La madre que me parió 34. Magdalenas
87%

34. Magdalenas

Capítulo treinta y cuatro

Magdalenas

E l domingo hice tres cosas y las tres estuvieron mal.

La primera fue bajar a la mercería a las once de la mañana. La persiana estaba echada del todo, hasta abajo, con la llave grande. En el cristal de la puerta seguía el cartel escrito a mano de su abuela, el que dice que vuelve a las cinco.

La segunda fue llamar por teléfono a la una y veinte. Cuatro tonos y el buzón.

Y la tercera fue escribir un mensaje a las siete y media de la tarde, borrarlo, escribir otro, borrarlo, y acabar mandando uno que decía: «Cuando quieras hablamos». Que es, con diferencia, la frase más cobarde que he escrito en mi vida, porque le pone a la otra persona el trabajo de decidir cuándo.

No contestó el domingo.

El lunes abrí a las nueve y media, como todos los lunes de mi vida.

En este barrio, cuando pasa algo, no viene nadie a preguntarte. Vienen todos a comprar.

A las nueve y cuarenta entró Charo. Charo no viene los lunes: Charo viene los jueves, porque los jueves va al mercado y le pilla de paso. Compró un jabón de manos.

—¿Qué tal, hija?

—Bien, Charo.

—Muy bien. Muy bien, muy bien. —Cogió el jabón—. Yo es que venía a por esto.

Y se fue.

A las diez menos cuarto vino la del tercero a por unas vitaminas que no toma.

A las diez y diez, el chico de la frutería, con un encargo de su madre que consistía en «lo de la garganta», sin más precisión, y que se llevó sin discutir.

A las diez y media, la señora del lunar, que hacía cuatro meses que no aparecía, se compró una crema de manos de doce euros y me estuvo hablando siete minutos del tiempo.

Ninguna preguntó nada.

Y esto lo escribo porque durante ocho meses he contado en estas páginas cómo el barrio se mete donde no le llaman, cómo Encarni sabe quién se ha divorciado antes que la madre y cómo cinco señoras montan un comité con actas.

Y el lunes siguiente a la boda de mi prima Vane, ese mismo barrio, con la misma maquinaria y las mismas personas, se organizó para venir a mi farmacia de uno en uno, gastarse un dinero que no tenían previsto y no preguntarme absolutamente nada.

Es el mismo aparato. Solo que hacia dentro.

Susi lo entendió antes que yo y montó el filtro.

—Buenos días. ¿Qué le pongo?

—Ay, hija, yo venía a…

—Yo se lo doy. Lola está con un pedido.

Yo no estaba con un pedido. Yo estaba en el almacén, sentada en la banqueta, mirando una caja de suero fisiológico.

A las doce entró don Ángel.

No dijo nada. No preguntó por nadie. Se acercó al mostrador, dejó encima una bolsa de pipas de las de treinta céntimos, del quiosco de la calle Sierra, y se fue.

La bolsa estuvo ahí toda la mañana. Susi no la tocó. Yo tampoco.

Y a las cinco y veinte de la tarde entró Jorge con una caja de la confitería de Puerto de Canfranc.

—Ábrela.

—No tengo hambre.

—Nadie tiene hambre. Ábrela.

Eran magdalenas de las buenas, de las que tienen el papel plisado de verdad y no ese papel fino que se pega. Doce.

Nos las llevamos al almacén. Susi cerró la puerta desde fuera, que fue el gesto más elegante que ha hecho nadie por mí en mucho tiempo.

—A ver. Cuéntamelo.

Se lo conté. Entero. Tardé unos veinte minutos y me tuve que parar dos veces.

Jorge escuchó sin interrumpir, cosa que no había hecho nunca. Y cuando terminé, cogió una magdalena, le quitó el papel entero, se la comió en tres bocados y dijo:

—Vale. Voy a decirte tres cosas y una no te va a gustar.

—Empieza por esa.

—No, esa la dejo para el final. Que soy tu amigo, no tu médico.

Cogió otra magdalena.

—Primera. Tu madre ha hecho una cosa horrible.

—Gracias.

—Digo horrible de verdad, Lola, no lo digo por consolarte.

Meterte candidatos malos a propósito es tratarte como a una menor de edad.

Es decidir por ti. Es exactamente lo que llevas tres años acusándola de hacer, solo que esta vez tenía razón en el fondo, y eso es peor, porque te deja sin discusión.

—Ya.

—Segunda. Mi madre le hizo algo parecido a un chico en 2019.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Un compañero mío del máster. Vino a comer a casa dos veces. Y a la tercera, mi madre le preguntó, delante de mí, si tenía novia. —Se limpió las manos—. Yo tenía veintisiete años y le dije a mi madre que se callara, y mi madre se calló, y esa noche la oí llorar en la cocina.

—Jorge.

—Y en cuatro años no hemos vuelto a hablar de eso ni una vez. —Se encogió de hombros—. Ella tiene una libreta con pegatinas de colores y yo tengo una técnica para las citas señuelo con once pasos. Las dos cosas son lo mismo. Las dos son un sistema para no decir la frase.

—¿Qué frase?

—Cualquiera. La que sea. En mi casa es una y en la tuya es otra.

Cogió la tercera magdalena y no se la comió: la dejó en la mesa.

—Las madres de libreta quieren en un idioma que hay que traducir —dijo—.

Y traducirlo cansa muchísimo, y a veces uno no quiere traducir, quiere que le hablen claro.

Yo eso lo entiendo. Pero llevo doce años sin traducirle a mi madre ni una frase, y ella lleva doce años poniendo pegatinas verdes en fichas de chicas que no me van a interesar nunca, y las dos cosas son la misma cobardía repartida entre dos personas.

Yo me estaba comiendo la primera magdalena y me la comí entera sin darme cuenta.

—Y la tercera —dijo.

—La que no me va a gustar.

—La que no te va a gustar. —Me miró de frente—. Martín no se ha ido por la lista.

—Se ha ido por la lista.

—No. Yo estaba en esa mesa, Lola. Y yo he visto a ese hombre las dos veces que le he visto y las dos veces estaba haciendo la misma cosa, que es fingir que todavía no ha decidido nada.

—Es que no había decidido nada.

—Había decidido en junio. —Empujó la magdalena dos centímetros—. Lo que no había hecho es decirlo. Y el sábado, en un banquete, delante de doscientas personas, una señora de setenta y tres años dijo en voz alta que todo el barrio llevaba un año esperando a que se quedara.

—Ya.

—Le vieron querer quedarse antes de que él se atreviera a decirlo. Eso es lo que le han hecho. Y eso, a un hombre que lleva cinco meses vaciando una casa solo, le deja sin lo único que tenía, que era llegar él.

—Eso no lo puedo arreglar yo.

—No.

—Entonces para qué me lo cuentas.

—Porque me lo has preguntado. —Cogió una cuarta magdalena y esta tampoco se la comió—.

Y porque si tú vas a ir a decirle algo, vas a ir con lo que tú creas que ha pasado, y lo que tú crees que ha pasado no es lo que ha pasado.

Tú crees que él se ha enfadado contigo. Y él no se ha enfadado contigo ni un segundo, Lola. Ese hombre te creyó a la primera.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Porque estaba sentado a metro y medio y le vi la cara cuando Pepita gritó. —Se limpió las manos con la servilleta de papel—. Ese hombre no te miró a ti. Miró la mesa. Un hombre que sospecha de su pareja mira a su pareja. Un hombre que se está muriendo de vergüenza mira el mantel.

Nos quedamos un rato callados. Fuera, en el mostrador, se oía a Susi despachando a alguien con mucha paciencia.

—Oye, Jorge.

—Dime.

—Lo de tu madre y lo de la cocina.

—Sí.

—¿Se lo has dicho alguna vez?

—No.

—¿Y por qué no?

Jorge se lo pensó un rato largo, más del que se piensa uno estas cosas cuando ya tiene la respuesta preparada.

—Porque llevo doce años esperando el momento bueno —dijo—. Y ahora, viéndote a ti, empiezo a pensar que el momento bueno es un invento de los cobardes para no tener que elegir el momento malo.

—Eso es una frase muy buena.

—Ya. Llevo tres días con ella.

Se levantó.

—Entonces qué hago.

—Eso no te lo voy a decir yo.

—Jorge.

—Que no. —Cogió la caja—. Yo llevo doce años sin hacer lo que tengo que hacer, así que no soy el indicado para decirle a nadie a qué hora hay que hacer las cosas.

Dejó la caja abierta encima de la mesa, con siete magdalenas dentro.

Y recogió los papeles de las que nos habíamos comido, que eran cinco.

Y los fue doblando encima de la mesa del almacén, uno por uno, en cuadraditos pequeños y perfectamente iguales, apilándolos en un montón.