La madre que me parió 36. La libreta abierta
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36. La libreta abierta

Capítulo treinta y seis

La libreta abierta

E l martes cerré a las ocho y media y subí a casa de mi madre.

No llamé antes. Subí los cuatro portales, metí la llave y abrí, y en el recibidor olía a lejía, que es lo que huele la casa de mi madre cuando ha estado limpiando algo que no había que limpiar.

Estaba sentada a la mesa camilla del salón, con la faldilla puesta aunque estamos en septiembre, con la luz pequeña encendida y la televisión apagada.

Encima de la mesa, cerrada, estaba la libreta.

—Siéntate.

Me senté.

—¿Llevas mucho ahí?

—Desde las siete.

Me di cuenta entonces de que se había puesto la rebeca buena.

—Antes de nada —dijo—, quiero que veas una cosa.

Y abrió la libreta.

No por el principio. La abrió directamente por una página, sin buscarla, con la seguridad de quien ha tenido ese cuaderno abierto por ahí toda la tarde.

Papel cuadriculado. Columnas hechas con regla. En la esquina superior no había foto: había un rectángulo de papel más claro donde había estado pegado algo con celo, y el celo amarillo todavía en el sitio.

FICHA N.º 27.

Nombre: Martín. Edad: 34 (35 en abril). De quién es: nieto de Maruja Otero, la de la mercería.

Procedencia: la propia abuela, 14 de octubre, en la puerta de la tienda.

Trabajo: restaura muebles. Con las manos.

Piso: el de la abuela, cuando sea. Aspecto: no consta (no hay foto reciente; la abuela dice que se parece al padre). Salud: no consta. No fuma.

Y en la casilla de las banderas rojas, con su letra pequeña:

Vive en el extranjero.

Toda la ficha estaba tachada con una raya diagonal de boli azul, de esquina a esquina.

Y al lado de la raya, en el margen, una fecha.

3 de marzo.

—Mira bien la fecha —dijo mi madre.

La miré.

—Ahora dime tú qué día fue lo del mercado.

—El catorce de abril.

—El catorce de abril.

Se quitó las gafas y las dejó encima de la libreta.

—Cinco semanas, Lola. Yo taché a ese chico cinco semanas antes de que os vierais.

Cuando tú viniste aquel día con el pescado, yo no sabía ni que estaba en Madrid.

Yo creía que se había vuelto en enero, como se vuelve todo el mundo.

—Se le puso la voz rara y siguió igual—.

Lo del papelito fue vuestro. Eso fue vuestro entero. Te lo juro por tu padre.

Yo estuve un rato mirando el 3 de marzo escrito en el margen de una hoja cuadriculada.

—¿Por qué la tachaste?

—Porque no iba a volver.

—Se lo había prometido a Maruja.

—Yo a Maruja no le prometí nada. —Cogió las gafas y las volvió a dejar—.

Maruja me lo dijo en octubre en la puerta de la tienda, con el trapo del polvo en la mano, y yo le dije que sí porque a una mujer de ochenta y un años se le dice que sí.

Y apunté la ficha porque yo apunto todo.

Y en enero se murió. Y en marzo, la de la papelería me dijo que el chico había venido cuatro días y se había vuelto, y yo cogí el boli y la taché.

—Era lo último que quiso esa mujer.

—Ya lo sé.

—Y tú la tachaste con una raya.

—Ya lo sé, Lola. —Y aquí se le rompió por primera vez, un poco, por dentro, sin llegar a la superficie—.

¿Tú sabes lo que es tachar la ficha de una mujer a la que has enterrado en enero?

Lo sé perfectamente. Estuve un rato con el boli en la mano.

Y la taché porque si no la tachaba, la libreta no valía nada, y esa libreta es lo único que he hecho yo sola en tres años.

Nos quedamos calladas.

En el pasillo, el reloj.

—Y luego lo del sábado —dije.

—Y luego lo del sábado.

—Mamá, mírame. ¿Me pusiste candidatos malos a propósito?

Mi madre me miró.

—Sí.

Y no añadió nada. No dijo «pero». No sacó a la tía Chelo. No dijo que lo había hecho por mi bien, que era lo que yo estaba esperando y lo que me habría dejado gritarle otra vez.

—Desde la verbena —dijo—. Desde que Fina me dijo quién era el chico de las bolsas. Y no me lo dijo delante de ti a propósito, porque yo le mandé al comité que no dijera nada.

—¿Y por qué no me lo dijiste tú?

—Porque tú no me lo contaste a mí.

Eso me lo dijo sin ningún reproche, y ese fue el problema.

—Yo te vi en la verbena —siguió—. Tú estabas en la esquina de la tómbola con la riñonera puesta, y yo estaba bailando un pasodoble con un chico al que había conocido hacía veinte minutos, y te vi la cara.

—Mamá.

—Te vi la cara, Lola. Yo te he visto la cara treinta y dos años.

Se ajustó la rebeca.

—Y esa noche llegué a casa y me senté ahí donde estás tú, y pensé: mi hija tiene una cosa y no me la va a contar. Y eso, para una madre, es un golpe muy fuerte, y no me pongas esa cara, que ya sé que tú tienes derecho. Pero es un golpe fuerte igual.

—¿Y entonces qué?

—Entonces me dije: pues muy bien. Si no me lo cuenta, yo tampoco digo nada. Yo lo que hago es quitar piedras del camino.

—Eso es lo que dijiste el sábado.

—Es que es lo que hice. —Se puso derecha—. Yo no te empujé hacia ese chico. Yo no le llamé, ni le escribí, ni le mandé recado. Nunca. En dos meses no he cruzado con ese hombre más palabras que las de la verbena, que fueron sobre la humedad. Lo único que hice fue apartar lo otro.

—Apartar lo otro es empujar, mamá.

—Puede ser.

—No, puede ser no. Es. Si tú me quitas de en medio a los que valen y me pones al chico del semáforo, tú estás decidiendo por mí.

—Sí.

—Di que sí otra vez.

—Sí. —Y ahí levantó la barbilla, y ahí volvió a ser ella—. Sí, Lola. Y lo volvería a hacer con el cómo cambiado, pero lo volvería a hacer.

—Eso no es una disculpa.

—No es una disculpa. Me equivoqué en el cómo. En el qué, no.

Se levantó y fue a la cocina, y volvió con un vaso de agua para mí que yo no había pedido y que me bebí entero.

Y entonces sacó del bolsillo de la rebeca un papel doblado en cuatro.

Era la encuesta del diez. La de Pol. La que yo rellené delante de ella el uno de septiembre y en la que puse un cuatro.

—Esto lo llevo encima desde el martes pasado.

—Mamá.

—El nueve lo pusiste «bastante». Tú nunca pones «bastante». Tú pones ocho, o pones cero, o me escribes tres líneas de burla. —La abrió por la mitad—. Y en la once pusiste un cuatro.

—Sí.

—¿Sabes cuántos cuatros me has puesto tú en once meses?

—No.

—Ninguno. Ni uno. Has puesto un tres, dos doses, un cinco y cuatro veces la has dejado en blanco. Un cuatro no lo habías puesto nunca. —Volvió a doblar el papel—. Y entonces supe que me estabas mintiendo. Y no me enfadé, hija. Me alegré tanto que estuve toda la tarde fregando.

Yo tenía el vaso vacío en la mano.

—¿Por qué la pusiste?

—¿El qué?

—La once. Esa pregunta no es como las otras. Las otras diez son sobre ellos. Esa es sobre mí.

Mi madre se sentó despacio.

Y aquí llega la parte que me costó un año entero entender y que aquella noche entendí en cuatro minutos, sentada a una mesa camilla con la faldilla puesta en septiembre.

—Yo esa pregunta la escribí para mí —dijo.

—¿Cómo?

—Que la escribí para mí. La puse la primera noche, cuando hice el modelo, en la cocina, y la puse la última porque no sabía dónde ponerla. —Se miró las manos—. Y desde entonces, Lola, todas las noches, cuando apago la luz, me la contesto yo.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

—¿Y qué te contestas?

—Un cuatro.

—Mamá.

—Un cuatro. A veces un tres. —Levantó la vista—. Llevo tres años sin pasar del cuatro. Desde el mes de agosto de hace tres años.

—Y no me has dicho nada.

—¿Qué te voy a decir? ¿Que me levanto a las siete y media y no tengo dónde ir? ¿Que la casa suena mucho? Eso no se dice, hija. Eso se hace una libreta.

—Mamá…

—Espera, que no he acabado. —Se puso derecha otra vez—. El dieciséis de julio, en la plaza, bailando un pasodoble con un chico de treinta y cinco años que no sabía ni ponerme la mano donde va, aquella noche subí, me acosté y me puse un siete.

Silencio.

—Un siete —dijo—. Yo. En tres años.

Y ahí me levanté yo, y ella levantó la mano para que no me acercara, porque en mi familia eso no se hace, y me quedé de pie al lado de la mesa camilla como una idiota.

—Y a los cinco días me entero de que ese chico es el nieto de Maruja Otero, la que me pidió en octubre que le buscara a alguien. —Cogió la libreta y la cerró—. Y me entero por una foto. Y a mi hija se le pone una cara en la verbena que yo no le veía desde que tenía veintitantos años.

—Mamá.

—Yo no creo en las señales, Lola. Eso es cosa de Pepita. —Empujó la libreta hacia mí, por encima del hule—. Pero cuando te pasan tres cosas seguidas y todas apuntan al mismo sitio, una hace lo que puede con lo que tiene. Y yo lo único que tenía era esto.

La libreta se quedó delante de mí.

—¿Qué haces?

—Que te la quedes.

—Yo no la quiero.

—No he dicho que la quieras. He dicho que te la quedes. —Se levantó y empezó a recoger el vaso—. Se acabó el negocio de yernos.

Y se fue a la cocina con el vaso.

Yo me quedé sola en el salón, con la libreta en el regazo.

Y desde donde estaba sentada se veía el pasillo entero, y al fondo del pasillo, la puerta del cuarto pequeño, la que da al trastero interior, que en esta casa lleva tres años cerrada y que aquella noche estaba entreabierta.

Se veía un trozo de estantería. Y en la estantería, alineadas, las cajas de las herramientas de mi padre.

Abrí la libreta.

Y me puse a pasar páginas hacia atrás, desde el 27 hasta el principio.

Y allí estaban.

Veintiséis hombres. Veintiséis fichas de papel cuadriculado con las columnas hechas a mano con regla, con fotos recortadas del boletín parroquial pegadas con celo, con las edades, los oficios, los pisos, las banderas rojas.

Veintiséis hombres que yo no he conocido, que no me habrían gustado, que en su mayoría estaban tachados con una raya diagonal antes de que llegaran a ninguna parte.

Y en cada una de las veintiséis, abajo del todo, la misma casilla:

Lola dirá que no porque…

«…porque dirá que es muy mayor, pero cinco años no son nada.»

«…porque dirá que no tiene conversación. Y no la tiene. Pero es bueno.»

«…porque los domingos ella no quiere hablar con nadie y este habla mucho.»

«…porque desde lo de Óscar decide a los veinte minutos y luego se queda hasta el final por educación.»

«…porque a esta niña le da miedo que le vuelva a pasar.»

Veintiséis.

Tres años de una mujer sola, sentada de noche en una mesa camilla, escribiendo con letra pequeña todo lo que sabía de su hija en el único sitio donde podía escribirlo.

Desde la cocina se oía el grifo.