La madre Capítulo 1 — VEINTICUATRO AÑOS
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La madre

La madre

Por Carlos Perez Garcia

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Capítulo 1 — VEINTICUATRO AÑOS

VEINTICUATRO AÑOS

Centro Penitenciario Madrid VII, Estremera

La puerta no hizo ningún ruido especial al abrirse.

Rubén Sotelo había imaginado, durante los primeros años, que sonaría a algo —una campana, un cerrojo pesado cediendo, algo que marcara el peso exacto de lo que estaba terminando.

En cambio sonó como cualquier puerta automática de cualquier edificio público: un zumbido breve, un clic, y después nada, como si el sistema que durante veinticuatro años había decidido cada hora de su vida no considerara que este momento mereciera ningún sonido distinto de los demás.

Cruzó el umbral con la bolsa de lona en la mano izquierda.

Dentro llevaba todo lo que el Estado consideraba que un hombre necesitaba después de veinticuatro años: una muda de ropa que no era la suya, los documentos de excarcelación en una carpeta de plástico transparente, doscientos euros en billetes nuevos que olían todavía a la máquina que los había impreso esa misma mañana, y una bolsa de papel con sus pertenencias personales, que cabían todas en un espacio más pequeño que el que ocupaba ahora mismo su propia mano.

El sol de las nueve y doce, en octubre, era más débil de lo que recordaba.

O quizá sus ojos habían pasado tanto tiempo midiendo la luz en tramos de patio —cuarenta minutos por la mañana, treinta por la tarde, siempre la misma porción de cielo recortada por los mismos muros— que ya no sabían calcularla en espacios abiertos.

Parpadeó varias veces, como si el problema fuera mecánico y pudiera resolverse ajustando algo.

Sara estaba apoyada en el coche, al otro lado de la verja, con los brazos cruzados y una expresión que intentaba no parecer expectante y no lo conseguía del todo.

Llevaba el mismo abrigo verde oscuro que él recordaba de la última visita, hacía once días, y eso —la repetición de un detalle tan pequeño— le produjo a Rubén una sensación de continuidad que no esperaba sentir en un día que se suponía que iba a romper con todo lo anterior.

—Pensé que tardarían más con el papeleo —dijo ella, cuando él ya estaba lo bastante cerca para oírla sin gritar.

—Yo también.

No se abrazaron. Llevaban tres años de visitas semanales, los treinta minutos reglamentarios al otro lado de un cristal o, los últimos doce meses, en la sala habilitada para encuentros con asistencia legal donde al menos podían sentarse a la misma mesa, y ninguna de esas visitas había incluido nunca un abrazo.

A Rubén le pareció que cambiar el protocolo justo el día en que dejaba de ser necesario sería una especie de mentira, una actuación para un público que no estaba mirando.

Subió al coche. El asiento de cuero olía a algo artificial, a pino o a limón, un ambientador colgado del retrovisor que en la cárcel jamás había llegado a sus pulmones y que ahora le resultaba casi agresivo de puro innecesario, una intensidad sensorial que el cuerpo tardaría días, quizá semanas, en dejar de registrar como información relevante.

—¿Adónde vamos? —preguntó Sara, con la llave todavía sin girar en el contacto.

Rubén miró por la ventanilla la fachada gris del centro penitenciario, los muros que durante veinticuatro años habían sido la totalidad de su horizonte físico, y sintió algo que no era alivio ni tristeza sino una especie de vértigo administrativo: la sensación de que un expediente que había llevado media vida abierto se cerraba, sin que él hubiera firmado nada, sin que nadie le hubiera preguntado si estaba listo para que se cerrara.

—A tu casa. Solo por hoy. Necesito un sitio donde pensar antes de decidir nada.

—¿Pensar en qué?

Rubén no contestó enseguida. Sacó del bolsillo interior de la bolsa de lona un sobre de papel manila, gastado en los bordes, que había sobrevivido a tres traslados de celda y dos requisas rutinarias sin que ningún funcionario hubiera encontrado motivo para confiscarlo, porque por fuera no era más que un sobre con papeles dentro, y nadie se toma la molestia de leer veinticuatro años de anotaciones hechas por un hombre al que ya han condenado y al que, por tanto, ya nadie necesita vigilar con atención.

—En esto.

Sara miró el sobre sin tocarlo, como si tocarlo antes de tiempo pudiera adelantar algo que prefería recibir despacio.

—Rubén. Lo que sea que hay ahí dentro, lo que sea que hayas estado guardando todo este tiempo... no puede ser lo único que traigas contigo el primer día.

—No es lo único que traigo.

Giró la cabeza hacia ella, y por primera vez desde que había cruzado la puerta, algo en su cara se movió de una manera que no era ni calma ni rabia, sino las dos cosas sostenidas en el mismo gesto durante demasiado tiempo para que pudieran separarse ya, como dos colores que se han mezclado tanto tiempo en el mismo bote que ya no admiten devolución al estado original.

—También traigo un nombre. Lleva veinticuatro años esperando a que yo salga para hacer algo con él.

Sara arrancó el coche sin preguntar cuál era el nombre.

Llevaba el tiempo suficiente conociendo a Rubén Sotelo para saber que, si no lo había dicho todavía, no era porque no confiara en ella, sino porque decirlo en voz alta, por primera vez, fuera de las veinte páginas donde lo había escrito un centenar de veces, iba a convertirlo en algo real de una manera en que escribirlo nunca lo había sido.

Y los dos, sin decirlo, sabían que ese momento iba a llegar antes de que terminara el día.