La madre Capítulo 2 — VEINTE PÁGINAS
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Capítulo 2 — VEINTE PÁGINAS

VEINTE PÁGINAS

Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid

Sara se había quedado dormida en el sofá hacia las once, vencida por un día que, sin que ella lo dijera, debía de haber sido casi tan agotador para ella como para él: la espera frente a la verja, la comida torpe en un restaurante que ninguno de los dos consiguió disfrutar del todo, la tarde entera intentando hacer que la conversación sonara normal mientras los dos evitaban, por turnos, la única pregunta que de verdad importaba.

Rubén se quedó despierto, sentado en la única silla de la cocina, con la luz apagada salvo la lámpara pequeña sobre la encimera, y por fin abrió el sobre.

Dentro había veinte páginas, escritas a mano en distintos momentos a lo largo de veinticuatro años, con una letra que había ido cambiando —más nerviosa al principio, casi ilegible en los primeros dos años, más controlada después, casi notarial en las últimas hojas, las que había escrito ya sabiendo exactamente qué palabras importaban y cuáles eran solo ruido— pero que siempre, en algún punto de cada página, volvía a mencionar el mismo nombre.

Irene Salgado.

La fiscal que en su día construyó, pieza a pieza, la acusación que lo mandó a prisión había seguido subiendo.

Rubén lo sabía con la precisión de alguien que había dedicado media vida a aprenderlo: jueza de instrucción siete años después del juicio, magistrada de la Audiencia Provincial poco después de eso, y ahora, según el último recorte de periódico que un compañero de módulo le había pasado hacía dos meses, candidata discreta a una vacante en el Tribunal Supremo.

Una candidatura que, según el propio artículo, se presentaba como el broche final de «una carrera construida sobre la resolución impecable de casos especialmente sensibles» —y Rubén había leído esa frase tantas veces que ya no necesitaba el papel para recordarla palabra por palabra.

Veinticuatro años. Ella había construido una carrera entera sobre los cimientos exactos de lo que le hizo a él.

Pasó las páginas despacio, sin prisa, deteniéndose en los márgenes donde años distintos de la misma mano habían añadido anotaciones sobre lo mismo: una fecha que no encajaba con el resto del expediente, una firma que parecía forzada en comparación con las demás firmas del mismo funcionario, un testigo que se había retractado meses después del juicio y al que nadie había vuelto a llamar a declarar porque, para entonces, la sentencia ya era firme y nadie tenía ningún incentivo profesional para reabrir nada.

Veinticuatro años de estudiar Derecho en la biblioteca de la prisión, primero por aburrimiento, después por necesidad, al final por la única razón que de verdad importaba: entender exactamente qué le habían hecho, con qué palabras precisas, en qué artículos concretos del código penal y de la ley de enjuiciamiento criminal, para poder nombrar con exactitud lo que durante el juicio solo había podido sentir como una injusticia sin forma.

Encontró, en la página doce, la frase que había escrito hacía quince años, antes de comprender del todo lo que esos términos significaban aplicados a su propio caso, cuando todavía estudiaba los primeros manuales de procedimiento con la misma desesperación con la que un hombre que se ahoga estudia la forma de las olas: Si algún día salgo, no va a ser para hacerle daño.

Va a ser para que entienda, aunque solo sea una vez, lo que se siente cuando el sistema decide en tu contra sin que puedas hacer nada.

Veinticuatro años después, esa frase seguía siendo cierta.

Solo había cambiado una cosa.

Ahora sabía exactamente cómo hacerlo.

Se levantó de la silla y caminó hasta la ventana, despacio, todavía sin acostumbrarse a la libertad de moverse por un espacio sin que ningún horario externo le dijera cuándo debía sentarse de nuevo.

Madrid de noche se extendía al otro lado del cristal con una cantidad de luces que su memoria, entrenada durante veinticuatro años en la oscuridad uniforme de un patio cerrado, no conseguía procesar como algo normal.

Cada ventana iluminada representaba una vida que había seguido transcurriendo sin él, miles de decisiones pequeñas tomadas por gente que nunca había tenido que pensar en él ni una sola vez.

Volvió a la mesa y sacó, de un bolsillo distinto de la misma bolsa de lona, una carpeta más fina, casi nueva en comparación con el desgaste del sobre original: los apuntes de Derecho que había compilado durante los últimos ocho años, organizados por materias con la meticulosidad de alguien que sabía que algún día necesitaría consultarlos con rapidez, sin margen para dudas ni para errores de interpretación.

Prevaricación judicial. Falsedad documental.

Obstrucción a la justicia. Tres conceptos que durante el juicio habían sido, para él, palabras abstractas pronunciadas por abogados que hablaban un idioma que no le pertenecía.

Ahora eran herramientas que conocía con la misma precisión con la que un cirujano conoce el nombre de cada hueso que va a tener que tocar.

Cerró la carpeta, apagó la lámpara de la encimera, y se quedó sentado un rato más en la oscuridad, escuchando la respiración de Sara desde el sofá, pensando que la última vez que había estado despierto de madrugada sin que nadie le dijera cuándo debía dormir había sido hacía veinticuatro años, en una habitación distinta, siendo una persona distinta, antes de que el nombre de Irene Salgado significara nada en absoluto para él.