39. Catorce cepillos y un veintisiete
Capítulo treinta y nueve
Catorce cepillos y un veintisiete
S ubí sola.
Eso hay que decirlo, porque lo que pasó después parece lo contrario: subí sola en un ascensor de esos con puerta de madera y espejo, con el sobre en la mano, y me miré en el espejo los cuatro pisos, y me vi con la bata puesta.
La bata blanca de la farmacia. Con mi nombre bordado en azul en el bolsillo del pecho.
Me la había dejado puesta a las once y cinco y no me había dado cuenta en cincuenta y dos minutos.
Ya no había tiempo de quitársela.
En el rellano había una placa que decía NOTARÍA y un timbre, y detrás una recepción con moqueta y una chica de treinta años detrás de un mostrador.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Tiene cita?
—No.
—¿Y viene a…?
—Vengo a la firma de las doce.
Miró la pantalla.
—¿Es usted parte?
—No.
—Entonces no puedo dejarla pasar.
Y en ese momento se abrió la puerta del despacho del fondo, porque los despachos de los notarios tienen las puertas macizas pero no insonorizadas, y salió el propio notario a preguntar qué eran esas voces.
Era un señor de unos sesenta años, con traje gris, gafas de leer colgadas de una cadenita y la cara de una persona que lleva treinta años levantando actas de lo que hace la gente con su dinero.
Me miró.
Miró la bata.
Miró el sobre, que ponía PRUEBAS en mayúsculas y con la letra de las posologías.
—Pase usted —dijo.
El despacho era largo, con una mesa de reuniones de ocho plazas, una ventana a la calle y una estantería con los tomos de los protocolos encuadernados en azul y numerados por años.
En la mesa había tres personas.
A la derecha, un chico de unos treinta años con chaleco corporativo azul marino y el logo de la franquicia bordado, con una carpeta de plástico delante y el móvil boca arriba.
En el centro, un hombre de traje que resultó ser el de la inmobiliaria.
Y a la izquierda, con la camisa blanca y sin corbata, Martín.
Que levantó la cabeza y me vio entrar con la bata de la farmacia.
—Lola.
—Hola.
—¿Qué haces aquí?
Y ahí, en aquel momento, con cuatro hombres mirándome, yo hice lo único que sé hacer en la vida, que es despachar.
Puse el sobre encima de la mesa de reuniones. Lo abrí. Y empecé a sacar.
—Trece de abril. Un paquete de pañuelos de bolsillo. Noventa céntimos.
Puse el ticket encima de la mesa, delante de él.
—Veinte de abril. Tiritas medianas, tiritas de dedo, protector labial. Siete euros con cuarenta y cinco.
Puse el segundo al lado del primero.
—Veintitrés de junio, crema barrera, nueve con diez. Veinticuatro de junio, unas gomas elásticas que te regaló Susi y un caramelo de veinte céntimos.
Los iba poniendo en fila, por fecha, de izquierda a derecha, como los había tenido en el mostrador el miércoles a las nueve de la mañana.
—Veinticinco de junio.
Y ahí cogí el gordo.
—Catorce cepillos interdentales, de seis tamaños distintos. Veintiséis euros con cuarenta.
El chico del chaleco miró al de la inmobiliaria. El de la inmobiliaria miró al notario. El notario no miró a nadie: el notario se sentó en su sitio, muy despacio, y se puso las gafas de leer.
—Seis de julio, un aspirador nasal para un sobrino de cuatro años que vive en Edimburgo y que se suena solo. Siete de julio, algodón. Ocho de julio, un sacaleches. Cuarenta y dos noventa y cinco. —Puse el octavo—. Nueve de julio. Devolución de un sacaleches. Menos cuarenta y dos noventa y cinco.
Puse el noveno.
—Cincuenta y cuatro euros con cuarenta y cinco céntimos —dije—. En tres meses. De un hombre que no ha estado enfermo ni un solo día.
Martín estaba mirando la fila de papeles.
—¿Tú has guardado esto?
—Los he guardado todos.
—¿Desde abril?
—Desde el trece de abril. —Y ahí puse el dedo encima del primero—. Que es la parte que tú no sabes que yo sé.
Levantó la vista.
—Del trece de abril yo no me acordaba —dije—. He tenido que mirarlo con lupa esta mañana para saber que lo despaché yo. Un paquete de pañuelos, a las diez menos ocho, en efectivo.
No dijo nada.
—Las tiritas fueron el veinte. Una semana después. —Le empujé los dos primeros tickets dos centímetros—. El trece entraste, te quedaste un rato mirando las estanterías de detrás, no te salió y compraste lo primero que había encima del mostrador.
Se le movió algo en la cara.
—Y al día siguiente estabas en la pescadería con la lista de tu abuela, y yo iba sin número porque había dejado pasar dos turnos, y me diste el tuyo y te pusiste el último de una cola de siete señoras.
—Lola.
—Cinco meses, Martín. Cinco meses y no me lo has dicho nunca.
—Me daba vergüenza.
—Ya lo sé. A mí también.
Y entonces dije lo que había venido a decir, y lo dije mirándole a él y no al notario, aunque el notario lo apuntó todo en la cabeza, porque para eso está.
—El sábado dijiste que no ibas a saber nunca si te quedabas tú o te quedaba el barrio.
—Sí.
—Mira las fechas.
Le empujé el primer ticket dos centímetros.
—Trece de abril. Mi madre tachó tu ficha el tres de marzo.
Cinco semanas antes. En abril, en este barrio, nadie sabía nada: ni mi madre, ni las Vocales, ni Fina, ni yo.
Y tú entraste en una farmacia, no te salió, y compraste un paquete de pañuelos de noventa céntimos para poder estar dos minutos dentro.
—Ya.
—Eso no lo organizó nadie, Martín. Eso lo hiciste tú.
Catorce cepillos de cada vez, tú solo, sin que te empujara nadie y sin decírselo a nadie.
—Señalé la fila entera con la mano abierta—.
Y esto lo hice yo. Yo los guardé todos, uno a uno, durante cinco meses, sin saber por qué y diciéndole a mi auxiliar que era por si devolvías.
Me temblaba la mano y no me molesté en esconderla.
—Mi madre organizó muchas cosas. Organizó unas entradas de cine, un bizcocho y a un chico que hace malabares en un semáforo. Esto no. Esto no lo vio venir nadie.
Cogí el papelito.
Lo había puesto al final del todo, después del noveno ticket, y lo saqué del sobre y lo puse encima de la mesa de reuniones de una notaría de la calle Doctor Esquerdo, delante de un hombre con un chaleco corporativo.
Un papel de la pescadería, arrugado, con el borde troquelado, con un número impreso en tinta negra medio borrado por los pliegues.
27.
—Yo he dejado pasar la vez toda mi vida —dije—. En la cola, en el mostrador, en mi casa y con mi padre. Se murió un martes y el jueves abrí yo porque entraba el pedido, y nadie me preguntó nunca si yo quería estar detrás de ese mostrador, y yo tampoco lo pregunté.
Martín no se había movido.
—Y el catorce de abril un tío al que no conocía de nada me dio su número en una pescadería porque vio que yo no lo iba a coger.
Puse el dedo encima del papelito.
—Tengo el veintisiete. Me toca.
Y me callé.
Hubo un silencio de esos que yo no había oído nunca fuera de una farmacia a las nueve de la noche.
El chico del chaleco carraspeó.
—Perdón —dijo—. ¿Esto retrasa la firma?
—Sí —dijo el notario.
—Es que yo tengo otra a las dos en Alcobendas.
—Pues llame usted a Alcobendas.
Martín cogió el primer ticket.
Lo cogió con las dos manos, por los bordes, como coge él las cosas, y lo miró de cerca, y lo dejó. Cogió el segundo. Lo mismo. Y así los nueve, uno detrás de otro, delante de tres desconocidos, y tardó lo que se tarda, que fue mucho.
Y en el último se quedó parado.
—Yo tengo un papel en la mesa de la cocina —dijo.
—Lo sé.
—No lo sabes.
—Sé que hay un papel.
—Es un presupuesto de reforma. Veinticinco mil cuatrocientos cuarenta euros. —Lo dijo con el importe exacto, que es como dice él las cosas—. Con el rótulo puesto. Pone «Maruja, mercería y restauración». Llevo tres semanas sin enseñárselo a nadie.
—¿Y por qué has venido hoy aquí?
Martín se pasó la mano por la nuca.
—Porque el sábado pensé que si firmaba, ya no tenía que decidir. —Miró la mesa—. Que alguien decidiera por mí, aunque fuera el de los vapeadores. Con tal de que no fuera mi abuela, ni cinco señoras, ni una libreta.
—Ya.
—Y llevo desde las once y media sentado aquí sin firmar nada.
El de la inmobiliaria miró el reloj.
Martín se giró hacia el chico del chaleco.
—No voy a firmar.
—¿Hoy?
—Nunca. Perdone usted el viaje.
El chico del chaleco cerró la carpeta de plástico, que hizo mucho ruido, y dijo una frase que yo no voy a olvidar mientras viva:
—Bueno. Podemos vapear otra fecha.
Se corrigió inmediatamente.
—Valorar. Valorar otra fecha.
—No hay otra fecha —dijo Martín.
Y entonces se levantó, cogió el papelito del veintisiete de encima de la mesa de reuniones, lo miró un segundo y se lo guardó en el bolsillo de la camisa, en el del pecho, el que había llevado planchado con la palma de la mano el diez de julio con un ticket de devolución dentro.
—Este me lo quedo yo —dijo—. Que ya te toca.
Y ahí fue cuando se oyó el ruido.
Porque la puerta del despacho, que es maciza pero no insonorizada, estaba entreabierta unos quince centímetros.
Y detrás de la puerta entreabierta, en una recepción con moqueta, había cinco señoras de entre sesenta y ocho y setenta y tres años y una auxiliar de farmacia de veinticuatro, y una de ellas —no diré cuál, aunque estaba rezando desde la glorieta— se puso a llorar en voz bastante alta.
Y otra dijo «Pepita, por Dios».
Y otra dijo «que conste la hora».
El notario se quitó las gafas de leer.
Recogió los papeles que no se habían firmado, los golpeó de canto contra la mesa para igualarlos —dos veces, con una satisfacción que a mí me pareció de treinta años acumulados— y se los tendió al de la inmobiliaria.
Después miró hacia la puerta entreabierta.
Y le dijo al chico del chaleco corporativo, que seguía de pie con la carpeta en la mano y sin entender absolutamente nada:
—Caballero. Hay operaciones que no se elevan a público.
Se levantó.
—Y otras que ya lo son.