Capítulo 3 — EL CASO OLMEDO
EL CASO OLMEDO
Audiencia Provincial de Madrid, Sala Segunda
A cuarenta kilómetros de allí, sin saber todavía que el hombre al que había ayudado a condenar llevaba veinticuatro horas respirando aire que no controlaba ningún funcionario de prisiones, Irene Salgado entró en la Sala Segunda exactamente a las nueve y media, como hacía cada día de vista desde hacía más de veinte años, con la toga ajustada con el mismo gesto automático con el que otra persona se ajustaría una corbata.
El caso que presidía esa semana tenía un nombre que ya empezaba a sonarle familiar de un modo que no terminaba de gustarle: Cristina Olmedo, cuarenta y un años, acusada de encubrir un delito de su propio hijo —un atropello con resultado de lesiones graves, una persona en el hospital con secuelas que tardarían meses en cuantificarse del todo— alterando el orden de las llamadas que hizo esa noche, contactando primero con un abogado y solo después, con casi cuarenta minutos de diferencia, con los servicios de emergencia.
Irene había leído el sumario completo dos veces antes de la primera sesión, como hacía siempre, y las dos veces había sentido algo que no podía nombrar todavía, una incomodidad de fondo que atribuyó, la primera vez, al cansancio acumulado de una temporada particularmente cargada de trabajo.
—Buenos días —dijo, y la sala se puso en pie con el ruido habitual de sillas y togas que Irene había dejado de escuchar como sonido individual hacía años, fundido ya en un único gesto colectivo que marcaba el inicio de cada jornada.
La fiscalía abrió la sesión con la lectura de los hechos probados hasta el momento, y fue entonces, escuchando la cronología exacta de aquella noche —la llamada al abogado a las 23.
14, la llamada a emergencias a las 23.52— cuando Irene notó que su propio bolígrafo, sobre el atril, había dejado de moverse sobre el papel.
Treinta y ocho minutos. Esa era la distancia exacta entre el instinto de proteger y la obligación de ayudar, y Cristina Olmedo la había llenado con una llamada a un despacho de abogados antes que con una ambulancia, mientras un hombre de cincuenta y tres años sangraba en el asfalto de una calle secundaria con una fractura de cráneo que los médicos calificarían después de «potencialmente letal sin atención inmediata».
Irene había presidido decenas de casos parecidos en sus veinte años como magistrada, casos donde la línea entre el instinto familiar y la responsabilidad legal se difuminaba hasta volverse casi invisible, y siempre había conseguido mantener la distancia profesional necesaria para juzgarlos con la objetividad que el cargo exigía.
Esta vez, por alguna razón que todavía no se permitía nombrar del todo, la distancia no llegaba.
Durante el receso de media mañana, una nota llegó a su despacho de la mano de Sonia, la auxiliar de sala, doblada en cuatro y con un membrete del registro central que Irene reconoció antes de desplegarla del todo.
—Una solicitud de acceso a archivo histórico, señoría. Llegó esta mañana, pero como no es de este caso pensé que podría esperar a que tuviera un hueco.
Irene desplegó la nota sin que ningún músculo de su cara se moviera de un modo que pudiera delatarla delante de Sonia.
La solicitud pedía el expediente completo de un caso resuelto en los años noventa, identificado solo por su número de registro, sin nombre del solicitante, tramitada a través de un formulario genérico de transparencia que cualquier ciudadano podía rellenar sin necesidad de justificar el motivo.
No reconoció el número de registro al instante.
Pero algo en la combinación de cifras —el año, el mes, el código del juzgado de origen— le produjo una sensación física concreta, un peso descendiendo por la garganta, antes incluso de que su memoria terminara de procesar de qué expediente se trataba exactamente.
—¿Algo importante, señoría?
—No —dijo Irene, doblando la nota otra vez en cuatro pliegues idénticos a los originales—. Trámite administrativo. Nada que no pueda esperar.
Pero cuando Sonia salió del despacho, Irene se quedó mirando la nota un minuto entero antes de guardarla en el cajón cerrado con llave donde guardaba lo poco que en veinte años de carrera había decidido que merecía ese nivel de discreción.
El número de registro era el suyo. El caso de hacía veinticuatro años, el único que en toda su carrera nunca había vuelto a mirar directamente, ni siquiera en los momentos en que algún periodista, hace años, había intentado preguntarle por su trayectoria completa como fiscal antes de la judicatura.
Pasó el resto de la mañana presidiendo la sesión con una concentración que, desde fuera, nadie habría podido distinguir de cualquier otro día, y solo ella sabía cuánto esfuerzo le costaba mantener esa apariencia mientras una parte de su cabeza repasaba, sin descanso, la lista de personas que podrían haber rellenado esa solicitud, y por qué motivo, después de veinticuatro años, alguien decidía precisamente ahora que merecía la pena volver a mirar.