La madre que me parió 26. ¿Tiene novia ese chico?
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26. ¿Tiene novia ese chico?

Capítulo veintiséis

¿Tiene novia ese chico?

M i madre desayuna conmigo los domingos y unta la mantequilla hasta las esquinas.

Esto no es una manía: es un método. Mi madre coge la tostada, coge el cuchillo, y va extendiendo desde el centro hacia fuera con pasadas cortas, muy iguales, hasta que no queda un milímetro de pan sin cubrir, incluidos los bordes redondeados, que son los que se salta todo el mundo.

Tarda como cuarenta segundos. Y en esos cuarenta segundos no habla, no levanta la vista y no está pensando en la mantequilla.

Aquel domingo la vi coger el cuchillo y supe que venía algo.

—Ese chico de Maruja tendrá novia en Escocia, digo yo.

Aquí hay que explicar una cosa sobre mi madre, y es la técnica que sostiene toda su carrera.

Mi madre no pregunta. Mi madre afirma para que la corrijan.

Si mi madre quiere saber si te has gastado dinero, no te pregunta cuánto te ha costado: dice «eso estará tirado de precio» y espera.

Si quiere saber si has ido al médico, dice «tú de eso ya te habrás olvidado».

Es infalible, porque contestar a una pregunta es una decisión y corregir un error es un reflejo.

Yo lo sé desde los catorce años. Lo tengo estudiado. Podría dar un curso.

Y lo hice igual.

—No.

Pasada corta. Esquina de arriba.

—Bueno, no sé —dije—. No me consta.

Segunda esquina.

—Tiene una cómoda —dije.

Mi madre no se movió.

—Restaurada, digo. Que restaura muebles. Es su trabajo. Restaurar. Muebles y cosas así, sillas, aparadores. Con cera, no con barniz, porque el barniz se cuartea a los diez años y entonces hay que tirarlo, y la cera hay que darla todos los años pero se arregla siempre.

Silencio.

—¿Quieres más café?

Mi madre dejó el cuchillo en el plato.

—No, hija. Con este voy bien.

Y le dio un mordisco a la tostada, y masticó, y miró por la ventana de la cocina, que da a un patio donde no hay nada que mirar.

Yo pensé que se había acabado.

—Oye, ¿y qué van a hacer con lo de Maruja?

Segunda pasada. Esto tampoco es una pregunta: es un tema. En este barrio, el destino de un local cerrado es conversación pública desde el día del entierro, y mi madre tenía todo el derecho del mundo a sacarlo un domingo por la mañana.

—Venderlo.

—¿A quién?

—A una franquicia.

—¿De qué?

—De vapeadores.

Mi madre dejó la taza.

—¿Eso qué es? ¿Los cacharros esos de humo?

—Los cacharros esos de humo.

—Ahí. En la mercería de Maruja Otero.

—Ahí.

—Con lo que le costó a esa mujer el escaparate. —Cogió la taza otra vez—. Que lo hacía ella. Cada quince días. Con los botones puestos por colores en una tabla forrada de fieltro.

—Lo sé.

—Vosotras aprendisteis a coser mirando ese cristal.

—Lo sé, mamá.

—Y no es que estuviera bien puesto. Es que la mujer ponía los azules a la izquierda porque decía que la luz de la mañana entra por ahí.

Yo no sabía eso. Yo me lo tuve que aprender de mi madre un domingo por la mañana en una cocina, dos meses después de haberme sentado en el suelo de esa tienda a leer tapas de cajas de zapatos.

Y ahí, distraída, cometí el error.

—Ya —dije—. Es que le pagan más de lo que vale.

Silencio.

Un silencio corto, de dos segundos, que en mi casa es una eternidad. Mi madre partió la tostada por la mitad, que no la parte nunca porque le gusta entera.

—Ah, ¿sí?

Y aquí es donde una mujer con estudios superiores tiene que hacer un cálculo rápido y hacerlo bien, y yo lo hice mal, porque el cálculo era: cómo sabes tú, Lola, cuánto le pagan a un hombre por un local, y la respuesta buena es que lo sabe todo el barrio, porque en este barrio se sabe lo que paga cada uno de alquiler y lo que cobró la del cuarto por el piso de su madre.

La respuesta buena era «eso lo dice todo el mundo».

Lo que dije yo fue:

—Bueno. Eso se comenta.

—Ya.

—Se comenta en la calle.

—Claro.

—¿Quieres más café?

—Ya me lo has preguntado.

Y ya está. Ahí terminó de verdad. No preguntó nada más. Cambió de tema y se puso a contarme lo de la sobrina de Fina y el catering de Zamora, que era un tema que llevaba tres semanas sin salir y que sacó en ese momento exacto, y yo, que soy una mujer con estudios superiores, respiré aliviada.

Mi madre había venido a por un dato y se iba con cuatro.

Se iba con que yo sabía a qué se dedicaba.

Se iba con que yo sabía cómo trabaja. Se iba con que yo había estado en un sitio donde se ve una cómoda.

Y se iba, sobre todo, con la manera en que a mí me subió medio tono la voz en «no me consta», que es una expresión que no he usado en mi vida fuera de una receta.

Antes de irse, ya con el bolso en el antebrazo y en la puerta, dijo lo único que dijo en toda la mañana en voz alta:

—No, si a mí me da igual.

—Ya.

—Pero un chico que hereda local y no fuma… —Se ajustó el bolso—. Eso en mi época se llamaba milagro y se ponía en el boletín.

Y se fue.

El lunes, Susi cerró la puerta del almacén.

Esto tampoco es normal. En la farmacia Ribas la puerta del almacén está siempre abierta por una cuestión práctica, que es que si suena la campanilla hay que salir.

Que Susi cerrara la puerta significaba que había calculado que en los cuatro minutos siguientes no iba a entrar nadie, y Susi calcula bien.

—Siéntate.

—No me pienso sentar.

—Vale. De pie.

Yo esperaba la pizarra. Llevaba desde julio esperando la pizarra, la cronología, los catorce cepillos, el sacaleches con su devolución. Tenía preparados los argumentos y los tenía buenos.

Susi no miró la pizarra ni una vez.

—Cierras a la hora.

—¿Qué?

—Que cierras a las ocho y media. —Se apoyó en las cajas de suero—.

Llevas cuatro años cerrando a menos veinte, porque siempre hay alguien, y yo me voy a las ocho y media y tú te quedas hasta las nueve haciendo cosas que no hay que hacer.

Desde el veintitantos de julio, echas la persiana a las ocho y media y te vas.

—Estoy cansada.

—Comes sentada.

—Susi.

—Comías de pie, en el mostrador, con el táper en la mano y mirando la calle, todos los días desde que yo entré. Ahora te sientas en la banqueta del almacén y comes con los dos cubiertos.

—Eso es que me lo has dicho tú mil veces.

—Te lo dije mil veces y no me hiciste caso ninguna.

Cogí una caja de suero y la puse encima de otra caja de suero.

—Y has traído el bolso bueno tres veces.

—El bolso bueno es un bolso.

—El bolso bueno es de tu padre.

—Me lo regaló mi padre, sí.

—Y te lo pones para las cosas que importan, y en un año y medio te lo he visto tres veces: el aniversario, la boda del sobrino de Charo y en agosto tres veces en dos semanas.

Me callé.

Que es, como ya he dicho, lo que hago cuando pierdo.

—Y hay más —dijo.

—No hay más.

—Has dejado de contestar el teléfono del mostrador antes del segundo tono.

—Eso no es nada.

—Eso es todo. —Se apartó de las cajas—. Lola, tú coges el teléfono antes del segundo tono desde que yo entré aquí. Yo lo cogía a la vez que tú y me decías que lo dejara. La semana pasada sonó cuatro veces y lo cogí yo cuatro veces.

—Estaba despachando.

—Estabas mirando la puerta.

Cogí una caja de suero y la puse encima de otra caja de suero, que es lo que hago yo con las manos cuando ya no me quedan argumentos.

—¿Y tú por qué apuntas todo esto?

—Yo no apunto nada. —Se encogió de hombros—. Yo trabajo a metro y medio de ti nueve horas al día. Yo no tengo que apuntar nada.

—Susi, esto es una farmacia.

—Esto es una farmacia y tú llevas un año y medio enseñándome a mirar a la gente que entra por esa puerta y a ver si viene a por lo que dice que viene. Me lo dijiste el primer mes. Me dijiste: fíjate en las manos y en si mira a los lados.

—Eso es para el trabajo.

—Pues ya ves.

Y ahí Susi hizo lo único que la mantiene siendo la mejor auxiliar que he tenido: se calló y esperó.

—Lola, yo no te estoy preguntando por él —dijo al cabo de un rato—. De él lo sé todo. De él lo sabe hasta el frutero. Te estoy preguntando por ti.

Y ahí conté lo del jueves de la tormenta.

Conté que había traído las medicinas de su abuela, y que llevaba cuatro meses sin poder tirarlas, y que le dejé hacerlo a él, y que había una caja precintada del catorce de enero.

Conté que estuvimos muy cerca. Dije «muy cerca» y no dije nada más, y Susi no me hizo decir nada más, que es la clase de auxiliar que es.

No conté lo del cine. No conté lo de la lubina. No conté que aquella misma noche pensaba pasarme por la mercería a devolver un táper que llevaba dos semanas boca abajo en mi escurridor.

Susi abrió la puerta del almacén.

—Vale.

—Vale.

—Una cosa.

—¿Qué.

—Que conste —dijo, saliendo— que yo lo supe por los cepillos.