27. La Bestia se rinde
Capítulo veintisiete
La Bestia se rinde
L legué a las nueve y media con el táper de mi madre en una bolsa.
Lo llevaba lavado desde hacía dos semanas, boca abajo en el escurridor, y aquella tarde, antes de cerrar, lo había metido en una bolsa de tela y lo había dejado debajo del mostrador para no cambiar de idea.
Cerré a las ocho y media. Subí a casa. Me duché.
Me cambié tres veces, cosa que no pienso justificar, y acabé con lo mismo que llevaba puesto por la mañana.
Fregué dos platos que no había ensuciado nadie.
Y a las nueve y veinte cogí la bolsa y bajé los cuatro pisos andando, porque el ascensor de mi casa hace un ruido que se oye en todo el portal y a las nueve y veinte de la noche todo el mundo está cenando con la puerta entornada.
Fui por la calle de atrás.
Son novecientos metros y los hice en diez minutos, que para novecientos metros es despacio.
Me acuerdo de que iba pensando una frase para decir al entrar.
Me acuerdo también de que la frase era «traigo el táper», que es la frase que se me había ocurrido a las siete de la tarde y la que llevaba dos horas y media perfeccionando, y que era exactamente la misma.
La persiana estaba subida un metro. Me agaché y entré.
—Traigo el táper.
—Déjalo ahí.
La tienda estaba distinta.
Llevaba cinco meses entrando allí de vez en cuando y siempre había sido la misma tienda con más o menos cajas por el suelo.
Aquella noche ya no. Los dos maniquíes de busto estaban envueltos en sábanas y arrimados a la pared, uno junto al otro, como dos personas esperando.
El mueble largo de los cajones estaba vacío y con los tiradores de latón brillando, porque los había limpiado.
El mostrador estaba despejado del todo por primera vez desde enero, y encima solo había una lata de cera, un trapo y las llaves.
Se veía el metro de madera clavado en el borde, con el cero pulido de sesenta años de telas.
Estaba en el suelo, otra vez, con la última caja de zapatos entre las rodillas.
Alrededor no quedaba casi nada: las quince cajas estaban cerradas y apiladas contra la pared del fondo, con una etiqueta nueva pegada encima de la etiqueta vieja, escrita por él con rotulador y con una letra que no se parece en nada a la de su abuela.
—¿Has terminado?
—Me queda esta.
Me senté en el suelo, enfrente, como en junio.
Era la de «no vender». La tercera de las tres.
—¿Y esta la has descifrado?
—No.
—¿Nada?
—Nada. He estado dos meses con esto. —Volcó los botones sobre la tapa, con cuidado—. Mira: aquí hay de pasta, de nácar, dos de metal, uno forrado. Tamaños distintos. Colores distintos. No hay juego completo de ninguno. No valen para nada y no se parecen en nada.
Los miré. Tenía razón: era un revoltijo.
—A lo mejor no hay sistema.
—Hay sistema.
—A lo mejor esta caja era el cajón de sastre.
—Mi abuela tenía cajón de sastre. Está ahí y pone «varios». —Señaló la pila con la barbilla—. Esta pone «no vender». Eso es una instrucción. Alguien escribió una instrucción para alguien.
—¿Para quién?
—Para quien viniera después.
—¿Y qué has hecho?
—Los he vuelto a meter.
Cogió el botón forrado, lo miró un segundo y lo devolvió a la caja.
—He llamado a la de Tetuán —dijo.
—¿La mercería?
—La que compra restos. Vinieron el martes a ver. Estuvieron una hora. Una señora mayor y su hijo.
—¿Y?
—Y me hicieron un precio por todo. Por las quince cajas, los cuatro cajones, las cintas, el hilo, las agujas, las cremalleras y los dos maniquíes.
—¿Bueno?
—Muy bueno.
Se pasó la mano por la nuca.
—Estaba bien de verdad, no era una miseria.
La señora sabía lo que valía cada cosa y me lo iba explicando mientras miraba.
Cogía un botón, lo ponía a la luz, me decía de qué año era y por qué ya no se hacen así.
Me dijo que el nácar bueno hoy no se encuentra, que lo que venden ahora es plástico con brillo, y que si yo quería podía separar los de nácar y venderlos aparte, que me pagaba más.
—Eso es honrado.
—Eso es honradísimo. Esa señora podría haberse llevado el nácar mezclado con lo demás y yo no me habría enterado en mi vida.
—¿Y entonces?
—Entonces les dije que no.
Se quedó mirando la caja abierta encima de sus rodillas.
—Y no supe explicarles por qué. Estuve treinta segundos en la puerta buscando una razón para dársela a una señora que había venido desde Tetuán en su coche, que había estado una hora de rodillas en mi suelo y que había sido decente conmigo, y no la encontré.
Y al final le dije que lo tenía que consultar.
—¿Con quién?
—Eso me preguntó ella.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no lo sabía.
Cerró la caja. Le puso la etiqueta encima.
Y luego se levantó, y me dio la mano para levantarme a mí, y me soltó enseguida, y llevó la caja a la pila del fondo y la colocó bien, encuadrada con las otras, porque este hombre no deja nunca nada torcido.
—¿Te ayudo a cerrar?
—Si quieres.
Cerrar aquella tienda son seis cosas y las hace por orden. Apagar las luces del fondo. Comprobar el grifo del lavabo del cuartito, que gotea. Bajar el diferencial pequeño, que es el de los enchufes, y dejar subido el grande. Coger las llaves del mostrador. Apagar la luz de delante. Salir.
Se lo vi hacer y pensé, mientras lo hacía, que aquellas seis cosas las había hecho su abuela cinco mil veces y que él las había aprendido sin que nadie se las enseñara, mirando.
Yo cogí la bolsa vacía y salí a la acera. Él salió detrás, y bajó la persiana.
Y a la altura del pecho, la Bestia se paró.
Como en abril. Exactamente como en abril, con el mismo golpe seco y el mismo silencio de después, con la lama a la altura del pecho y la calle vacía y una farola.
—No me lo puedo creer.
—Espera.
—Llevaba desde mayo bajando bien. Bajaba sola. Bajaba con dos dedos.
—Que esperes. La guía izquierda.
Nos pusimos los dos.
Probamos lo de siempre, que a esas alturas era ya un procedimiento con nombre propio: subirla del todo hasta arriba, dejarla dos segundos, y bajarla de golpe. La subimos. La dejamos. La bajamos.
Se paró a la misma altura.
—Otra vez.
—Otra vez.
La subimos. La dejamos. La bajamos.
A la altura del pecho.
—Es la guía.
—Es la guía y es agosto y es esta calle —dijo él, con las manos en las caderas, mirándola de abajo arriba—. Y es que se ha enterado.
—¿De qué se ha enterado?
—De que quedan tres semanas.
Lo dijo así, deprisa, y siguió con la persiana como si no lo hubiera dicho, y a mí se me quedó una cosa en el pecho que no supe dónde poner, y no dije nada.
Yo me acuerdo de lo que vino después con una precisión que no tengo para otras cosas más importantes de mi vida.
Me acuerdo de que el metal estaba frío, que en agosto es raro.
Me acuerdo de que me puse a su derecha y agarré la lama con las dos manos, en el borde de dentro, y de que él tenía las manos a quince centímetros de las mías, y de que dijo «a la de tres» y contó hasta tres, y de que tiramos, y la persiana bajó cuatro dedos y se plantó.
Y de que en esos cuatro dedos mi mano derecha resbaló por la lama y chocó con la suya.
Y de que ninguno de los dos la apartó.
No la aparté yo, que llevo apartando la mano desde abril con la profesionalidad del mostrador. Y no la apartó él.
Nos quedamos así, los dos agachados, agarrados a la misma lama de una persiana metálica que no bajaba, con las manos juntas y la cara a un palmo, un jueves de agosto a las diez y veinte de la noche.
No había ninguna Vocal.
No estaba lloviendo.
No había una caja de medicinas encima del mostrador ni un motivo para estar allí ni nada que tirar ni ninguna excusa, y los dos lo sabíamos, y creo que fue eso lo que decidió las cosas: que por primera vez en cinco meses no había nada más que hacer.
Él soltó la persiana.
Se enderezó despacio, sin dejar de mirarme, y me puso la mano en la cara, con el pulgar en el pómulo, y esperó un segundo entero, que se me hizo largo y que después he agradecido mil veces, porque en ese segundo yo podía haber dicho que no y él me estaba dando el sitio para decirlo.
No dije nada.
Y me besó.
Me besó mucho rato, en la acera, contra la lama fría, con la calle vacía y una farola y el ruido de un aire acondicionado en algún patio. Me besó como se besa cuando llevas cinco meses comprando cosas que no necesitas.
Yo tenía la bolsa de tela colgada de la muñeca izquierda y me estuvo golpeando en el costado todo el rato y no la solté.
Y cuando nos separamos, con la mano suya todavía en mi cara y la mía todavía en su camisa, y sin que ninguno de los dos hubiera dicho una palabra, la persiana bajó sola.
Entera. De golpe. Los dos metros y medio que le quedaban, de una vez, con un estruendo de chapa que se oyó en toda la calle y que hizo que se encendiera una luz en un segundo piso.
Nos quedamos mirando la persiana.
—Llevaba desde abril —dijo Martín— esperando a que lo hiciéramos para poder jubilarse.
Echó la llave grande.