Epílogo
Te toca
L a mercería reabrió el sábado del puente de diciembre a las once de la mañana.
MARUJA
Mercería y restauración
Del anterior solo se conservaba el nombre, y el rotulista, cuando le llamaron, dijo que él ese cartel lo tenía calcado en casa. Y lo tenía. En un tubo de cartón, con el resto de sus calcos, ordenados por calles.
Dentro, la tienda es la misma tienda y es otra.
El mueble largo se quedó donde estaba, con sus tiradores de latón originales, y dentro están las quince cajas de zapatos con sus etiquetas de rotulador y su ortografía de posguerra. «Botones de señora seria.» «Señora que se lo cree.» «Feos pero fuertes.» «Bonitos pero flojos.»
Al fondo, detrás de una mampara de cristal que se puso para que la clientela pudiera mirar, está el taller, con el banco de trabajo, la aspiración y las herramientas colgadas por tamaño en una tabla perforada.
Las de mi padre están en la fila de arriba.
El mostrador está dos dedos más alto.
Y encima del mostrador, a la izquierda de la caja, hay dos cosas.
La primera es un marco de treinta por cuarenta con una fotografía en blanco y negro, tirada con un móvil y ampliada en una copistería, en la que se ve una pizarra blanca de las de apuntar pedidos, con letra de rotulador, y en la que pone:
Ojo pedido bromazepam.
Llamar a Ortiz jueves.
CEPILLOS INTERDENTALES: 14.
SACALECHES: 1 (devuelto).
PACTO: 10/10.
RESULTADO: EN EL AIRE.
La enmarcó Susi. Es su regalo de inauguración y lo trajo envuelto en papel de la farmacia.
La segunda cosa es una caja de puros con una pegatina de precio pegada encima que pone MÍOS, con un solo botón de bata dentro, marrón, corriente, con el canto comido. Está abierta. No se vende. Cuando alguien pregunta, Martín dice «esa no» y no da explicaciones, porque no las tiene.
De las tres cajas que ponen «no vender» tampoco sabemos nada, y ya no vamos a saberlo. Estuvimos un tiempo haciendo hipótesis por las noches, y las hipótesis eran todas bonitas y ninguna se podía comprobar, y un día dejamos de hacerlas.
Hay gente que se muere y se lleva el sistema. Eso también es una herencia.
Y en el rincón del almacén, de pie contra la pared, jubilada, está la Bestia.
La cambiaron en octubre por una persiana nueva de las que suben con motor. La vieja no la quiso el chatarrero porque no compensaba el porte, así que se quedó ahí, apoyada, y alguien —y no fui yo— le ató un lazo de raso azul de los de la caja de las cintas.
El dispensador lo puso él en el mostrador la víspera.
Es de los antiguos, de metal esmaltado, con la manivela y el rollo dentro. Lo encontró en un almacén de Villaverde que vende material de comercio de segunda mano, y le costó cuarenta euros, y luego se gastó ciento diez en mandar imprimir el rollo.
Mil números.
Todos el veintisiete.
Aquel sábado, el primer cliente que entró fue don Ángel, a las once y dos minutos, y arrancó su número, y lo miró un buen rato, y se lo guardó en la cartera.
Llevaba un reloj nuevo.
Cuarenta y un años vendiéndolos y once sin ponerse ninguno, y aquel sábado entró en la mercería de al lado con un reloj de acero en la muñeca izquierda.
A las once y media aquello era una plaza.
Vino Encarni con dos bolsas de hielo y una bandeja de lo que se hubiera vendido peor esa mañana en el mercado, que resultó ser boquerón, y dijo, dejándola encima del mostrador:
—Hoy no se miran ojos.
Vinieron Jorge e Iván. Jorge estuvo veinte minutos y en el minuto once me llevó aparte y me dijo que en octubre había llevado a Iván a comer a casa de su madre y que se lo había dicho, y que su madre había estado tres días sin llamarle y al cuarto había llamado para preguntar si a Iván le gustaba el cocido.
—¿Y qué le dijiste?
—Que sí. Y ahora hace cocido cada quince días y somos cuatro a comerlo, y no hemos vuelto a hablar del asunto ni una sola vez.
—Eso es tu madre queriéndote.
—Eso es mi madre queriéndome en el único idioma que tiene. —Se rio—. Pero he encontrado una traducción, que es el cocido.
Vino Andrés. Vino solo, con una planta, y se quedó una hora y cuarenta minutos, que para una inauguración de barrio es exactamente una hora y treinta y cinco minutos más de lo estadísticamente razonable, y de esa hora y cuarenta pasó cincuenta minutos hablando con Susi al lado del expositor de las cremalleras.
No voy a decir nada más sobre eso, porque yo no llevo libreta.
Vino mi prima Vane, ya amortizada la boda, con el marido, y estuvo diez minutos contándole a todo el que se acercaba que ella había puesto a Martín y a Lola en la mesa ocho, la de los sanos, y que si no llega a ser por ella esto no pasa.
Y vinieron las Vocales, las cinco, endomingadas un sábado por la mañana, y se colocaron en abanico junto a la caja, y Fina llevaba el bolso apretado contra el pecho con las dos manos y dentro se le veía el canto de una libreta de anillas que ninguna de las cinco mencionó en toda la mañana.
Don Ramón llegó a las doce y diez.
Con abrigo. Con la camisa del cuello duro. Con el pelo peinado con agua.
—Buenos días.
—Buenos días, don Ramón.
—Yo pasaba por aquí.
Don Ramón vive a un kilómetro y cuarto y por esta calle no se pasa para ir a ningún sitio.
—Pues pase, que hay vino.
Arrancó su número. Lo miró. Se lo guardó en el bolsillo del abrigo.
Y se quedó de pie al lado de la puerta, con las manos cruzadas por delante, mirando la cajonera de los botones con un interés que aquella cajonera no ha despertado nunca en ningún hombre de sesenta y seis años.
Mi madre estaba al otro lado de la tienda, junto al mostrador, ayudando a Encarni a colocar el hielo.
Llevaba así media hora.
Y yo la estuve mirando un rato, apoyada en el marco de la puerta del taller, con una copa de plástico en la mano.
Mi madre lleva tres años levantándose a las siete y media sin tener dónde ir. Mi madre montó un comité, una libreta y un cuestionario de once preguntas para tener algo que hacer los martes, y la número once se la contestaba ella sola al apagar la luz, y en tres años no pasó del cuatro.
Y estaba a cuatro metros de un hombre que se había puesto la camisa buena para venir a una inauguración a la que no le había invitado nadie.
Y ninguno de los dos se movía.
Así que fui al mostrador y le di dos vueltas a la manivela del dispensador.
Salió un numerito.
Un veintisiete.
Me acerqué, se lo puse en la mano y le cerré los dedos encima, que es un gesto que ella me ha hecho a mí ochocientas veces con billetes de veinte euros que yo no quería.
—¿Qué es esto?
Señalé con la barbilla hacia la puerta.
—Te toca.
Mi madre miró el papel.
Miró a don Ramón.
Me miró a mí.
Y se quedó unos tres segundos con esa cara que pone la gente cuando le retiran la excusa de encima.
—Estoy con el hielo —dijo.
—El hielo está puesto.
—Hija.
—Mamá, que te toca.
Y fue.
Se colocó bien la rebeca, se pasó la mano por el pelo una vez, cogió el bolso —que no le hacía ninguna falta— y cruzó los seis metros de aquella tienda con la espalda muy recta y el bolso por delante, como se entra en misa o en batalla.
Lo del pasodoble fue idea de Maruchi, que había traído un altavoz de esos pequeños porque Maruchi lleva quince años preparada para todo.
Sonó a la una menos veinte.
Y en una mercería de setenta metros cuadrados de la calle Sierra, entre una cajonera de botones y un banco de trabajo, mi madre bailó un pasodoble con don Ramón delante de veintitantas personas, incluido el rotulista de ochenta y un años, que dio dos palmas y se calló porque le daba vergüenza.
Yo bailé con Martín.
Fatal. Los dos. Él por lo suyo y yo porque llevo el pasodoble en la sangre y no me sirve de nada, y en algún momento me pisó y dijo «perdón» con esa formalidad que le sale cuando se pone nervioso, y volvió a llamarme de usted una vez, sin darse cuenta, y yo no se lo dije.
Y desde ahí, girando mal, la vi.
A mi madre. Con la espalda recta y la barbilla levantada, hablando todo el rato, seguramente de la caja, o de la humedad, o del precio de la luz.
Vi también, de refilón, otras cosas.
Vi a Fina sacar la libreta y apuntar la hora.
Vi a Susi reírse de algo que había dicho un maestro de primaria.
Vi el marco de la pizarra al lado de la caja registradora y los mil veintisietes esperando dentro de una máquina de metal esmaltado.
Y me acordé, sin venir a cuento, de la manivela.
Del cajón de abajo de la caja verde, envuelta en un trapo que puso él, subida ahora en una tabla perforada a seis metros de donde yo estaba bailando.
En octubre llamé al de las persianas. Vino, cambió el condensador y me dijo que ese motor aguantaba diez años más.
El rótulo no lo he tocado. La R que pegó mi padre con silicona un domingo de 2016 sigue torcida y se nota de cerca.
Y ahí se queda.
Un cerco de vaso es un sitio donde alguien dejó un vaso.
Se acabó el disco. Alguien puso otro.
Mi madre volvió a la caja a por su copa, se sentó en la silla de las clientas, la que tienen todas las mercerías porque las clientas se sientan, y se quedó allí con el bolso en el regazo y la respiración un poco alta, mirando la tienda llena.
Y desde el otro lado, con un botón de nácar desparejado en el monedero y un hombre que huele a cera de abeja a mi izquierda, la vi hacer una cosa que no le he visto hacer nunca en público.
Sacó del bolsillo de la rebeca un numerito arrugado con un veintisiete impreso, lo miró un segundo, y se lo guardó otra vez.
La madre que me parió.
Fin