33. La boda (II) el que no venía
Capítulo treinta y tres
La boda (II): el que no venía
S alimos por el pasillo del catering porque era la puerta que teníamos más cerca.
Es un pasillo de servicio de esos que hay detrás de todos los salones de banquetes de este país: suelo de gres, luz de tubo, carros de acero con las bandejas de las tartas esperando, dos neveras grandes zumbando y un olor a lejía y a comida fría. Al fondo, una puerta abierta al aparcamiento.
Detrás de nosotros, a través de dos puertas y de un tabique de pladur, se seguía oyendo la orquesta.
Entramos los tres: Martín, yo y mi madre, que salió detrás sin que nadie la llamara.
Y ahí conté lo del pacto.
Lo conté entero, deprisa y en orden, porque no había otra manera.
Conté que mi madre lleva tres años buscándome novio.
Conté que hay una libreta con fichas, con fotos recortadas del boletín parroquial, con puntuaciones sobre diez.
Conté que en abril firmamos un pacto de diez cenas encima de un hule.
Conté que hay un comité de cinco señoras que aportan candidatos y que a los candidatos se les asigna un número por orden de entrada.
Y conté la última, que es la que me costó.
—Hay una ficha con el número veintisiete. Y la ficha eres tú.
Martín estaba apoyado en el carro de las tartas, con las manos en los bordes de acero.
—¿Yo estoy en una lista.
—Estabas.
—¿De cuándo?
Y ahí habló mi madre por primera vez.
—Del año pasado.
Los dos nos giramos.
Mi madre estaba a dos metros, con el bolso en el antebrazo, en el pasillo de servicio de un salón de bodas, con el pelo de la peluquería y los zapatos que le hacen daño.
—La puso tu abuela —dijo.
—¿Qué?
—Que la puso ella, hijo. La ficha la puso Maruja.
Nadie dijo nada durante unos segundos. Una nevera arrancó y volvió a pararse.
—Estábamos en la puerta de la tienda en octubre. Yo iba a por unos botones para el abrigo de Lola, que le faltaba uno, y salió el tema, y ella me dijo: Amparo, y a mi nieto, ¿tú no le buscas a nadie? Y yo le dije que tu nieto vive en Escocia. Y me dijo que tú un día volverías.
—Eso no es verdad.
—Es verdad.
—Mi abuela no me buscaba novia. Mi abuela me llamaba una vez a la semana y me preguntaba por el trabajo.
—Tu abuela me dio tu edad, me dijo que trabajabas con las manos y me dijo que no fumabas. —Mi madre no levantó la voz ni una sola vez, y eso fue lo peor de todo—. Y me dijo que si algún día venías, que te presentara a alguien de aquí. Que a ver si así te quedabas.
Martín se soltó del carro.
—¿Y por qué no me lo dijo a mí?
—Eso yo no lo sé.
—Estuve con ella en Navidad. Cuatro días. Comimos juntos ocho veces.
—Ya.
—Y no me dijo nada.
—Los mayores no decimos esas cosas —dijo mi madre—. Las hacemos por detrás y luego nos morimos.
Y ahí fue donde a mí se me rompió una cosa por dentro que no era la que se me tenía que romper, porque aquello no iba conmigo, y aun así me la quedé.
Martín se pasó las dos manos por la cara.
—¿Y el número?
—El veintisiete es el orden. Yo las voy numerando.
—Ya. —Bajó las manos—. ¿Y está tachada?
Silencio.
—Sí.
—¿Cuándo la tachaste?
—En marzo.
—¿Por qué?
—Porque tu abuela se había muerto en enero, y tú viniste al entierro y te volviste a los cuatro días, y en marzo yo ya sabía por la de la papelería que no ibas a volver. —Mi madre se cambió el bolso de brazo—. Y una ficha que no va a ningún sitio se tacha. Si no, la libreta no vale.
Martín se giró hacia mí.
—¿Tú lo sabías?
—No.
—¿Nada?
—Nada, Martín. Nada. Yo no he abierto esa libreta en mi vida.
Y él me miró tres segundos.
—Ya —dijo—. Ya sé que no.
Y lo dijo de verdad. Ese hombre, en el pasillo de un catering, con la corbata azul marino y el nudo todavía apretado, tuvo la decencia de creerme a la primera y de cerrar aquello él mismo antes de que se estropeara, y yo pensé, durante unos cuatro segundos, que lo peor había pasado.
No había pasado.
—Es que no es eso —dijo.
—¿El qué?
—Que no es eso, Lola. Eso me da igual. —Se apoyó otra vez en el carro—. Es que hoy me han dado dos besos noventa personas. Y en la iglesia había una señora en el tercer banco haciéndome fotos. Y tu tía la de la cámara tapada me ha preguntado cuántos hermanos tengo.
—Es una boda.
—Y todo el mundo sabía quién era yo.
—Claro que sabían quién eras.
—No. —Levantó la mano y la volvió a bajar—. Escúchame. No sabían quién soy. Sabían quién soy en una libreta.
Se quedó callado un momento.
—Yo llevo cinco meses vaciando la casa de mi abuela. Solo. Metiendo en bolsas la ropa de una mujer que me crio los veranos. Y he estado dos meses con una caja de botones intentando entender por qué los separaba así, porque era lo único que me quedaba suyo que todavía no había entendido.
—Lo sé.
—Y resulta que mientras yo hacía eso, había cinco señoras que ya sabían lo que quería mi abuela. Que lo sabían desde octubre. Que lo comentaban. Que lo tenían apuntado, con mi edad y mi oficio, en una hoja de papel cuadriculado con un número puesto por orden de llegada.
—Martín.
—Pepita lo ha gritado en un banquete.
—Pepita ha bebido.
—Pepita ha dicho la verdad delante de doscientas personas.
—Y por primera vez le tembló algo en la voz, y se paró, y esperó a que se le pasara—.
Y me he enterado de lo último que quiso mi abuela por una señora achispada, en una barra libre, cuatro meses tarde.
Yo no me he enterado. Yo me lo he encontrado.
Yo no dije nada, porque no había nada.
—Y hay otra cosa —dijo, más bajo—. Que es la que me está matando.
—Dime.
—Que yo llevo tres semanas con un papel en la mesa de la cocina.
—¿Qué papel?
—Un presupuesto. De la reforma de la tienda. Con el rótulo puesto y todo. Y no se lo he enseñado a nadie, ni a ti, porque no me atrevía, porque son veinticinco mil euros y una vida entera, y porque llevo cinco meses sin ser capaz de decir en voz alta que me quiero quedar.
Se llevó la mano a la nuca.
—Y hoy me entero de que el barrio entero lleva un año esperando a que me quede.
—Eso no es malo.
—Es que ya no lo sé, Lola. —Me miró—. Si yo firmo ese presupuesto el lunes, ¿lo firmo yo? ¿O lo firma mi abuela? ¿O lo firman cinco señoras y una libreta? Porque yo lo único que tenía era que fuera mío. Era lo único.
Y ahí, exactamente ahí, pasó por el pasillo un camarero con una bandeja de tartaletas, pidiendo permiso, y los tres nos apartamos contra la pared para dejarle pasar, y esperamos en silencio a que llegara al fondo y empujara la puerta con la espalda.
Y detrás del tabique, la orquesta arrancó con «Paquito el Chocolatero».
Se oyó al salón entero gritar en el sitio en que hay que gritar.
Y fue entonces cuando me di cuenta.
No sé por qué en ese momento y no antes. Estaba mirando la puerta por la que había salido el camarero y de repente lo tuve todo delante, ordenado, como una analítica.
Me giré hacia mi madre.
—Tú lo sabías.
—Lola.
—Tú sabías quién era. Desde cuándo.
—Hija…
—¿Desde cuándo, mamá?
Mi madre apretó el asa del bolso.
—Desde la verbena.
Julio. Dieciséis de julio.
—El bizcocho.
—Lola.
—El bizcocho. «Llévaselo al chico de Maruja, que está muy flaco y a mí me pilla lejos». Vives a cuatrocientos metros.
—Es que estaba muy flaco.
—El cine.
—Las entradas eran de la asociación.
—Las entradas de don Ángel también.
Mi madre no contestó.
—El malabarista —dije.
Y ahí se me empezó a caer todo, y lo peor es que se me caía en orden, hacia atrás, como cuando le das la vuelta a un pastillero.
—El malabarista. El chico de Fina, el que era «el bueno», que cancelaste el jueves después de la verbena.
La reestructuración de la cartera. Las Vocales entrando de una en una a comprar termómetros.
Todas calladas tres semanas. Todas. —Me oí subir la voz y no pude pararlo—.
Mamá, ¿tú me pusiste al chico del semáforo a propósito?
—Yo…
—¿Me pusiste candidatos malos a propósito?
—Yo lo que hice fue quitar piedras del camino.
Y se hizo un silencio en aquel pasillo que no se me va a olvidar en la vida, con la nevera zumbando y el salón entero cantando al otro lado del pladur.
—¿Que quitaste piedras?
—Lola, escúchame.
—¿Y la lubina?
—¿Qué lubina?
—La lubina, mamá. La del papel de su abuela. El día que me mandaste con el bizcocho. —Yo estaba diciendo cosas que no tenían sentido y las decía igual—. ¿Eso también? ¿La cocina? ¿Los platos que no hacían juego?
—Yo del pescado no sé nada.
—¿Y el mercado?
—El mercado no.
—¿El catorce de abril, mamá?
—El mercado no, Lola. Te lo juro.
—¡¿Cómo quieres que te crea?!
Aquello lo grité. En un pasillo de servicio, a mi madre, el día de la boda de mi prima, con la corbata de un hombre a un metro y medio y una bandeja de tartaletas al fondo.
Y mi madre, que en sesenta y un años no ha perdido una discusión, no dijo nada.
Se quedó ahí, con el bolso, con los zapatos que le hacen daño, mirándome.
Y eso fue lo que me terminó de romper: que no se defendiera.
Porque si me hubiera contestado, si me hubiera dicho «pues sí, y menos mal», si me hubiera sacado a la tía Chelo o el chalé de Rivas o cualquier cosa, yo me habría enfadado y se me habría pasado, que es lo que llevamos treinta y dos años haciendo.
Pero se quedó callada. Y una madre que se calla es una madre que sabe que ha hecho algo.
Me giré hacia Martín.
Y Martín ya se estaba yendo.
No dio un portazo. No dijo nada feo. Se separó del carro de las tartas, dijo «lo siento mucho» mirando al suelo, hacia ninguna de las dos, y salió por la puerta del fondo, la del aparcamiento, y la puerta se quedó abierta y entró aire caliente y luz de las siete de la tarde.
Yo no fui detrás.
Todavía no sé por qué. Llevo un año pensándolo.
Creo que fue porque en aquel momento yo no sabía qué le iba a decir, y porque llevo toda la vida sin decir nada en el momento exacto, y porque una parte de mí, la parte que dobla los trapos que otros dejan mal doblados, pensó que aquello se arreglaba solo.
Nos quedamos las dos en el pasillo.
Y entonces se abrió la puerta del salón y apareció mi prima Vane.
Con el vestido enorme, ocupando el hueco entero, con la copa intacta en la mano y el pelo ya un poco caído por el calor y por las cinco horas.
Nos miró a las dos.
—¿Alguien se acuerda de que es mi boda?
Nadie contestó.
Vane se quedó unos segundos en la puerta. Después se dio la vuelta, con toda aquella tela girando en un pasillo de gres, y volvió a entrar en el salón, donde la estaban esperando ciento noventa personas.
Aquella noche, a las once y cuarenta, Martín llamó a la inmobiliaria y dejó un mensaje en el contestador.
Pedía fecha para la firma. Cuanto antes.