La madre que me parió 38. La procesión va por dentro (y por la calzada)
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38. La procesión va por dentro (y por la calzada)

Capítulo treinta y ocho

La procesión va por dentro (y por la calzada)

E l jueves a las nueve y media abrí la farmacia porque yo abro la farmacia.

Eso no lo discutí ni conmigo misma. Tenía la firma a las doce en la calle Doctor Esquerdo, que está a veinte minutos en taxi, y tenía un sobre debajo del mostrador que ponía PRUEBAS, y aun así a las nueve y media subí la persiana, encendí las luces y despaché a la señora Puri, que viene siempre la primera.

A las once y cinco, Susi salió del almacén con el móvil en la mano.

—Ya está.

—¿Ya está qué?

—Que ya son las once y cinco y tú sigues aquí.

—Salgo a y media.

—Sales ahora.

—Susi, hay que hacer el pedido.

—El pedido lo hago yo.

—El pedido no lo has hecho nunca.

—Pues hoy lo hago mal. —Cogió el sobre de debajo del mostrador y me lo puso en la mano—. Anda.

Y entonces abrió el cajón, el de los bolis, y sacó el cartel del cuatro de agosto. El de Susi. El que yo había despegado con cuidado de los cuatro lados y había guardado ahí, doblado, hacía cinco semanas.

CERRADO POR ASUNTOS DE FAMILIA. AbrIMOS A LAS 17:00.

Cogió el rotulador, tachó lo de las cinco de la tarde y escribió encima, en mayúsculas:

HOY NO AbrIMOS. ASUNTOS MÍOS.

—Susi.

—Es que si pongo solo «asuntos de familia», la gente se piensa que es una boda y se enfada. —Salió a pegarlo por los cuatro lados—. Y si pongo «míos», nadie pregunta.

Echó la persiana a media altura. Yo salí por debajo con el sobre en la mano.

Y en la acera, delante de la farmacia, estaba mi madre.

Con el bolso por delante, el pelo puesto y los zapatos que le hacen daño.

—¿Cuánto llevas ahí?

—Desde las once.

—Mamá.

—Me ha llamado la niña.

Nos miramos las dos en la acera unos segundos. Y de todo lo que podría haber dicho en aquel momento, mi madre dijo esto:

—¿Has cogido el papel?

—Lo he cogido.

—Pues vamos.

Lo primero que falló fue el taxi.

En esta calle pasan taxis libres a razón de uno cada minuto y medio. Aquella mañana pasaron cero en siete minutos, y a los siete minutos entendimos por qué, porque desde la bocacalle empezó a llegar el ruido.

Un megáfono.

La avenida estaba cortada.

Y por el centro de la calzada, ocupando los dos carriles, bajaba una manifestación de unas trescientas personas de entre sesenta y cinco y noventa años, con pancartas, con silbatos, con dos pancartas grandes que pedían que no cerraran las consultas de tarde del centro de salud, y con una furgoneta delante con altavoces.

Y encabezándola, con un megáfono en la mano y una gorra blanca, iba don Ángel.

—¡NI UNA CONSULTA MENOS!

—¡NI UNA! —contestaron trescientas personas.

—Madre mía —dijo mi madre.

—Mamá, tenemos que cruzar.

—Por ahí no cruza ni el Espíritu Santo.

Lo segundo que falló fue el metro.

Bajamos las escaleras de la boca del metro y estaba parado. Incidencia en la línea. Un cartel de esos escritos a mano en un folio, pegado con celo, que ponía SERVICIO INTERRUMPIDO ENTRE y luego dos estaciones, sin decir por qué ni hasta cuándo.

Eran las once y veintidós.

Subimos las escaleras. A mí me estaba subiendo por dentro una cosa que no me subía desde hacía años y que se parecía mucho al pánico.

Y mi madre sacó el móvil.

—Maruchi.

—…

—El coche.

—…

—Ahora. Sí. En la puerta de la farmacia.

—…

—Maruchi, que no te estoy preguntando.

Colgó.

—¿Ha dicho que sí?

—Maruchi siempre dice que sí. Lo que pasa es que tarda cuatro minutos en decirlo, y no tenemos cuatro minutos.

El coche de Maruchi llegó a las once y veintiséis.

Es un utilitario blanco de hace catorce años, con una funda de asiento de bolitas de madera en el del conductor y una estampa de la Virgen del Carmen pegada en el salpicadero con dos tiras de celo, encima del cuentakilómetros, tapando el testigo de la reserva de gasolina.

En el coche venían cuatro.

Maruchi conduciendo. Pepita de copiloto. Y detrás, Fina y Loli.

—¡Sube! —gritó Maruchi por la ventanilla.

—Maruchi, sois cuatro.

—Sube.

—Que sois cuatro y el coche es de cinco.

Aquí hubo una negociación de cuarenta segundos que resumo.

Pepita se ofreció a bajarse. Fina dijo que se bajaba ella, que ella tenía que ir a la parroquia.

Loli dijo que se bajaba ella también y abrió la puerta y puso un pie fuera y se quedó así, con un pie fuera, mirando a las demás, y no se bajó nadie.

Nos metimos seis.

Yo en el medio, atrás, entre Fina y Loli, con el sobre encima de las rodillas. Y mi madre delante, porque Pepita se pasó atrás y se sentó encima de medio Loli.

—Doctor Esquerdo —dijo mi madre—. La notaría que hay al lado del banco.

—¿Cuál banco?

—El que era caja.

—Todos eran caja, Amparo.

—El que hace esquina.

—Ese ya no es banco, ahora es una tienda de colchones.

—Pues al lado de los colchones.

Maruchi arrancó.

El trayecto duró veintiún minutos y fue, con diferencia, la experiencia más intensa de mi vida en un vehículo particular.

Salimos por la calle de atrás, que estaba libre, y a los cien metros nos encontramos la cola de la manifestación.

Trescientos jubilados. Dos carriles. Y una furgoneta con altavoces yendo a cuatro kilómetros por hora.

Maruchi frenó. Bajó la ventanilla. Y le dio dos toques al claxon, cortos, con esa cortesía castiza que consiste en tocar el claxon pidiendo perdón.

Un señor con silbato se giró y le hizo un gesto muy claro de que se esperara.

Y entonces Loli, desde el asiento de atrás, con Pepita medio encima, bajó su ventanilla y gritó:

—¡ÁNGEEEL!

Trescientas personas no se enteraron.

—¡ÁNGEEEEEEL!

La furgoneta paró.

Y desde la cabecera, a cuarenta metros, con el megáfono todavía en la mano, don Ángel se giró y nos localizó. A un utilitario blanco con seis mujeres dentro, una de ellas con medio cuerpo fuera de la ventanilla.

Se llevó el megáfono a la boca.

—¡COMPAÑEROS! —dijo—. ¡DEJAD PASO POR LA DERECHA!

Trescientos jubilados se apartaron hacia la acera.

—¡QUE ES PARA UNA COSA DEL CORAZÓN!

Y aquí es donde este barrio demuestra lo que es, porque trescientas personas que no tenían ni la más remota idea de qué cosa ni de qué corazón se pusieron a aplaudir.

Aplaudieron mientras pasábamos. Toda la manifestación, a los dos lados, aplaudiendo a un utilitario blanco con seis señoras dentro. Un hombre con boina le dio dos palmadas al techo del coche. Una señora nos dijo que suerte sin saber para qué.

Yo iba en el medio, atrás, con un sobre de recetas de veterinario encima de las rodillas.

Y don Ángel, cuando pasamos a su altura, bajó el megáfono, se apartó de la furgoneta y nos miró.

Levantó la mano y la dejó levantada hasta que doblamos.

Del resto del trayecto hay que consignar lo siguiente.

Maruchi conduce como conduce una mujer de sesenta y ocho años que aprendió a los cincuenta y dos: despacio en recto y muy decidida en los cruces, que es exactamente al revés de como hay que hacerlo.

Fina sacó un cuaderno.

—Fina, ¿qué haces?

—Levanto acta.

—¿En marcha?

—Es que si no lo apunto ahora, luego no me acuerdo de la hora exacta. —Miró el reloj—. Once cuarenta y uno. Salida del vehículo del domicilio de la interesada.

—Fina, salimos hace ocho minutos.

—Once treinta y tres, entonces. Rectifico.

Pepita rezó la Salve.

Empezó bajito, hacia la ventanilla, y a partir de la mitad la iba diciendo con el ritmo de una cuenta atrás, cada vez más rápido, y cuando terminó volvió a empezar.

—Pepita.

—Déjame.

—Que no me estoy quejando.

—Es que a mí esto me pone.

Y Loli, en el semáforo de la glorieta, cuando el coche de delante no arrancó al ponerse verde, bajó la ventanilla y aporreó el cristal del conductor con la palma de la mano, tres veces, con una fuerza considerable.

—¡QUE ESTÁ VERDE!

—Loli, es que ese coche está aparcado.

—Ah.

—Está aparcado desde antes de llegar nosotras.

—Pues que lo ponga.

Y en el kilómetro y medio siguiente, mientras Pepita empezaba la tercera Salve y Fina rectificaba por segunda vez la hora de salida, mi madre estiró el brazo por el hueco entre su asiento y el de Maruchi, hacia atrás, con la mano abierta.

Yo se la cogí.

No nos miramos. Ni una vez. Ella iba mirando la calle y diciéndole a Maruchi por dónde meterse, y yo iba mirando la nuca de Maruchi, y estuvimos así unos dos segundos, o tres, y luego mi madre retiró la mano para señalar un carril.

Eso es todo lo que hemos hablado mi madre y yo de lo del sábado.

Llegamos a las once y cincuenta y siete.

La notaría es un portal de los buenos, con una placa de latón y un escalón de mármol, y no tiene sitio para aparcar en cien metros a la redonda porque toda la acera es carga y descarga.

Maruchi paró el coche encima de la línea amarilla, delante mismo del portal, y puso los cuatro intermitentes.

—Maruchi, aquí no se puede.

—Que multen —dijo, quitando la llave del contacto—. Hoy pago yo.