La madre que me parió 35. La manivela
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35. La manivela

Capítulo treinta y cinco

La manivela

S usi se fue a las ocho y media y yo me quedé, que es lo que llevaba haciendo cuatro años y lo que había dejado de hacer en agosto.

A las nueve menos cuarto le di al botón de la persiana.

La persiana de la farmacia Ribas es motorizada desde 2011. Baja sola, con un ruido de motor viejo, y tarda veintidós segundos. Yo esos veintidós segundos los conozco tan bien que sé por el ruido si va a llover.

Bajó hasta la mitad y se paró.

Le di otra vez al botón. Nada. Le di al de subir. Nada. Se oía el motor arrancar y morirse en el mismo segundo, con un chasquido, y la lama se quedaba ahí, a la altura del pecho.

A la altura del pecho.

Me reí sola, que es una cosa fea de hacer en una farmacia vacía.

En el cuadro, detrás de la puerta del almacén, hay un diferencial y un interruptor de la persiana. Lo bajé, esperé, lo subí. El motor arrancó, hizo el chasquido y se murió. Lo hice tres veces, que es lo que hace todo el mundo con todo, y a la tercera dejé de hacerlo.

Estas persianas tienen un desbloqueo manual. Es una anilla que cuelga dentro de la caja, encima del dintel, y de la anilla tira una manivela, y la manivela es una barra de metro y medio con un gancho en la punta. Se mete por un agujero cuadrado, se le da vueltas y baja.

Yo sé perfectamente dónde está esa manivela.

Está en el cajón de abajo de la caja de herramientas verde, la de la bandeja extraíble, la que tiene el asa gastada y la pegatina descolorida de un taller de la calle Melquíades Biencinto que cerró hace veinte años. Está envuelta en un trapo, porque el gancho engancha, y el trapo lo puso él.

Y la caja de herramientas lleva tres años en el cuarto pequeño de la casa de mi madre, con la puerta cerrada.

Podía haber cogido las llaves, subir los cuatro portales, llamar al telefonillo a las nueve menos cuarto y decir: mamá, ábreme el cuarto, que necesito la manivela.

Mi madre me la habría dado. Me habría dado la manivela y una fuente de algo, y no me habría preguntado nada, y esa era exactamente la razón por la que no fui: porque el sábado en un pasillo de catering yo le grité a mi madre que cómo quería que la creyera, y ella no contestó, y desde entonces no habíamos hablado.

También podía haber llamado a Martín.

Martín tiene un destornillador de estrella, una cinta métrica y las manos de un hombre que se pasa el día metiendo hierros en agujeros cuadrados. Martín vive a novecientos metros y a las nueve menos cuarto de la noche estaría despierto.

Cogí el móvil. Lo tuve en la mano el tiempo que se tienen estas cosas en la mano.

Y no.

Así que hice lo que hago yo, que es resolver.

Cogí una escoba y le di la vuelta y metí el palo por el hueco de la lama a ver si podía forzarla hacia abajo.

Se dobló el palo. Cogí la banqueta del almacén y me subí a mirar dentro de la caja del motor, con la linterna del móvil, y lo que vi fue polvo de once años, un cable naranja y la anilla del desbloqueo colgando a treinta centímetros de mi mano, y de la anilla no se puede tirar con los dedos porque para eso está la manivela.

Estuve así veinte minutos. Con la bata puesta, a las nueve de la noche, subida a una banqueta, alumbrando con el móvil el interior de una caja de persiana.

Y en algún momento me bajé, dejé la escoba apoyada en el mostrador y me senté.

No en la banqueta. En el escalón que hay entre el mostrador y la trastienda, que es un escalón de diez centímetros que no sirve para nada y en el que mi padre se sentaba a comer los bocadillos porque decía que en la silla se le hacía tarde.

Y lloré.

No por Martín, que llevaba dos días sin contestar. Ni por mi madre, que estaba a cuatro portales. Ni por el pacto, ni por las diez cenas, ni por la libreta, ni por nada de lo que llevo doscientas páginas contando.

Lloré porque mi padre habría arreglado esa persiana en cuatro minutos.

Habría entrado por la puerta de atrás con la caja verde, se habría subido a la banqueta sin quejarse de las rodillas, habría metido la manivela y le habría dado vueltas hablando de otra cosa, y a los cuatro minutos habría dicho que eso era el condensador, que él ya lo había avisado en su día, y me habría dicho que llamara al de las persianas el lunes, y el lunes yo no habría llamado y él tampoco, y la persiana habría seguido funcionando cuatro años más.

Lloré veinte minutos. Los conté después, por el reloj de la pantalla, porque yo cuento las cosas.

Veinte minutos y tres años.

Lloré como llora la gente que no llora nunca, que es fatal, con hipo y con la nariz, y en algún punto se me pasó por la cabeza que el hipo se cura solo salvo casos que no son el mío y me reí en medio de llorar, y eso también fue horrible.

Cuando terminé, me sequé con papel de la caja del mostrador, me lavé la cara en el lavabo del almacén y me quedé un rato mirándome en ese espejo pequeño y torcido que tenemos ahí desde siempre.

Después apagué las luces del fondo, comprobé el grifo, bajé el diferencial pequeño y dejé subido el grande, cogí las llaves y el bolso, y apagué la luz de delante.

Seis cosas. Por orden.

La persiana se quedó a la altura del pecho toda la noche, con la farmacia a oscuras y abierta a medias en una calle de Vallecas, y no pasó absolutamente nada, porque en este barrio no pasa nada.

Al día siguiente, el electricista tardó seis minutos.

Era el condensador.