32. La boda (I) el 27
Capítulo treinta y dos
M i prima Vane se casó el primer sábado de septiembre en la parroquia del Sagrado Corazón, a las doce y media, con treinta y cinco grados y ciento noventa invitados.
Yo iba sin pamela y con el pelo suelto, que era exactamente lo que había dicho mi madre.
Y a las doce y diez, cuando estábamos en la puerta esperando, apareció mi madre.
Con don Ramón.
Traje gris marengo, camisa blanca, corbata. Recién afeitado. Le abrió la puerta del taxi a mi madre y le dio la mano para salir, y luego se puso a su izquierda y ahí se quedó.
—Mamá.
—Qué guapa vas.
—Mamá.
—Es que a Merche le sobraba un sitio.
—A Merche le sobraba un sitio.
—Y este hombre estaba solo un sábado.
—Ya.
—Y tiene traje. —Se ajustó el bolso—. Un hombre que tiene traje y no lo usa da mucha pena, Lola.
Y entró en la iglesia.
Y quiero dejar constancia de lo siguiente: mi madre había pasado dos semanas interpretando el papel de mujer sorprendida y comprensiva por que su hija llevara «un amigo», y luego se plantó en la parroquia del Sagrado Corazón con un viudo de sesenta y seis años sin avisar a nadie, exactamente igual que yo, y con menos explicaciones.
Somos la misma persona con veintinueve años de diferencia. Eso lo he sabido siempre, pero aquel sábado lo vi en un atrio.
Martín llegó a las doce y veinte, con la corbata azul marino y el nudo apretado, y se sentó a mi lado en el sexto banco.
Se casaron. Salieron. Arroz.
El cóctel fue en un chalé de restauración a las afueras, con jardín, y duró una hora y cuarenta minutos, que es lo que tarda una familia española en decidir quién es un desconocido.
Yo lo presenté once veces. Once.
Las cuatro primeras dije «un amigo».
Las tres siguientes dije «Martín».
Las tres siguientes no dije nada, porque ya no hacía falta: llegaba la tía de turno, nos miraba a los dos, le daba dos besos a él directamente y le preguntaba si era de aquí.
Y la número once fue mi tía Rosario, la de la cámara tapada, que le cogió del brazo, se lo llevó dos metros y le preguntó a qué se dedicaba, cuántos hermanos tenía y si le gustaban los niños, todo seguido, en veintidós segundos, y luego volvió, me miró y me dijo:
—Este es bueno.
Y se fue a por otro canapé.
Jorge apareció a las dos menos cuarto con una camisa rosa y un chico alto detrás.
—No me lo puedo creer.
—Yo tampoco. —Nos dimos dos besos—. Este es Iván. Iván, esta es Lola, la de las libretas.
—Ah, la de las libretas.
—¿Y tú qué haces aquí?
—Trabajo con el novio. —Se rio—. Llevo tres años oyendo hablar de una prima farmacéutica y nunca até cabos.
Le presenté a Martín. Se dieron la mano. Jorge me miró a mí, luego a él, luego a mí otra vez, y no dijo absolutamente nada, y por eso Jorge es Jorge.
Y a los cuatro minutos, cuando ellos dos se pusieron a hablar de si merece la pena cambiar las ventanas de un piso de los sesenta, Jorge se acercó y me dijo al oído:
—¿Este es el de la lista?
—Este no está en la lista.
—Ya. —Cogió una croqueta—. Eso también lo decía yo.
Andrés estaba en la barra.
Con traje azul, muy tranquilo, hablando con un señor mayor. Lo vi de espaldas y lo reconocí por la nuca, que es una cosa que no le he contado nunca a nadie.
—¿Andrés?
Se giró.
—Hombre.
—¿Tú qué haces aquí?
—Soy primo del novio.
Yo me quedé con la copa a medio camino.
—¿Cómo que primo del novio?
—Primo segundo. Nuestras madres son primas hermanas. —Se lo estaba pasando bien, se le veía—. Vengo desde marzo oyendo lo de esta boda.
—Andrés.
—Dime.
—Cuando mi madre te puso en la lista, ¿tú sabías que ibas a venir a esta boda?
—Yo no. —Bebió—. Tu madre, sí.
—¿Perdona?
—Tu madre lo sabía perfectamente, Lola. Fue lo primero que me dijo la señora que me llamó. Me dijo: «y además os vais a ver en la boda de la sobrina en septiembre, así que ya sin presiones».
Yo me quedé mirando el jardín.
—¿Y eso qué significa?
—Que tu madre pensaba a seis meses vista. —Se encogió de hombros—. A mí me pareció una profesional.
Después me presentó a su acompañante, que era su madre, porque a Andrés le tocaba llevar a su madre, y su madre me dio dos besos y me dijo que ya había oído hablar de mí.
Y cuando me iba, Andrés dijo, sin ningún drama y sin bajar la voz:
—Oye. Me alegro.
—Yo no he dicho nada.
—Ya lo sé. —Levantó la copa un centímetro—. Cuando yo te dije lo del cupo, en junio, no sabía si te ibas a enterar. Me alegro de que te hayas enterado.
El banquete empezó a las tres y diez.
Mesa ocho. Los sanos.
Vane no había mentido: la mesa ocho era una obra de ingeniería.
Éramos diez, no había ni una sola persona enemistada con otra, y estaba compuesta por Jorge e Iván, dos compañeras de trabajo de Vane, un matrimonio joven con un bebé, Martín y yo, y un chico del pueblo del novio que se llamaba Aitor y que no habló hasta el postre y que a partir del postre no paró.
Mi madre estaba en la cuatro, con don Ramón a su izquierda.
Pepita estaba en la tres, que es la mesa de las amigas de mi tía Merche, porque Pepita es la madrina de Vane desde 1994.
Y Maruchi estaba en la siete, con el móvil.
De la comida diré poco: entrantes al centro, dos platos y sorbete, que en mi familia es la unidad mínima de respeto.
La abuela del novio se perdió dos veces, una hacia los baños y otra hacia el aparcamiento, y las dos veces la encontró el mismo camarero, que a la segunda ya la trajo del brazo con una naturalidad conmovedora.
Y a las cinco y cuarto empezó la barra libre.
Lo que pasó entre las cinco y cuarto y las siete y media fue lo que pasa en todas las bodas de este país, así que lo resumo.
La orquesta abrió con lo que abren todas. Salieron a bailar los novios, y luego los padres, y luego, en un movimiento simultáneo que no organiza nadie, veintitantas mujeres de entre cincuenta y ochenta años, que son las que sostienen la pista de baile española.
Fina no estaba, porque Fina no estaba invitada al banquete, pero Pepita bailó por las dos.
Mi tío Paco explicó el sistema de recogidas a cuatro personas distintas.
Mi madre bailó tres piezas con don Ramón y una con mi tío Paco, y cada vez que volvía a la mesa se sentaba muy recta y se colocaba la servilleta en el regazo como si volviera del baño.
Martín bailó conmigo. Fatal, con la misma dignidad administrativa de siempre, y en un momento dado dijo «esto no me lo enseñaron el dieciséis de julio» y yo me reí, y en aquel momento me pareció una broma.
Aitor, el del pueblo, resultó ser cuñado de la del quiosco.
Y a las siete y media, la mesa ocho estaba en la fase de la boda en la que se juntan las sillas y se cuentan cosas.
A las siete y cuarenta pasó lo de Pepita.
Pepita tiene setenta y tres años, canta la segunda voz en el coro y aquella tarde llevaba encima dos copas de vino blanco, una de tinto, media de cava y un carajillo, lo cual, para una mujer de cuarenta y ocho kilos, es un acontecimiento farmacológico.
Estaba feliz. Quiero que quede muy claro que estaba feliz.
Se levantó de la mesa tres y vino a la nuestra a saludar, apoyándose en el respaldo de mi silla, con la copa en la mano y la cara de una mujer que ha visto casarse a su ahijada.
—Ay, mi niña.
—Hola, Pepita.
—Qué guapa estás. —Me cogió la cara con la mano libre—. Qué guapa está esta niña, ¿verdad?
—Guapísima —dijo Jorge.
—Y tú. —Se giró hacia Martín—. Tú también estás muy guapo, hijo. Con la corbata.
—Gracias.
—Yo conocí a tu abuela.
—Ya me lo han dicho hoy tres personas.
—Cuarenta años en esa tienda. —Pepita se apoyó mejor—. Cuarenta años. Y hablaba de ti todo el rato, ¿eh? Todo el rato. «Mi Martín, que está fuera». Nos tenía hartas.
Y entonces Pepita levantó la copa.
No para brindar con nosotros. Para brindar con el aire, hacia arriba, hacia el techo del salón, con esa alegría enorme y desordenada de las señoras que han querido mucho a alguien que ya no está.
Y dijo, en voz muy alta, por encima de la orquesta:
—¡EL VEINTISIETE!
Se volvieron tres mesas.
—¡Al final la pobre Maruja se salió con la suya!
Y se rio. Se rio ella sola, encantada, con la copa en alto.
En la mesa ocho no se movió nadie.
Yo tenía la mano en el mantel, al lado de un platito de tarta que no me había comido, y no la moví. Jorge dejó de hablar en mitad de una frase. Iván, que no sabía nada de nada, miró a Jorge. El matrimonio joven siguió con el bebé.
Y a mi derecha, Martín dejó la copa en la mesa muy despacio, sin que hiciera ruido, que es lo que hace un hombre que trabaja con las manos.
—¿Qué veintisiete? —dijo.
Y yo, que no creo en las señales, vi venir el tren.