que viene. Tres días, según me han confirmado esta tarde.
—Es lo que siempre has querido.
—Es lo último que voy a tener oportunidad de querer en esta profesión. —Irene levantó por fin la vista—. A los setenta me jubilan, lo sepa o no el tribunal que decida. Si no es ahora, ya no hay otra vez.
—Llevas treinta años esperando esto. —Fernando sirvió un poco más de vino en su copa, sin que ella se lo hubiera pedido—. Desde que te conocí ya hablabas de llegar al Supremo algún día, aunque entonces sonara a algo casi imposible para alguien que todavía estaba empezando.
—Entonces todo sonaba más sencillo. Construir una carrera, llegar lejos. Nadie te explica lo que cuesta de verdad, ni todo lo que tienes que ir dejando por el camino para conseguirlo.
Fernando asintió, y durante un momento los dos comieron en silencio, el silencio cómodo de dos personas que llevan tres décadas sabiendo cuándo una conversación necesita una pausa y cuándo necesita continuar.
—¿Alguna vez —dijo él, finalmente, con el tono de alguien que hace una pregunta retórica sin esperar mucho de la respuesta— tuviste dudas sobre algún caso? De los antiguos, de cuando eras fiscal. No me refiero a dudas sobre la ley. Me refiero a dudas sobre si hiciste lo correcto.
Irene se quedó con el tenedor a medio camino del plato.
—¿Por qué lo preguntas?
—Por nada en concreto. —Fernando se sirvió más vino, sin mirarla—.
Es solo que lleváis treinta años de trabajo encima, los fiscales y los jueces, decidiendo cosas que afectan a vidas enteras con la información que tenéis en ese momento, que nunca es toda la información que existe.
Me preguntaba si alguna vez piensas en eso.
En lo que no sabías entonces y quizá sabes ahora.
—Todos los fiscales tienen casos así —dijo Irene, y se sorprendió de la facilidad con la que la frase le salió, entrenada durante veinticuatro años de respuestas preparadas para preguntas que nunca llegaban formuladas con tanta precisión como esta—.
Es parte del oficio. Aprendes a vivir con la incertidumbre, o cambias de profesión.
—¿Y tú con cuál te quedaste?
—Con la incertidumbre, evidentemente. —Sonrió, y la sonrisa fue casi perfecta—. Llevo treinta años contigo. Ya sabes que se me da bien convivir con cosas que no puedo resolver del todo.
Fernando se rió, y el momento pasó, y los dos siguieron cenando, hablando después de cosas más ligeras —el viaje que llevaban meses posponiendo, la boda de la hija de unos vecinos, si merecía la pena cambiar el coche antes de que terminara el año— y solo Irene, mucho después, tendida en la cama sin poder dormir, entendería que su marido nunca había hecho antes esa pregunta con esas palabras exactas, y que la coincidencia entre esa pregunta y el día que había tenido era, probablemente, demasiado precisa para ser casual.