La madre que me parió 24. El aro de luz
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24. El aro de luz

Capítulo veinticuatro

El aro de luz

—Perfecto. Ahora lo mismo, pero mirando al aro.

—¿El brindis?

—El brindis. Y si puedes, un poco más espontáneo.

Levanté la copa por tercera vez.

Retrocedamos cuarenta minutos, que es lo que hace falta para entender cómo llega una mujer de treinta y dos años a estar repitiendo por tercera vez, para una cámara, un brindis que no había ocurrido ni una.

El décimo se llamaba Pol. La ficha decía «creador de contenido», que fue la primera vez en toda la operación que mi madre escribía en esa casilla algo que no entendía ni ella. Debajo había puesto, entre paréntesis, «en internet, pero de lo suyo».

Llegó a las nueve y cinco a una terraza de la calle Alcalá cargado como un mulo. Trípode plegado, una funda blanda, una bolsa de tela con cables y un aro de luz de esos de sesenta centímetros con su pie de aluminio.

—Perdona el circo.

—No pasa nada.

—Es que si no grabo, el día no cuenta.

Se sentó. Y antes de mirar la carta, antes de decirme qué tal, antes de pedir agua, sacó el móvil, abrió una aplicación de firmas y giró la pantalla hacia mí.

—¿Te importa firmarme la cesión de imagen? Es un trámite.

Y esto es lo que quiero explicar bien, porque si no, no se entiende la noche: Pol no dijo ni una sola cosa rara en las dos horas que estuvimos allí.

Ni una. No habló de métricas, ni de escalar, ni de activos, ni de energía.

Me preguntó por la farmacia y las preguntas eran buenas.

Me contó que había estudiado magisterio y que lo dejó en tercero.

Se interesó por lo de las guardias. Tenía conversación, tenía educación y tenía una risa agradable.

El problema no era lo que decía.

El problema era que lo decía dos veces.

La primera se lo escuchaba a él. La segunda me pedía, con mucha delicadeza y una sonrisa de disculpa, si podíamos repetirlo con el aro encendido.

Empezó a los diez minutos, con el saludo.

—Oye, ¿te importa que hagamos otra vez el «hola»?

—¿El hola?

—Es que he llegado con el trípode plegado y no tengo la entrada.

—Pol, la entrada ya ha pasado.

—Ya, pero la puedo tener.

Y volví a entrar. En una terraza de la calle Alcalá, a las nueve y veinte de la noche, me levanté, di seis pasos hacia atrás, me di la vuelta y volví a llegar, y dije «hola» por segunda vez a un hombre al que ya había saludado.

Lo peor no es que lo hiciera. Lo peor es que lo hice bien.

A las nueve y media le conté lo de las tiritas.

—Es que esto es buenísimo, Lola.

—¿El qué?

—Lo del hombre de las tiritas. Eso es un vídeo.

—Es un cliente.

—Ya, pero es un vídeo. —Movió el aro dos centímetros—. ¿Me lo cuentas otra vez? Igual, pero mirando aquí.

Y yo lo conté otra vez. Y lo conté peor, evidentemente, porque nadie cuenta bien una cosa dos veces: la segunda vez uno ya no está contando, está imitando a alguien que contó.

Me oí decir «y entonces me dijo que la herida todavía no la tenía» con una entonación que no era mía, y me oí hacer una pausa donde la primera vez no había habido pausa, y a mitad de frase me di cuenta de que estaba haciendo la pausa para la cámara.

Él lo notó y me pidió una tercera.

Y ahí ya no.

A las nueve y cuarenta le pidió al camarero que firmara.

—Es que vas a salir de fondo, tío.

—Yo salgo de fondo todos los días.

—Ya, pero esto se sube.

—¿Y qué me van a hacer?

—Nada. Es por protegerte a ti.

El camarero, que tenía cincuenta y tantos y treinta años de barra, miró el móvil de Pol como se mira una multa, y firmó con el dedo un garabato que no era su firma, y se fue con la bandeja debajo del brazo.

A las diez y diez pidió el postre y me pidió a mí que pidiera el postre otra vez, para la cámara, porque la primera vez lo había pedido «con la mano tapando».

A las diez y veinte se levantó a mover el aro porque le entraba una farola.

Y a las diez y veinticinco llegó el brindis.

Que es la parte que ya he contado y que fue así: Pol trajo dos copas de un vino dulce que no habíamos pedido, dijo que aquello merecía un brindis, encendió el aro, dijo «cuando quieras», y brindamos.

Y luego dijo que se había movido.

Y brindamos otra vez.

Y luego dijo que había salido mi mano y no mi cara.

Y ahí es cuando yo levanté la copa por tercera vez, con la sonrisa puesta, mirando a un anillo de luz blanca de sesenta centímetros de diámetro en una terraza de la calle Alcalá un jueves de agosto.

Y me vi.

Me vi entera, quiero decir.

Vi la copa. Vi la mano, que la tenía muy tensa, con los dedos separados, en la postura en que se sujetan las copas cuando alguien te está mirando.

Vi la camisa verde, que me la he puesto seis de las diez veces porque es la que mejor me sienta y porque a estas alturas es una especie de uniforme de trabajo. Y vi ocho meses.

Vi a una mujer de treinta y dos años, farmacéutica titular, con local en propiedad y catorce años de mostrador, que llevaba desde abril planchándose esa camisa para cenar con hombres elegidos por su madre en un boletín parroquial de doce páginas.

Que había rellenado diez cuestionarios de once preguntas.

Que había ido a un centro comercial de la M-40 un sábado por la tarde.

Que había cronometrado a un ser humano por debajo de un mantel.

Y que en ese momento estaba fingiendo alegrarse, por tercera vez, de algo que no había pasado ninguna, para que quedara bien en un vídeo que iba a ver gente que no me conoce de nada.

No fue rabia. Y no fue con Pol, que es importante, porque Pol no había hecho nada más que ser exactamente lo que era, que es más de lo que puedo decir yo de mí misma aquella noche.

Fue una cosa mucho más sencilla y más aburrida: me cansé.

Dejé la copa en la mesa.

—Ya está.

—¿Ya está el qué?

—Que ya está, Pol. Que son diez.

—¿Diez qué?

—Nada. —Cogí el bolso—. No es contigo. De verdad que no es contigo.

—¿Te vas?

—Me voy.

—Pero si no hemos pedido el…

—Ya.

—Espera, ¿esto lo puedo…?

—No.

Puse veinte euros encima de la mesa, que era más de lo que me correspondía, y salí a la calle Alcalá.

Y en ese momento exacto, mientras yo pasaba por delante de la mesa de al lado, Pol se levantó para alcanzarme y le dio con la cadera al pie del aro de luz.

Lo que pasó después lo reconstruyo por el sonido, porque yo ya estaba de espaldas.

Primero, el poste de aluminio contra el mármol: un golpe seco.

Después, cristal. Después, una mujer diciendo «¡ay!

» en un tono que no era de dolor sino de indignación pura.

Después, la voz de Pol pidiendo perdón cuatro veces seguidas y ofreciéndose a pagar la tintorería.

Y por encima de todo, con una claridad admirable, el camarero de los cincuenta y tantos:

—Coño, la luz.

No me giré. Me fui calle abajo con el bolso mal cerrado y la cara de una mujer que acaba de cerrar un expediente de ocho meses en una terraza.

Y a los treinta metros, en la acera de enfrente, dentro del bar de al lado, detrás de la cristalera, vi a mi madre.

Estaba de pie en la barra con Maruchi. Las dos con una caña. Las dos vestidas de calle, a las diez y media de la noche, en un bar de la calle Alcalá que está a cuarenta minutos de nuestro barrio y en el que ninguna de las dos ha entrado en su vida.

Mi madre me vio.

Y no hizo lo que hace mi madre, que es salir. No salió. No me llamó. No cruzó.

Levantó la caña.

La levantó unos centímetros, hacia la calle, hacia nada, hacia mí. Y Maruchi, medio segundo después, la imitó.

Y las dos bebieron.

Yo me quedé parada en la acera unos segundos, con el semáforo en rojo, y luego el semáforo se puso verde y crucé, y me fui a la boca de metro, y no entré en ese bar y no pregunté nada.

Estaban celebrando.

Yo pensé que estaban celebrando que ya se había acabado. Que su hija había cumplido las diez, y que ellas dos, que habían montado aquello entre las cinco desde el mes de noviembre, se estaban tomando la última caña de la campaña.

No pregunté. Todavía no sabía que aquella noche había ganado una discusión que no sabía que estaba teniendo.

Al día siguiente, Susi entró en la farmacia a las nueve y veinte, colgó el bolso, se hizo un café y escuchó el parte completo sin interrumpir ni una vez, cosa notable en ella.

Después dejó la taza, fue al almacén y me llamó desde dentro.

—Ven.

Había arrastrado la banqueta hasta la pizarra y estaba de pie encima, con el rotulador destapado, esperándome. Y no escribió hasta que yo llegué a la puerta, que fue lo peor de todo: quería que la viera hacerlo.

Debajo de CEPILLOS INTERDENTALES: 14 y de SACALECHES: 1 (devuelto), escribió:

PACTO: 10/10.

Y debajo:

RESULTADO: EN EL AIRE.

—Baja de ahí.

—Es un cierre de ejercicio.

—Susi.

—Es que hay que cerrar el ejercicio, Lola. —Bajó de la banqueta y tapó el rotulador—. Otra cosa es lo que hagas tú con el resultado.

No hice nada con el resultado.

Bueno. Miento. Lo que hice fue no ir a mi casa.