La madre que me parió 28. No se ha visto nada
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28. No se ha visto nada

Capítulo veintiocho

No se ha visto nada

L o decidimos el viernes, en su cocina, y lo decidimos mal.

—Por ahora no digamos nada.

—Vale.

—A nadie.

—A nadie.

—Un mes.

—Un mes.

Ninguno de los dos preguntó por qué, que es lo que pasa cuando los dos tienen motivos distintos y ninguno quiere decir el suyo.

El mío era este.

Si yo le decía a mi madre que estaba con Martín Otero, iban a pasar dos cosas a la vez y las dos me daban pánico.

La primera es que aquello dejaba de ser nuestro.

Mi madre no es una mujer que se entere de las cosas: mi madre es una mujer que las adopta.

En cuarenta y ocho horas habría una ficha.

Habría una ficha con foto, y una nota al margen de Fina, y una puntuación sobre diez, y en algún momento del mes de septiembre yo iba a tener que oír a mi madre decirle a Pepita, en la cola del pan, que su hija se había echado novio y que era un chico estupendo con local en propiedad.

Y yo no quería eso. Yo no quería que aquel hombre entrara en el sistema.

Y la segunda es peor y es la que me costó admitir.

Mi madre lleva tres años diciendo que hay que dejarse ver, que hay que salir, que las cosas pasan cuando una se pone en el sitio.

Mi madre lleva tres años, en definitiva, teniendo razón, y yo llevo tres años diciéndole que no, que eso no funciona así, que el amor no se organiza.

Y resulta que había conocido a un hombre en una pescadería el mismo día que firmé un pacto con ella para conocer hombres.

Si yo se lo contaba, mi madre ganaba.

Aquello iba a ser, en su casa y en la mía y en la cola del pan, la prueba de que ella siempre había tenido razón. Y yo no estaba dispuesta a entregarle esa prueba en agosto.

Así que no dijimos nada.

Y en los diecinueve días siguientes nos convertimos, sin haberlo pretendido, en el espectáculo más seguido del barrio.

Lunes. Establecimos el protocolo de la calle de atrás. Él subiría a mi casa por la calle de atrás y por el portal de al lado, cruzando por el patio de manzana, y bajaría por la calle de delante. Esto lo diseñamos en veinte minutos con un papel encima de la mesa, como dos ingenieros.

Martes. Se cruzó con la del tercero en el patio de manzana.

Miércoles. Establecimos que él no vendría a la farmacia por las mañanas.

Jueves. Vino a la farmacia por las mañanas, porque necesitaba unas gasas de verdad, porque se había cortado de verdad con un formón, y yo le curé la mano en el mostrador delante de Charo, de la del tercero y de una señora de Pozuelo que venía a por un colirio, y le puse una tirita.

De dedo.

Nadie dijo nada. La señora de Pozuelo se fue con el colirio sin enterarse de nada, que fue la única persona en toda aquella farmacia que se comportó de una manera estadísticamente normal.

Viernes. Susi descifró el lenguaje de señas.

Habíamos desarrollado uno, sin haberlo hablado, en tres días: si él entraba y yo tenía gente, se ponía a mirar el expositor de las cremas solares, que es el que queda más lejos del mostrador; si yo daba dos golpecitos en el cristal con el anillo, es que tardaba mucho; si yo cogía el rotulador, es que ya salía.

El viernes por la tarde, Susi, sin levantar la vista de la pantalla, dijo:

—Dice que si vas al almacén.

—¿Quién?

—El de las cremas solares. Ha mirado la del factor cincuenta dos veces y la ha dejado en el sitio de la del treinta.

Sábado. El frutero.

Fuimos a comprar por separado, con un intervalo de once minutos, y a mí me dijo, sin que yo hubiera pedido nada:

—¿Le pongo lo de siempre?

—¿Lo de siempre?

—Los tomates de rama, las naranjas y el plátano suelto.

Yo compro tomates de rama y naranjas. El plátano suelto es de un hombre que come plátanos y que compra de uno en uno porque vive solo, y que llevaba once minutos fuera de aquella frutería.

—Yo no llevo plátano.

—Perdone. Me he confundido.

No se había confundido nadie.

Lunes siguiente. El chico de los recados de la panadería, que tiene diecinueve años y ninguna malicia, entró en la farmacia con dos barras y dijo, en voz alta, delante de cuatro personas:

—Que dice mi madre que si estas se las lleva usted o se las lleva él.

—¿Él quién?

—El de la mercería.

—Yo no he pedido pan.

—Ya. —Se rascó la cabeza—. Es que como ya lleváis dos semanas pidiendo lo mismo a la vez, mi madre dijo que juntáramos.

Se llevó las dos barras. Volvió a los diez minutos y me dejó una.

Miércoles. Un fallo mío, este, y gordo.

Entré en la farmacia a las nueve y media con una camisa suya. No una camisa de hombre: una camisa suya, azul, arremangada, que yo me había puesto encima de una camiseta a las siete de la mañana porque en aquel piso hace fresco de madrugada y porque estaba encima de una silla.

Susi no levantó la vista.

Charo, que entró a las diez menos veinte, tampoco abrió la boca, pero se quedó siete segundos mirándome el hombro con una concentración de aduanera y luego pidió lo de la tele con una voz un poco más aguda de lo normal.

Domingo. Las Vocales.

Y aquí es donde el asunto alcanzó su punto más alto, porque las Vocales hicieron lo peor que podían hacer, que fue portarse bien.

Durante diecinueve días, cinco señoras que llevan tres años preguntándome por cada cena, por cada candidato, por cada nombre de mi vida privada, entraron en mi farmacia, compraron lo suyo, hablaron del tiempo y se fueron.

Pepita no preguntó nada. Maruchi compró un termómetro más y no preguntó nada. Fina se llevó unas plantillas del cuarenta y dos, que ya tiene dos pares, y no preguntó nada.

Y Loli, que es la más sincera de las cinco y la que peor lo llevaba, entró un martes, se quedó mirándome desde la puerta con las dos manos en el bolso y dijo:

—Yo hoy no pregunto nada.

—Muy bien, Loli.

—Es que no puedo.

—Ya.

—Que no me dejan.

—Loli.

—Nada, hija, que vengo a por unas vendas.

No se llevó las vendas.

Cuando cinco mujeres que preguntan por sistema dejan de preguntar a la vez, eso no es discreción.

Eso es una operación. Y yo, que llevaba desde julio sin entender qué estaba pasando en el comité, aquella semana estuve más cerca de entenderlo que nunca y no lo entendí, porque yo tenía la cabeza en otra cosa.

Estaba contenta. Eso es lo que pasaba. Llevaba tres años sin estar contenta y no reconocí el cuadro.

Encarni. La pescadería fue el jueves siguiente. Fuimos juntos, que fue el primer error, aunque a las nueve y veinte de la mañana y con dos bolsas de tela cada uno, que fue el segundo.

Encarni nos despachó sin decir absolutamente nada. Nos pesó, nos limpió, nos envolvió. Y al darme el paquete por encima del mostrador, con las dos manos, muy despacio, dijo:

—Aquí no se ha visto nada.

—Gracias, Encarni.

—Pero se ha visto todo.

Y siguió con el veintiocho.

Don Ángel. Y el último día de agosto pasó lo de don Ángel, que es lo único de aquellas tres semanas que no me hizo ninguna gracia y que todavía me la sigue sin hacer, aunque de otra manera.

Estábamos los dos en la puerta de la mercería a las once de la noche, discutiendo en voz baja sobre si él subía a mi casa por el patio o si yo bajaba a la suya, que es una discusión que a esa hora ya no tiene ningún sentido, y se abrió la ventana del primero.

Don Ángel, en pijama de rayas, con el pelo blanco de punta.

No dijo «buenas noches». No dijo «otra vez la Bestia». No se rio.

Bajó una llave atada a un cordón, hasta la altura de nuestras cabezas, y la dejó ahí colgando.

—Del portal —dijo—. Para lo que sea.

Martín cogió la llave.

Y don Ángel, sin mirar a ninguno de los dos, se quitó las gafas, se puso a limpiarlas con el borde del pijama y cerró la ventana con la otra mano.

Yo me quedé un rato mirando la ventana cerrada.

Porque un señor de setenta y ocho años que lleva once viudo, que baja una llave con un cordón a las once de la noche y que no dice nada más, es un señor que se acuerda perfectamente de cómo era esto, y que sabe también, porque lo ha visto en este mismo barrio muchas veces, que las cosas que se hacen a escondidas acaban explicándose delante de gente.

Aquella noche, en la cama, contesté la pregunta once.

No en un papel. Mentalmente, con la numeración y todo, como se contesta un examen que uno ya sabe.

Del 1 al 10, ¿cómo de viva te sentiste?

Y no puse un número, porque la pregunta se me quedó pequeña. Aquello no era un número. Era otra cosa.

Y a las tres de la mañana, con el móvil apagado en la mesilla y a cuatro portales de la casa de mi madre, me di cuenta de que llevaba diecinueve días escondiendo lo mejor que me había pasado en siete años.

Igual que ella lleva tres años escondiendo que se le hace larga la casa los sábados.

En esta familia se quiere así. A oscuras y por el patio.