La madre que me parió 40. El comité se disuelve
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40. El comité se disuelve

Capítulo cuarenta

El comité se disuelve

E l martes siguiente, a las once y veinte de la mañana, mi madre se presentó en la mercería.

Sin avisar. Como se presenta ella en todas partes.

Yo estaba allí porque había cerrado a las dos y había bajado a echar una mano con lo del suelo, que había que levantar dos baldosas del fondo para pasar un tubo, y estaba de rodillas con una espátula cuando se oyó el golpe en la lama.

Traía dos cosas.

En una mano, una fuente de las de horno, tapada con papel de aluminio y con un paño encima, de esas fuentes que en mi familia significan una semana de cenas resueltas.

En la otra, una caja de herramientas.

Metálica, verde, de las de bandeja extraíble, con el asa gastada y una pegatina descolorida de un taller de la calle Melquíades Biencinto que cerró hace veinte años.

La reconocí desde el suelo.

—Mamá.

—Toma la fuente antes de que se me caiga.

Le cogí la fuente. Mi madre entró, dejó la caja de herramientas encima del mostrador de Maruja Otero y se sacudió las palmas una contra otra.

Martín estaba al fondo, de pie, con el lápiz detrás de la oreja y la cara de un hombre que no sabe si tiene que salir corriendo.

—Buenos días, Amparo.

—Buenos días, hijo.

Y entonces mi madre abrió la caja.

Estaba entera. Los destornilladores por tamaños, sujetos con la goma. Las llaves fijas en su funda de tela. El martillo. El nivel de burbuja. Los alicates de electricista con el mango rojo. Y todo limpio, con ese brillo mate del metal que alguien ha frotado hace poco, y con olor a aceite fino.

Yo llevaba tres años sin ver aquella caja y estaba mejor que el día que se murió mi padre.

—Esto era de un hombre que arreglaba cosas —dijo mi madre—. No sé venderlas y no quiero tirarlas.

Cerró la tapa.

—Tú sabrás.

Martín se acercó al mostrador despacio.

Abrió la caja otra vez, y lo hizo como abre él las cosas: por los dos cierres a la vez, sin forzar. Sacó los alicates. Los miró al trasluz. Le dio dos veces con la uña al mango, que es lo que hace la gente que sabe, y los volvió a poner exactamente en el hueco del que los había sacado.

—Están afiladas.

—Las he llevado yo.

—¿Dónde?

—A un chico del mercado que afila cuchillos. —Se ajustó el bolso—. Me cobró seis euros y me preguntó si eran de mi marido, y yo le dije que sí.

Nadie dijo nada durante unos segundos. Yo seguía de rodillas en el suelo con una espátula en la mano y una fuente caliente al lado.

—Amparo —dijo Martín—. Esto es de Lola.

—Esto es de un hombre que se murió hace tres años.

—Ya, pero…

—Y a mi hija le sirven para el mismo uso que a mí, que es tenerlas en un armario. —Cerró la tapa con los dos cierres, uno y luego el otro—. Yo las he tenido tres años en un cuarto con la puerta cerrada, y las he sacado dos veces, y las dos veces las volví a meter sin abrirlas.

—Mamá.

—Y el sábado abrí el cuarto y las miré y pensé: estas ahí no hacen nada.

Volvió a colocar la caja en el centro del mostrador, bien encuadrada.

—Muchísimas gracias —dijo Martín.

—De nada. —Mi madre ya estaba mirando alrededor—. ¿Y esto qué va a ser?

—El taller, al fondo. La tienda, delante.

—¿Y esto se queda así?

—¿El qué?

—El mostrador.

Martín miró el mostrador de su abuela, que lleva ahí desde 1978.

—Se queda. Es de mi abuela.

—Muy bonito —dijo mi madre—. Y muy bajo.

—Está a la altura de siempre.

—Está a la altura de Maruja, que medía metro cincuenta y cinco. —Se acercó y apoyó las dos manos en el canto, y le llegaba por debajo del codo—. Para vender botones vale. Para apoyarse a llorar una viuda, no. Súbelo dos dedos.

Y se dio la vuelta a mirar el escaparate.

Yo me quedé mirando a Martín desde el suelo, y Martín se quedó mirando el mostrador, y yo sé perfectamente lo que estaba pensando, porque tres semanas después me enseñó por fin el papel de la mesa de la cocina y ahí, en la partida del mostrador, ponía «subirlo dos dedos» con un interrogante tachado.

Lo había escrito él solo en agosto, dudando.

Y una señora de sesenta y un años que no ha entrado en esa tienda en su vida entera se lo resolvió en once segundos apoyando los codos.

Después criticó el escaparate, y en eso no tenía razón, y él se lo discutió, y ella no cedió, y él tampoco, y se quedaron los dos con la suya, que es como se hacen las paces en mi familia.

Y antes de irse, ya en la puerta, agachada bajo la lama, mi madre dijo:

—El jueves hago croquetas.

—Vale.

—Que vengas tú también.

Y se fue.

La disolución del comité fue el jueves siguiente, a las seis y media de la tarde, en el salón de mi madre.

Yo fui porque llevaba la libreta.

La llevaba en una bolsa de tela desde el martes de la mesa camilla y no había vuelto a abrirla, y aquella tarde subí los cuatro portales decidida a devolvérsela.

Estaban las cinco. Café, pastas y las mismas sillas.

—Que no la quiero, mamá.

—Ya te dije que no había que quererla.

—Que te la devuelvo.

—Que no. —Ni siquiera me miró—. Siéntate, que hay café.

Encima de la mesa camilla, en un montón, había once fichas sueltas. Las que quedaban. Once hombres de entre treinta y uno y cuarenta y cuatro años, con sus fotos del boletín y sus columnas hechas con regla, que nunca llegaron a tener número porque el pacto se cerró en diez.

Y mi madre las estaba metiendo en sobres.

—¿Qué haces?

—Devolverlas.

—¿A quién?

—A las familias. —Cerró uno—. Este es de la consuegra de Fina. Y este es de la del quiosco, que es del sobrino, el que te tocó. Y este de una señora de la novena que no os conoce ni a ti ni a mí y que me lo dio en marzo por si acaso.

—Mamá, eso son fotos de un boletín.

—Son fotos de los hijos de alguien.

Y las once fueron a once sobres, y en cada sobre escribió un nombre, y no comentó ninguna.

Eso también hay que decirlo. Mi madre lleva tres años comentando fichas.

Mi madre es capaz de sacarle a una fotografía de un boletín parroquial un análisis de cuarenta segundos con banderas rojas y puntuación.

Y aquella tarde metió once hombres en once sobres sin decir de ninguno que era muy aparente.

Cuando terminó, se limpió las manos como si hubiera estado amasando y dijo:

—Se acabó.

Pepita dejó la taza.

—¿Cómo que se acabó?

—Que se acabó, Pepita. Que se disuelve.

—Amparo.

—El comité se disuelve. Ya está. Ya se acabó lo de los yernos.

—Pero si llevamos tres años.

—Tres años y once meses.

—¿Y las de la novena? Yo tengo dos apalabradas.

—Pues las desapalabras.

—¿Y qué les digo?

—Que se ha muerto el comité.

—Amparo, eso no se dice.

—Pues diles que me he cansado, que es peor y es verdad.

Loli levantó la mano, que es una cosa que hace Loli desde el colegio.

—¿Y la merienda?

Mi madre se paró.

—¿Qué merienda?

—La de los martes.

—La merienda no se toca —dijo Fina, muy rápido.

—La merienda no se toca —dijo Maruchi.

—La merienda es aparte —dijo Pepita.

Y ahí, por primera vez en toda la tarde, mi madre bajó los hombros dos centímetros.

—La merienda no se toca —dijo.

—Bueno. —Loli se sirvió más café—. Pues entonces no ha pasado nada.

Pero sí había pasado, y las cinco lo sabían, porque una merienda de cinco señoras sin ningún asunto que tratar es otra cosa distinta y todas lo pensaron a la vez.

—¿Y ahora qué hacemos los martes? —dijo Maruchi.

Nadie contestó.

Y entonces, muy despacio, cuatro pares de ojos se giraron a la vez hacia el mismo sitio, que era el sillón de mi madre.

—Ni se os ocurra.

—Yo no he dicho nada —dijo Pepita.

—Te he visto la cara.

—Yo estoy tomando café.

—Maruchi, ni se te ocurra.

—Si yo no he abierto la boca.

Y Fina, que llevaba veinte minutos sin decir nada, se agachó, sacó del bolso una libreta.

Una libreta nueva. De anillas. Con la etiqueta todavía pegada en la contraportada.

—Fina.

Fina la abrió.

Y en la primera página, ya escrita, con su letra de secretaria, había media ficha empezada.

Nombre: Ramón.

Edad: 66.

De quién es: viudo. Tres hijos, ninguno aquí.

Piso: propio, pagado.

Salud: tensión controlada. Toma magnesio, aunque no le hace falta.

Aspecto: se pone corbata para las bodas.

Mi madre se levantó del sillón.

—Ni se os ocurra —repitió.

—Amparo, siéntate.

—Que no. Que ni se os ocurra, que os conozco, que llevo tres años sentada en esa silla haciendo eso mismo con mi hija y sé perfectamente cómo funciona.

—Por eso.

—¡Que no!

Y Fina, sin levantar la vista, escribió una línea debajo de la ficha, muy tranquila, con la mano firme.

Y luego la leyó en voz alta.

—Consta en acta la negativa de la interesada.

Cerró la libreta.

—Provisional.