37. Para qué juicio
Capítulo treinta y siete
Para qué juicio
L legué a mi casa a las once menos veinte con la libreta debajo del brazo y no la abrí más.
La dejé en la mesa del salón. Me quité los zapatos. Y en vez de sentarme, hice una cosa rarísima que no había planeado: fui al armario del pasillo y saqué el abrigo de entretiempo.
El azul. El de abril.
Lo saqué de la percha, lo puse encima de la mesa y metí la mano en el bolsillo derecho.
Y ahí estaba.
Un papelito de la pescadería del mercado, de esos de papel gordo con el borde troquelado, arrugado por haber estado cinco meses en un bolsillo, con un veintisiete impreso en tinta negra que ya se estaba borrando por los pliegues.
Lo puse encima de la mesa, al lado de la libreta.
Después me acordé del botón y fui a por el monedero.
El botón de nácar estaba donde está desde junio, en el departamento de las cosas importantes que no son dinero, junto a una llave del portal viejo de mi padre y una foto de carné mía de los diecinueve años que llevo ahí porque un día la metí y no la he sacado.
Lo puse al lado del papelito.
Y después estuve seis horas sin dormir, que es algo que a mí no me pasa, porque yo trabajo de pie nueve horas y duermo como un mueble.
A la una de la mañana me levanté a beber agua.
A las dos me acordé de que no había mirado el correo del colegio de farmacéuticos y lo miré.
A las tres me senté en el sofá con la libreta de mi madre en las rodillas y no la abrí, y estuve un rato pasando el pulgar por el canto, que tiene el papel un poco ondulado de los años.
A las cuatro y media hice una cosa que no le he contado a nadie hasta ahora: cogí el papelito del veintisiete y lo puse debajo de la lámpara del salón, y lo alisé con el canto de la uña, despacio, pliegue por pliegue, como se alisa un billete viejo.
No se quedó liso. Cinco meses en un bolsillo no se quitan.
Y a las seis y media, que es cuando me rendí y me levanté, bajé a la farmacia con las llaves puestas encima del pijama y una chaqueta, abrí la puerta de atrás y saqué el cajón del mostrador entero.
A las nueve, cuando llegó Susi, yo llevaba dos horas y media sentada en la banqueta con todo desplegado encima del mostrador.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Se quedó en la puerta.
—¿Eso qué es?
Eran nueve tickets.
Los había ordenado por fecha, de izquierda a derecha, en una fila, como se ordenan las cajas del pedido.
13 de abril. Un paquete de pañuelos de bolsillo. 0,90 €.
20 de abril. Tiritas medianas, tiritas de dedo, protector labial. 7,45 €.
23 de junio. Crema barrera. 9,10 €.
24 de junio. Gomas elásticas de blíster (0,00 €) y un caramelo (0,20 €).
25 de junio. Catorce cepillos interdentales de seis tamaños distintos. 26,40 €.
6 de julio. Un aspirador nasal. 8,90 €.
7 de julio. Algodón hidrófilo. 1,50 €.
8 de julio. Un sacaleches. 42,95 €.
9 de julio. Devolución de un sacaleches. −42,95 €.
Total, quitando la devolución: cincuenta y cuatro euros con cuarenta y cinco céntimos.
Cincuenta y cuatro euros con cuarenta y cinco céntimos en tres meses, repartidos en nueve visitas, de un hombre que no ha estado enfermo ni un solo día.
Susi se acercó al mostrador y los fue leyendo uno a uno sin tocarlos.
—Lola.
—Dime.
—¿Tú has guardado todos estos tickets?
—Todos.
—¿Desde abril?
—Desde el trece de abril.
Y aquí es donde yo, que llevo catorce años detrás de este mostrador y que me he pasado el libro entero explicando cómo se le lee la cara a la gente que entra por esa puerta, tuve que sentarme a leerme a mí misma.
Porque vamos a ver.
Un ticket se tira. Es un papel térmico de cuatro centímetros que a los dos años está en blanco. Nadie guarda el ticket de unas tiritas. Nadie tiene, en el cajón de los bolis de su propio negocio, debajo de una bandeja, una serie completa y ordenada de las compras de un cliente concreto.
Yo, cuando me preguntaban, decía «por si devuelve».
Devolvió una vez. Una. Y ese día lo que hice fue guardar también el ticket de la devolución.
Señoría: ¿quién guarda el ticket de una devolución?
Voy a formular la acusación entera, que para eso llevo desde abril instruyendo el caso sin saberlo.
La acusada es farmacéutica titular. Tiene treinta y dos años, catorce de mostrador y un sistema de archivo que funciona: las facturas por meses, las recetas por trimestres, los albaranes en una carpeta de anillas y los tickets de caja se tiran a final de mes sin mirarlos, todos, en una bolsa, al contenedor azul.
Todos menos nueve.
La acusada declara que los guardaba «por si devuelve».
La acusada trabaja con un sistema informático que registra cada venta con hora, fecha e importe y que permite hacer una devolución sin ticket en cuatro clics, cosa que la acusada hace una media de dos veces por semana con clientes de toda la vida.
La acusada, además, guardó el ticket de la única devolución que se produjo, lo cual, bajo su propia coartada, no tiene ningún sentido: un ticket de devolución no sirve para devolver nada.
La acusada no estaba guardando tickets.
La acusada estaba guardando fechas.
Porque eso es lo que hay ahí, ordenado en un mostrador a las nueve de la mañana de un miércoles: nueve fechas. Y la primera de todas es el trece de abril.
Antes del cine. Antes de la verbena. Antes de la lubina, del bordillo, de la persiana. Antes de que ninguna señora de esta parroquia supiera nada de nada.
Y aquí es donde paré.
Porque el trece de abril es lunes. Y el lunes de las tiritas, el de la taxonomía de tamaños y el imperdible de Susi, es el veinte.
Del trece de abril yo no me acordaba de nada.
Cogí la lupa que uso para los prospectos y lo leí de cerca, esperando encontrar un error de la impresora o una fecha mal puesta.
13/04. 09:52. Un paquete de pañuelos de bolsillo. Noventa céntimos. Efectivo.
Y al pie, en letra de cuerpo cinco, el usuario que despachó.
Yo.
Estuve un rato largo con el ticket en la mano.
Yo despacho a doscientas personas al día.
No me acuerdo de quién me compró un paquete de pañuelos hace cinco meses, no me acordaría aunque me fuera la vida en ello, y esa es exactamente la cuestión: el trece de abril, a las diez menos ocho de la mañana de un lunes, un hombre de treinta y cuatro años entró en esta farmacia, se quedó un rato mirando las estanterías de detrás como quien lee los lomos de una biblioteca ajena, no fue capaz de decir lo que había venido a decir y compró lo primero que vio en el mostrador.
Y se fue.
Y al día siguiente, en la cola de la pescadería, cuando yo llevaba dos turnos cedidos y las manos vacías, me dijo «usted no tiene número» y me dio el suyo, y se puso el último de una cola de siete señoras.
Y una semana después volvió con lo de las tiritas.
Cinco meses. Cinco meses de lubinas y de persianas y de catorce cepillos interdentales, y ese hombre no me ha dicho una sola vez que ya había estado aquí el día antes y que no le salió.
Y yo tampoco le he dicho nunca que me guardé el papelito.
Nos hemos pasado un verano entero comprando cosas que no necesitábamos para no tener que decir una frase de cuatro palabras.
Me quedé con el ticket de los pañuelos en la mano y con la lupa en la otra, en el mostrador de la farmacia de mi padre, a las nueve y cuarto de la mañana de un miércoles de septiembre.
—Lola.
—¿Qué.
—Que es el jueves.
—¿El qué es el jueves?
—La firma. —Susi tenía el móvil en la mano—. Me lo acaba de decir mi madre, que se lo ha dicho la del quiosco, que se lo ha dicho la cuñada del de la inmobiliaria. Mañana a las doce, en la notaría de la calle Doctor Esquerdo.
Ocho meses de este barrio metiéndose en mi vida.
Y toda la información que me hacía falta llegó en once segundos por la misma tubería.
Me levanté de la banqueta.
—Susi.
—Dime.
—Mañana abres tú.
Susi miró los nueve tickets. Miró el papelito arrugado del veintisiete, que yo había traído de casa y había puesto al final de la fila.
—Llevas guardando pruebas desde abril —dijo—. Tú sabrás para qué juicio.
Cogí un sobre de los que usamos para las recetas del veterinario, que son los más grandes que tenemos.
Metí los nueve tickets por orden. Metí el papelito.
El botón lo dejé fuera. El botón no es una prueba de nada: es mío.
Y escribí encima, con el boli del mostrador y con la letra que uso para las posologías, esa que hago grande para que la lean bien las señoras:
PRUEBAS