La madre que me parió 30. Presupuesto sin cliente
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30. Presupuesto sin cliente

Capítulo treinta

Presupuesto sin cliente

H ubo doce días buenos y los cuento en tres.

Uno. El jueves veintisiete de agosto cerré a las ocho y media, fui a la mercería, le ayudé a bajar la persiana —que bajó a la primera, sin comentarios— y cenamos a las once y veinte en la cocina de arriba, sentados, con dos platos que no hacían juego.

Cenamos huevos fritos con patatas. Los hizo él. Le salieron bien.

—Esto sí lo sabes hacer.

—Esto es lo único que sé hacer.

—¿Y por qué no lo hacías en abril?

—Porque en abril yo tenía que aprender a hacer una lubina.

—¿Por qué?

—Porque estaba en el papel.

Y ahí lo dejamos, porque a las once y veinte de la noche uno no se pone a preguntarle a un hombre por qué se ha pasado cinco meses intentando cocinar una receta que no le sale, cuando la respuesta es evidente y no tiene ninguna gracia.

Y a la una de la mañana descubrimos el problema del sofá.

El sofá de Maruja Otero es un tresillo de los de antes, de terciopelo verde botella, con el asiento hundido en el lado derecho por cuarenta años de una sola persona sentándose en el mismo sitio. El lado izquierdo está intacto, duro y recto como el día que llegó. El derecho es un nido.

Nos sentamos. Yo me senté en el derecho.

—Ese es el mío.

—Yo he llegado antes.

—Ese es el mío desde 1994.

—Tú en 1994 tenías ocho años.

—Ese es el mío desde 1994 —repitió, con la seriedad de un hombre que defiende una escritura—. En esa casa yo veía la tele ahí los veranos, y mi abuela se sentaba en la butaca porque decía que el sofá le hundía la espalda.

—Entonces no es tuyo. Es de tu abuela y ella no lo usaba.

—Es mío por uso continuado.

—Eso no existe.

—Eso existe y se llama usucapión, lo he mirado.

—¿Has mirado la usucapión de un sofá?

—He mirado la usucapión de muchas cosas este verano.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo de un local en el que no vivo desde hace nueve años.

—¿Y qué has averiguado?

—Que la usucapión la gana el que se queda. —Se sentó en el lado izquierdo, que está durísimo, con la espalda recta—. Que es una manera muy cara de decir una obviedad.

Me levanté y me senté en el izquierdo, para probar, y a los cuatro minutos me dolía la espalda y a los seis me pasé otra vez al derecho, y él ya no dijo nada, y a partir de aquella noche el lado derecho fue mío y nunca lo discutimos y nunca dijimos que no lo estábamos discutiendo.

Dos. El lunes treinta y uno, a las diez y veinte de la mañana, Martín se quedó veinte minutos en la farmacia mirándome trabajar.

No compró nada. Eso, después de cinco meses, era lo verdaderamente escandaloso.

Y lo verdaderamente escandaloso lo notó todo el mundo menos nosotros.

Entró Charo a por lo de la tele, vio a un hombre apoyado en el expositor de las cremas solares sin comprar nada, y en vez de mirarle —que es lo que hace Charo con cualquier cosa que se mueva— se puso a mirar el techo .

Charo estuvo cuarenta segundos mirando un techo de escayola que lleva viendo desde 1987.

Detrás entró el chico de la frutería con un encargo y le dijo «buenas» a Martín, con nombre y todo: «buenas, Martín». Y se puso colorado hasta las orejas, cogió lo suyo y se fue sin cobrar.

Y a las diez y media, la señora del lunar, que no ha respetado una intimidad ajena en su vida, salió de aquella farmacia andando de espaldas hasta la puerta.

De espaldas.

Este barrio no sabe disimular. Lo que sabe hacer es disimular tan mal, y tantos a la vez, que durante unas semanas parece un pacto.

Se apoyó en el expositor de las cremas solares y estuvo veinte minutos viendo entrar y salir gente.

Vio a Charo pedir lo de la tele. Vio a un padre con un niño con fiebre, y me vio arrodillarme para mirarle la garganta al niño con la linterna del móvil y decirle al padre que eso era vírico y que si el lunes seguía igual, al pediatra.

Vio a una chica que compró una prueba de embarazo y a la que despaché en cuarenta segundos, sin mirarla a la cara, porque hay gente que necesita salir de aquí rápido y eso también es parte del oficio.

Vio a don Ramón, que llegó a las diez y cuarto, preguntó si venía mi madre y se fue a las diez y veintiséis.

Cuando se quedó vacío, dijo:

—Tú no vendes medicinas.

—Yo vendo medicinas.

—Tú vendes medicinas seis o siete veces al día. El resto del tiempo estás haciendo otra cosa.

—¿El qué?

—No lo sé. Pero es lo mismo que hacía mi abuela.

—Tu abuela vendía botones.

—Mi abuela vendía botones catorce veces al día. —Se apartó del expositor—. Y estaba nueve horas ahí de pie. Yo de crío no entendía a qué venía tanta gente si nadie compraba nada.

—¿Y ahora?

—Ahora tampoco lo entiendo. Pero lo he visto.

Tres. El domingo seis de septiembre, que era el día antes de la boda, nos quedamos dormidos.

Los dos. A las cinco de la tarde, en el sofá verde, cada uno en su lado por derecho consuetudinario, con el ventilador puesto y la ventana abierta al patio de manzana, y nos despertamos a las siete y cuarto porque una vecina puso una lavadora.

Me desperté yo antes. Tres o cuatro minutos antes.

Y estuve esos tres o cuatro minutos sin moverme, mirando el techo de la casa de una señora muerta, oyendo cuatro televisiones distintas por el patio y a un hombre respirando a mi izquierda, y pensando —esto lo pensé con estas palabras exactas, que es lo que hace que me acuerde— que en aquel momento no me hacía falta absolutamente nada.

Yo no he dormido una siesta con nadie desde 2019.

Y por debajo de los doce días estaba el otro asunto, que ninguno de los dos tocaba y que sonaba todo el rato, como el reloj del pasillo de mi madre.

La inmobiliaria llamó dos veces.

La primera, el veintiocho. Estábamos en la tienda y el móvil estaba encima del mostrador, y sonó, y en la pantalla puso un nombre de empresa, y él lo miró y lo dejó sonar hasta que paró.

Nueve tonos. Los conté sin querer, como cuento las cosas.

—¿No lo coges?

—Luego.

—¿Luego cuándo?

—Luego. —Cogió una cinta métrica de la mesa y la enrolló entera, muy despacio, aunque estaba enrollada—. Es que si lo cojo ahora, hablo yo. Y si hablo yo a estas horas, digo que sí.

—¿A qué?

—A lo que me pregunten.

La segunda fue el dos de septiembre, y esa sí la cogió, y salió a la acera a hablar, y yo me quedé dentro colocando cosas que no había que colocar.

Le vi por el escaparate. Hablaba con la mano en la nuca y la vista en el suelo, dando dos pasos hacia la esquina y dos de vuelta, y en algún momento se paró y estuvo cuarenta segundos escuchando sin decir nada.

Volvió a los cuatro minutos.

—Quieren fecha.

—¿Fecha de qué?

—De firma. Dicen que el interesado se pone nervioso.

—¿Y qué les has dicho?

—Que la madera tiene que estabilizar.

Yo me quedé con una caja de cintas en la mano.

—Martín.

—¿Qué.

—Eso no significa nada.

—Significa muchísimo. —Cogió el trapo del mostrador y se puso a doblarlo, muy bien doblado, en cuatro—.

Una madera que ha estado cuarenta años en un sitio y la mueves, se mueve.

Se abre, se cierra, coge la humedad nueva.

Si tú la trabajas y la cierras el primer mes, a los dos años te salta la junta.

Hay que dejarla en el sitio nuevo un tiempo sin tocarla.

—¿Y eso se lo has dicho a la inmobiliaria?

—Se lo he dicho a la inmobiliaria.

—¿Y qué han contestado?

—Que ellos lo que venden es el local.

Dobló el trapo otra vez, que ya estaba doblado.

—Y tienen razón —dijo—. Eso es lo que jode.

Y cuatro, que no fue bueno. El miércoles dos de septiembre, después de lo de la inmobiliaria, tuvimos la única bronca de aquellos doce días.

La empecé yo y la empecé bien, que es lo peor.

Él había vuelto de la acera con lo de la fecha de firma, y yo me quedé con la caja de cintas en la mano cuatro segundos, y a los cuatro segundos ya lo tenía todo montado.

—Vale. Escúchame. Lo primero es que no les des una fecha por teléfono, eso nunca.

Lo segundo, que les pidas por escrito hasta cuándo aguanta la oferta, porque si te la pueden retirar mañana, tú no estás negociando, estás esperando.

Y lo tercero es que te sientes con un gestor.

Yo tengo uno bueno, el que me lleva la farmacia, un señor de Puente de Vallecas de toda la vida, y en cuarenta minutos te dice si eso te sale a cuenta o no.

Seguí un rato más. Le hablé de los plazos. Le hablé de una cosa del impuesto de transmisiones que había mirado el domingo por la noche en el móvil, en la cama, sin decírselo.

Y a la mitad de aquello, Martín dejó el trapo encima del mostrador.

—Lola.

—Espera, que lo del gestor es importante.

—Lola.

—¿Qué.

—Que no te he pedido nada.

Lo dijo sin levantar la voz, que es como dice él todo.

—Te estoy ayudando.

—Ya lo sé. —Se apoyó en el mostrador—. Pero no te lo he pedido.

—Perdona por preocuparme.

—No es preocuparte. —Se lo pensó, y se lo pensó de verdad, que es lo que hace este hombre con las preguntas de cortesía y con las que no lo son—. Es que lo haces siempre. Y lo haces con todo el mundo.

—Eso no es verdad.

—El primer día que entré aquí yo venía a decirte una cosa y no me salió, y tú me diste una taxonomía de tiritas.

La segunda vez me diste una recomendación sobre guantes que yo no había pedido.

Cuando traje lo de mi abuela me explicaste a dónde va, quién lo paga y qué se separa.

Y no te estoy reprochando nada de eso, porque en aquel momento me vino bien.

—Pues ya está.

—No, no está. —Cogió el trapo otra vez y lo volvió a dejar—. Porque el día del SIGRE tú hiciste otra cosa. Levantaste la tapa y diste dos pasos atrás.

Yo no dije nada.

—Y eso fue lo mejor que ha hecho nadie por mí este año. Y no lo has vuelto a hacer.

—O sea que ahora resulta que ayudar es malo.

—No he dicho eso.

—Lo has dicho perfectamente.

—He dicho que cuando tú resuelves, tú te vas.

Y ahí me callé, pero no del modo en que me callo cuando pierdo con mi madre.

Me callé de otra manera, más fea, con las orejas calientes y una respuesta preparada que era: pues no sé quién te ha vaciado el piso, ni quién te ha dado de cenar, ni quién ha estado hora y media sentada en tu suelo contando botones .

La tuve entera en la boca durante unos tres segundos.

No la dije, y no la dije por un motivo muy concreto, que es que sabía dónde había aprendido yo a hacer eso.

Mi padre lo llamaba «despachar de más». Le salía peor a él que a mí.

Entraba una señora a que le miraran un brazo y salía con el prospecto entero, dos consejos y un teléfono.

Y aquella señora se iba muy agradecida y con el brazo igual, y lo que no se llevaba nunca era la conversación que había venido a tener.

Se lo he visto hacer mil veces. En catorce años no le pregunté ni una sola vez por qué lo hacía.

—Vale —dije.

—Lola…

—No, vale de verdad. —Dejé la caja de cintas encima del mostrador—. Tienes razón.

Martín se quedó quieto, porque no se lo esperaba, y yo tampoco.

—¿Y entonces qué quieres que haga?

—Nada.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo hoy —dijo, y me la devolvió tal cual, con la mía de junio, y no se rio y yo tampoco.

Yo he despachado veinte mil veces en catorce años y no había hecho nunca la pregunta que hice después, que es la más barata del mundo y la que más me costó.

—¿Y tú qué necesitas?

—Que te sientes ahí y no arregles nada.

Me senté en la silla de las clientas, la que hay en todas las mercerías porque las clientas se sientan.

Y estuve veinte minutos sin arreglar nada, que es la cosa más difícil que he hecho en mi vida adulta, y él estuvo veinte minutos encerando un tablero y hablando de una carcoma inactiva del año sesenta.

Ese es el montaje. Doce días buenos y una tarde mala.

Los aplazamientos duraron, contados desde abril, cinco meses.

Y todos eran verdad. Eso es lo que a mí me tenía en un sitio raro: todos eran verdad.

La lubina estaba mustia de verdad, la persiana no bajaba de verdad, el tirador de la cómoda no aparecía de verdad y la madera, efectivamente, tiene que estabilizar.

Yo hago lo mismo, para que conste.

Yo llevo tres años sin cambiar el rótulo de la farmacia, que se le cayó una letra en 2016 y la pegó mi padre con silicona, y esa letra está mal pegada y se nota de cerca.

Y cuando alguien me dice que hay que cambiarlo, yo digo que el metacrilato ahora es carísimo, que hay que pedir licencia al Ayuntamiento y que el de al lado tardó cuatro meses. Y las tres cosas son verdad.

Un hombre puede pasarse la vida entera diciendo verdades para no decir una.

Una mujer también.

El domingo por la tarde, después de la siesta, bajamos a la tienda a por algo y él encendió la luz de delante y se quedó mirando la cómoda, que llevaba dos semanas terminada, con la pata injertada de otro color y los dos cercos de vaso en el tablero.

—¿Y cuándo estabiliza? —dije.

Y no contestó.

Se acercó, le puso la mano encima, plana, y la fue pasando por el tablero de un lado a otro, muy despacio, como se le pone la mano en la frente a alguien para saber si tiene fiebre.