La madre que me parió 29. Teatro en tres funciones
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29. Teatro en tres funciones

Capítulo veintinueve

Teatro en tres funciones

E l martes primero de septiembre, mi madre entró en la farmacia con una hoja y un boli.

—Que te falta la última.

—¿La última qué?

—La encuesta del diez.

Yo me había ido de aquella terraza dejando veinte euros encima de la mesa y no había vuelto a pensar en Pol ni un minuto. Mi madre, en cambio, llevaba una hoja doblada en el bolso desde hacía dos semanas.

—Mamá, el pacto está cumplido.

—El pacto está cumplido cuando estén los diez papeles.

—Eso no lo pone en el folio.

—Lo pone en el espíritu del folio.

Puso la hoja encima del mostrador. Puso el boli al lado, en paralelo, como se ponen los cubiertos.

Y se quedó.

Ahí. De pie. Al otro lado del mostrador, con el bolso en el antebrazo, mirándome.

—¿La tengo que hacer ahora?

—Si la haces ahora, ya está.

Y aquí empezó la función.

Voy a contar lo que hice, porque todavía me da vergüenza y porque es exactamente lo que hace la gente cuando cree que engaña a alguien.

Rellené las diez primeras deprisa y con datos verdaderos, que es la mejor manera de mentir: puntualidad, puntual; pagó, a medias y con veinte euros míos; ex, ninguna; camarero, le hizo firmar una cesión de imagen. Todo cierto. Todo comprobable. Todo escrito con letra normal, ni deprisa ni despacio.

En la nueve, la de si se parece a la foto, escribí «bastante», que es una palabra que no significa nada y que por eso la usa todo el mundo.

En la diez escribí «no».

Y en la once puse un cuatro.

Un cuatro es el número más aburrido que hay. Un tres es una queja. Un cinco es una duda. Un cuatro es una mujer a la que le da todo un poco igual, que era exactamente la mujer que yo necesitaba ser encima de aquel papel.

Levanté la hoja y se la di.

Mi madre se puso las gafas.

Y la leyó entera, delante de mí, en el mostrador de mi farmacia, sin decir una palabra.

Once líneas se leen en cuarenta segundos. Mi madre tardó dos minutos largos. Y no los tardó porque lea despacio, que lee deprisa: los tardó porque leyó por líneas, de arriba abajo, y en dos de ellas se paró.

Se paró en la nueve. La de si se parece a la foto. La del «bastante».

Y se paró en la diez.

Yo, mientras tanto, hice lo que se hace: coloqué. Puse en su sitio el expositor de los caramelos, que estaba en su sitio. Miré la pantalla del ordenador, que estaba en el salvapantallas. Le di la vuelta a un cartel de una promoción de agosto que había que quitar.

—Muy bien —dijo.

—¿Ya está?

—Ya está.

—¿No dices nada?

—¿Qué voy a decir, hija?

—No sé. Algo dirás.

—Que has ido a diez cenas y has vuelto de las diez. —Se quitó las gafas—. Yo lo que quería era que fueras.

La dobló en cuatro. La guardó en el bolso, en el compartimento de la cremallera, que es donde guarda el DNI.

Y me miró un segundo antes de irse, con las gafas en la mano, y no dijo nada.

Yo me quedé detrás del mostrador con el cartel de la promoción de agosto en las manos.

Y a los diez minutos entró la del tercero.

—Hija, ¿tú tienes de esas cremas para las manos que se estropean con el disolvente?

—¿Tú trabajas con disolvente?

—Yo no. —Se apoyó en el mostrador—. Digo en general.

Le di una crema de manos.

—Es que a mí el otro día me pareció verte por la calle de atrás.

—Yo paso por la calle de atrás todos los días.

—A las once y media de la noche.

—Yo paso por la calle de atrás todos los días —repetí.

—Claro, claro. —Cogió la crema—. Es que como no se puede preguntar.

Y ahí se me quedó parada media hora, y ya no se me quitó en tres semanas.

Porque una cosa es que las cinco Vocales dejen de preguntar a la vez, que ya es raro.

Y otra es que la del tercero , que no es Vocal, que no va a esa parroquia y que en su vida ha respetado el silencio de nadie, entre en mi farmacia a las once y veinte de la mañana y me diga, con la crema en la mano, que como no se puede preguntar.

A alguien se lo habían prohibido a ella también.

Y a mí no se me ocurrió pensar quién.

Yo me quedé detrás del mostrador con el cartel de la promoción de agosto todavía en las manos.

Y tardé unas dos horas en darme cuenta de una cosa que ahora me parece evidente y que aquel martes no vi: que yo acababa de mentirle a mi madre por segunda vez por escrito, con premeditación, poniendo un cuatro donde no había ningún cuatro.

Y que no lo había hecho para que ella no supiera nada de Martín.

Lo había hecho para que no supiera nada de mí.

Segunda función. El jueves fui a su casa a recoger la pamela.

Esto requiere explicación. Para la boda de mi prima Vane, mi madre había decidido, sin consultarme, que yo iba a llevar una pamela.

La pamela era de la hija de Maruchi, que se casó en 2019 y que la usó una vez.

Mi madre la había conseguido en junio, la tenía en su armario dentro de una funda, y aquel jueves me tocaba ir a probármela.

Llegué a las siete y cuarto.

Estaban las cinco.

Merienda. Café, pastas de la confitería de la calle Sierra y una fuente de croissants pequeños. Cinco señoras alrededor de la mesa camilla de mi madre, todas sentadas, todas con la taza en la mano.

Y todas callándose a la vez cuando yo abrí la puerta con mi llave.

No se callaron de golpe, que eso lo hace cualquiera.

Se callaron por fases, escalonadamente, en un movimiento coordinado que solo se consigue con años de trabajo: Loli paró en mitad de una frase, Maruchi la remató por ella con un final que no encajaba, Pepita se rio de algo que no tenía gracia y Fina, que estaba de espaldas, se giró entera en la silla con una lentitud de puerta de garaje.

—¡Anda, la niña!

—Hola.

—Siéntate, hija, que hay café.

Me senté.

Y durante veinticinco minutos, cinco mujeres que llevan tres años sabiendo qué cené yo cada viernes hablaron delante de mí de los siguientes asuntos: el tiempo, que estaba raro para septiembre; la obra del portal de Fina, que llevaba once semanas; el precio de la merluza; una prima de Maruchi que se ha ido a vivir a Torrevieja; y la duración del catering de la boda de la sobrina de Fina, con especial atención al desplazamiento de la familia de Zamora.

Yo no había asistido nunca a una conversación tan bien preparada.

Cada tema llevaba a otro sin huecos. Nadie preguntó nada personal.

Nadie mencionó una cena, un candidato, una libreta ni un chico.

Cuando Loli, en un descuido, dijo «pues el otro día por la calle vi a», Maruchi le puso la mano en el brazo y le preguntó si quería más café, y Loli dijo que sí, y ya no vio a nadie por la calle.

Lo de la merluza duró nueve minutos.

Nueve. Fina había pagado veintiocho euros el kilo en la pescadería del centro comercial y aquello se analizó desde todos los ángulos posibles: el precio de la del mercado, el precio de la de antes, la diferencia entre la de pincho y la del arrastre, si Encarni cobra más o menos y por qué cobra lo que cobra, y una digresión sobre la merluza congelada que llevó a Pepita a contar cómo se descongelaba el pescado en su casa en 1974.

Y en los nueve minutos, ni una sola vez levantó nadie la vista hacia mí.

Después vino la obra del portal de Fina.

Y después el silencio.

En una merienda normal de cinco señoras no hay silencios: hay dos conversaciones simultáneas y alguien gritando desde la cocina. Aquella tarde hubo tres silencios de cuatro o cinco segundos, con las cinco tazas en el aire.

En el primero se oyó el reloj del pasillo, que es un reloj que yo no había oído en mi vida.

En el segundo, Maruchi cogió una pasta que no quería y se la comió entera.

Y en el tercero, que fue el más largo, Loli dijo:

—Qué a gusto se está.

Y las cuatro dijeron que sí, que qué a gusto se estaba.

A los veinticinco minutos, mi madre se levantó a por la cafetera y sirvió a las cinco, y mientras me servía a mí dijo, con la cafetera en la mano:

—Qué tranquilidad, hija.

—¿El qué.

—Ahora, que ya no buscas. Se te ve hasta mejor cutis.

Levantó la cafetera y la puso en el salvamanteles.

—El amor propio, que hidrata.

Pepita se atragantó.

Se atragantó de verdad, con el café, y tosió cuatro veces, y Fina le dio en la espalda con más fuerza de la necesaria, y Maruchi dijo «respira, Pepita», y Loli, que estaba enfrente, dijo:

—Es que se ha ido por el otro lado.

Y todas dijeron que sí, que se le había ido por el otro lado, y hubo dos minutos de conversación sobre lo mal que se pasa cuando se va por el otro lado y sobre un señor de la parroquia al que le pasó una vez con un altramuz.

Me probé la pamela en el pasillo, delante del espejo del recibidor, con mi madre detrás sujetándome el pelo.

Me quedaba bien.

—Te queda bien.

—Sí.

—Suéltate el pelo el sábado.

—Ya veremos.

—Lola.

—Ya veremos, mamá.

Me fui a las ocho menos cuarto con la pamela en su funda.

Y bajé las escaleras despacio, que es un vicio que tengo desde pequeña, porque en aquella escalera se oye todo.

Estaba en el segundo, entre el segundo y el primero, cuando arrancaron.

Las cinco a la vez. No una carcajada: cinco risas contenidas soltándose al mismo tiempo detrás de una puerta, con ese ruido raro que hacen las cosas que llevan mucho rato apretadas, como una tubería vieja cuando por fin abres el grifo.

Duró unos ocho segundos.

Yo me quedé parada en el rellano del primero con la funda de la pamela en la mano.

Y pensé: se están riendo de la boda de la sobrina de Fina.

Y seguí bajando.