La madre que me parió 25. Pipas 2.0
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25. Pipas 2.0

Capítulo veinticinco

A quella noche, la de la terraza, no fui a mi casa.

Salí del metro en la plaza a las once y diez y en vez de tirar hacia mi portal tiré hacia la calle de atrás, y lo hice sin decidirlo, o decidiéndolo de esa manera en que uno decide las cosas cuando ya lleva ocho meses decidiéndolas por dentro.

Por el camino me construí una excusa, porque una no se planta en la puerta de un hombre a las once de la noche sin excusa.

La excusa era esta: que le tenía que devolver el táper del bizcocho de mi madre.

El táper del bizcocho de mi madre llevaba dos semanas en mi cocina, limpio, boca abajo en el escurridor, y estaba a novecientos metros de allí, en mi casa, adonde yo no estaba yendo.

Aun así me pareció una excusa sólida durante los cuatrocientos metros que duró.

Había luz en la mercería. La persiana subida un metro.

Me agaché y entré.

—¿Se puede?

Martín estaba de pie en medio de la tienda con una gamuza en la mano y una lata de cera abierta encima del mostrador. Se me quedó mirando: los zapatos buenos, la camisa verde, el bolso de las cenas.

—Vienes de algo.

—Vengo de algo.

—¿Malo?

—Regular.

Dejó la gamuza. Se limpió las manos en el pantalón.

Salió por la puerta pequeña, cruzó al portal de al lado, metió unas monedas en la máquina de don Ángel —don Ángel tiene una máquina de refrescos en el portal desde 1998, nadie sabe por qué y todo el mundo la usa— y volvió con dos latas y una bolsa de pipas del bolsillo.

—Fuera se está mejor.

Nos sentamos en el bordillo.

Y ahí, en la acera de la calle de atrás, a las once y cuarto de un jueves de agosto, con una lata de naranja en la mano, le conté los diez.

Los diez enteros. Desde el principio. Desde el táper de Borja.

—Espera. ¿El táper era para tu madre?

—El táper era para mi madre. De su madre. Croquetas de puchero.

—¿Y te lo llevaste?

—Me lo llevé, me lo comí y estaban buenísimas.

Se rio con la lata a medio camino y tuvo que bajarla.

Lo del criptobro lo conté rápido porque lo del criptobro se cuenta solo.

Lo del QR que no funcionaba lo tuve que repetir dos veces porque no se lo creía.

Lo del divorciado, con lo de la burrata que parecía entera por fuera, y lo de la alcachofa, y ahí Martín dejó de reírse un momento y dijo «pobre hombre», que es exactamente lo que hay que decir, y luego se rio otra vez.

Lo del plastificado fue lo que más le gustó.

—A ver, espera. ¿La boda estaba en el papel?

—La boda estaba en el papel. El Escorial. Mes catorce.

—¿Y los hijos?

—Cuatro. Con nombre. Y con dieciocho meses de margen entre cada uno, por salud materna.

—Eso último es hasta considerado.

—Eso último es lo único considerado de la hoja.

—¿Y qué hiciste?

—Me dio un rotulador.

—¿Cómo que te dio un rotulador?

—Un rotulador de pizarra. Para que propusiera cambios.

Martín se dobló hacia delante y estuvo cinco segundos sin poder respirar, con la lata en el suelo entre los pies.

—¿Y propusiste?

—Escribí «no» tres veces.

—¿Y él?

—Lo borró con la manga y me dijo: por eso es de pizarra.

—Ese hombre es un genio.

—Ese hombre va a ser muy feliz.

Lo del sanador cuántico lo conté entero, incluido el prospecto del paracetamol, y ahí Martín levantó la mano y me pidió que parase.

—A ver. ¿Tú le leíste un prospecto?

—Con su misma entonación.

—¿Delante de una pista de hielo?

—Delante de una pista de hielo.

—Lola.

—¿Qué.

—Que eres una mujer terrible.

—Soy colegiada.

Del poeta conté poco, porque del poeta hay poco: que había un recital esa misma noche en la misma vinoteca, que él no me había avisado y que fueron nueve personas.

—Nueve está bien.

—Eso dijo mi madre.

—No, en serio. Nueve personas un jueves para oír a alguien decir cosas suyas está muy bien.

—¿Tú irías?

—Yo he ido a menos.

Del noveno conté lo justo, y lo conté serio, porque lo del noveno no me hace ninguna gracia. Le dije que era un chaval de veintinueve que hace malabares en un semáforo, que era encantador, que me enseñó dos cosas con tres bolas, y que llevaba tres semanas contento por haber sido invitado a algo.

—¿Y por qué te lo puso tu madre?

—Esa es la pregunta que llevo un mes haciéndome.

—¿Y qué te contestas?

—Que se le está yendo la cabeza. O que se le ha ido la fe.

Martín no dijo nada. Le dio la vuelta a la lata para mirar cuánto quedaba, que es lo que hace la gente cuando no dice algo.

Lo del cronómetro lo conté al final, y me costó, porque a mí lo del cronómetro no me hace gracia. Se lo conté igual: el chico guapo, los espejos, los cuarenta segundos de Torrente, el minuto doce del final. Y cuando terminé, Martín no dijo nada durante un rato.

—Ese es el que a mí me daría pena.

—A mí también.

—¿Y qué le dijiste?

—Nada. Levanté dos dedos y pedí la cuenta.

—Ya.

—Es que no había nada que decirle.

—No —dijo—. Había, pero no era tuyo decirlo.

Nos quedamos un rato callados. Pasó un coche. Pasó una señora con un perro. Arriba, en algún piso, alguien estaba viendo la tele con la ventana abierta.

—Ven que te enseño una cosa.

La cómoda estaba al fondo de la tienda, tapada con una sábana, y quitó la sábana como se quita una sábana cuando llevas cuatro días esperando a que entre alguien.

Era una cómoda de tres cajones, de madera oscura, con una pata que no era del mismo color que las otras tres.

—La pata la he injertado —dijo—. Se nota.

—Se nota un poco.

—Se tiene que notar.

—¿No se puede igualar?

—Se puede. Se tiñe, se le da un tinte al tono, y en dos semanas no lo distingue nadie. —Pasó la mano por el tablero, entero, de un lado a otro—. Pero entonces no sabrías que ahí ha pasado algo.

El tablero tenía dos marcas redondas, de vaso, y una quemadura larga.

—¿Y esto?

—Esto se queda.

—¿Por qué?

—Porque un cerco de vaso es un sitio donde alguien dejó un vaso.

Le pasé la mano yo también. La madera estaba cálida y un poco áspera, no como los muebles brillantes de las tiendas.

—¿Y esto no lleva barniz?

—Cera. —Cerró la lata que había dejado abierta en el mostrador y le dio dos vueltas a la tapa—.

Mi abuela decía que el barniz es mentir.

Que tapas la madera para que parezca otra cosa y a los diez años se cuartea y entonces se ve todo, y además feo.

La cera deja pasar el aire. Se estropea antes y se arregla siempre.

—Eso es más trabajo.

—Eso es todo el rato trabajo. Una cosa encerada hay que volver a encerarla cada año. Un barnizado no lo tocas en diez y luego lo tiras.

Volvimos al bordillo.

—¿Y qué vas a hacer con ella?

Y ahí llegamos a la conversación que tuvimos aquella noche y que consistió, íntegramente, en no decir dos palabras.

—Depende.

—¿De qué depende?

—De si aquí cabe.

—Aquí cabe. Está aquí.

—Digo si cabe después.

—¿Después de qué?

—De la reforma.

Yo miré la tienda. Setenta metros con salida de humos. Y en algún momento de los cinco segundos siguientes se me pasó por delante la palabra que él no había dicho, y me pasó también, con toda claridad, la conciencia de que si yo la decía en voz alta se acababa la conversación.

—¿Y hay reforma?

—Hay presupuesto.

—¿De quién?

—Mío.

—¿Y el cliente?

—El cliente está en estudio.

Y ninguno de los dos se movió del bordillo.

—El billete lo tenías para el treinta —dije.

—Lo tenía para el treinta de abril.

—Ya.

—Y luego para el quince de mayo, y para el diez de junio, y para el veintidós de julio.

—¿Y ahora?

—Ahora lo tengo para el doce de septiembre. —Escupió una cáscara—. La chica de la agencia se llama Bea y ya me conoce la voz. Me dice: «hola, Martín». Sin preguntar el localizador.

—Eso es una relación.

—Es la relación más estable que tengo en este país.

Cogí otra pipa.

—Oye —dijo—. Diez cenas.

—Diez.

—¿Y yo qué número hacía?

Y ahí, en el bordillo, se me paró todo.

Porque él lo había dicho de broma, sin mirarme, mientras juntaba las cáscaras con el pie, con el tono con que se pregunta cualquier cosa. Y yo tenía, en el bolsillo de un abrigo colgado en el armario de mi casa, desde el catorce de abril, un papelito de la pescadería arrugado con un número escrito.

—Tú no estabas en la lista.

—Vaya. —Se rio—. Yo alguna vez te di un número.

—Uno.

—¿Cuál era?

Y yo, que me sé el número, que me lo sé desde abril, que lo he mirado catorce o quince veces con la mano dentro del bolsillo del abrigo como quien comprueba que lleva las llaves, cogí otra pipa de la bolsa y dije:

—No me acuerdo.

Juntamos las cáscaras con el pie hasta hacer un montón, entre los dos, en el bordillo de la calle de atrás.