La madre que me parió 23. La sesión de las diez
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23. La sesión de las diez

Capítulo veintitrés

La sesión de las diez

—Toma, que a mí me pilla tarde.

Dos entradas para el cine de verano del parque. Miércoles. Sesión de las diez.

—¿Y esto de dónde ha salido?

—De la asociación. Nos han dado un taco.

—¿Un taco?

—Un taco. Reparten para llenar, que si no va poca gente y el año que viene no lo dan. —Ya se estaba yendo hacia la puerta—. Llévate a quien quieras.

En el cine de verano del parque hay ciento veinte sillas de plástico blanco colocadas en filas debajo de los plátanos, una pantalla hinchable que se mueve con el aire, un proyector encima de una mesa de camping y un altavoz que da la sensación de estar contando la película desde otra habitación.

Es gratis, pero hay filas. Las filas están numeradas con un rotulador en el respaldo de la silla de la punta y la numeración la lleva un señor de la asociación con un chaleco reflectante y una autoridad que no cuestiona nadie.

Mis entradas eran de la fila nueve.

Aquella tarde intenté colocar la segunda.

Susi tenía cena. Jorge estaba en Almería.

Y a las nueve y media, mientras me ponía los zapatos, tuve un pensamiento que ahora, contado, tiene su gracia: pensé en llamar a Martín y no lo hice, porque me pareció que llamar a un hombre a las nueve y media de la noche para ir al cine gratis podía interpretarse mal.

Llegué a las diez menos diez con una entrada sobrante en la mano.

Y él ya estaba sentado en la fila nueve.

Con una entrada sobrante en la mano.

—Hombre.

—Hombre.

—¿Tú también?

—Yo también.

Me senté. Al lado, porque las sillas de al lado eran las mías.

—¿De dónde has sacado las tuyas?

—Me las ha dado don Ángel.

—Ah.

—Le sobraban.

—Claro.

Y ya está. Ahí acabó mi investigación aquella noche, y quiero que quede constancia de la profundidad con la que la conduje.

La película era una española de los setenta, de esas en las que sale Alfredo Landa, y no la vio nadie.

Digo que no la vio nadie porque en el cine de verano del parque la película es un pretexto administrativo.

Delante de nosotros, dos señoras comentaron durante hora y media una operación de rodilla.

Detrás, un señor le iba contando a su mujer lo que iba a pasar, con dos minutos de antelación y sin equivocarse ni una vez.

En la fila cuatro había una familia entera con una tortilla y una fuente de pimientos, con los cubiertos, con servilletas de tela, montado el operativo a las diez y cuarto de la noche.

Y a nosotros, en la fila nueve, nos saludaron once personas.

Once. Las conté, porque a la cuarta empecé a contar.

Charo. La del tercero. Un chico que trabaja en la frutería. La cuñada del dueño del bar de la plaza, que me miró de una manera muy concreta y que ahora sé exactamente por qué. Loli, que pasó por delante de la pantalla a oscuras con una bolsa y no pidió perdón. Y seis más.

Cada saludo era igual: se paraban, decían «Lola», me miraban a mí, miraban a mi izquierda medio segundo de más, decían «hola, buenas noches» sin nombre porque no sabían cuál poner, y seguían.

Once veces.

Lo que hicimos nosotros durante hora y media fue lo siguiente.

Primero, el brazo. Las sillas de plástico blanco tienen un brazo por silla, y cuando dos sillas están juntas, ese brazo es de los dos y no es de ninguno.

Nosotros establecimos allí, sin hablarlo, una zona desmilitarizada.

Yo apoyé el codo en el borde de dentro. Él apoyó el suyo en el borde de fuera.

Entre los dos codos quedó una franja de dos centímetros y medio de plástico blanco que estuvo vacía hora y media, vigilada por ambas partes, como el paralelo treinta y ocho.

Segundo, las pipas.

Él había traído una bolsa. Y la bolsa se puso, por consenso tácito, encima del brazo compartido, en la franja, que era el único uso posible para aquel territorio. Y a partir de ahí desarrollamos un protocolo diplomático que consistía en no coger nunca los dos a la vez.

Yo cogía. Esperaba. Él cogía. Esperaba. Yo cogía.

En la mitad de la película nos cruzamos una vez y los dos retiramos la mano, y él dijo «perdón» y yo dije «no, no» y estuvimos cuatro minutos sin coger ninguno de los dos, mirando la pantalla como si en la pantalla estuviera pasando algo.

Tercero, las cáscaras. Al suelo, entre los pies. Yo las iba juntando con la zapatilla en un montoncito y él también, y a la hora y cuarto teníamos dos montoncitos, y los dos montoncitos eran uno.

Y cuarto, aunque esto no lo tenía previsto: hablamos.

En voz baja, sin girar la cabeza, mirando los dos a la pantalla.

—¿Esa señora quién es?

—¿Cuál?

—La que ha saludado con el bolso.

—La del tercero.

—¿Y por qué me ha mirado así?

—Porque no sabe quién eres.

—Llevo cinco meses aquí.

—Llevas cinco meses aquí sin que nadie te presente. Eso, en este barrio, es un estado administrativo.

Se quedó pensándolo.

—¿Y cómo se sale de ese estado?

—Casándote o abriendo un negocio.

—Vaya.

—O muriéndote. Pero eso solo funciona una vez.

En la pantalla, alguien perseguía a alguien por un pasillo de hotel. Detrás de nosotros, el señor le contó a su mujer lo que iba a pasar en el pasillo del hotel.

—¿Y ese qué hace?

—Ese lleva veinte años haciendo eso.

—¿Nadie le dice nada?

—Le dijeron algo en 2011 y estuvo dos veranos sin venir. Fue peor.

—¿Peor por qué?

—Porque su mujer venía sola y nadie le contaba la película.

Martín cogió una pipa. Esperó los tres segundos del protocolo.

—Este sitio es una locura —dijo.

—Este sitio es un sitio.

—Es que en Edimburgo, si me siento en una silla al lado de una persona que conozco, la persona se levanta y se sienta más lejos por respeto.

—Aquí también hay respeto. Lo que pasa es que aquí el respeto es sentarse más cerca y no decir nada.

No dijimos nada durante veinte minutos.

Eso fue todo lo que pasó. Lo escribo así de detallado porque, contado de otra manera, no pasó nada: dos vecinos de un barrio vieron una película en el parque, en sillas de plástico, comiendo pipas.

Y yo, en algún momento entre el saludo número ocho y el número nueve, empecé a hacer cuentas.

Teoría uno. Mi madre reparte entradas del taco de la asociación. Don Ángel reparte entradas del taco de la asociación. Esto pasa cada verano y cada verano acaba media plaza sentada en el parque un miércoles.

Teoría dos. Fila nueve. Ciento veinte sillas, doce filas. Las probabilidades de que dos personas del mismo barrio con entradas repartidas por el mismo taco caigan en la misma fila no son, matemáticamente, tan malas.

Teoría tres. Es que además, hacía diez días, la persiana de la farmacia se había quedado a medio bajar un jueves a las ocho y media, cosa que no había hecho en once años, y a los cuatro minutos pasó por delante un hombre con una caja de herramientas y me la arregló en veinte, y aquello también fue una casualidad, y de las buenas, porque yo tenía guardia al día siguiente.

Teoría cuatro. Tres coincidencias son una tendencia.

Teoría cinco. Cuatro son mi madre.

Teoría seis. Pero mi madre no sabe nada, porque si mi madre supiera algo yo lo sabría, porque mi madre no ha guardado un secreto en su vida: mi madre no sabe ni contar una película sin decir el final.

Teoría siete. Luego era el universo.

Ahí me quedé.

Y aquí conviene explicar quién soy yo, para que se entienda el desastre.

Yo soy la mujer que le lee el prospecto del paracetamol a un sanador cuántico en un centro comercial.

Yo soy la que le explica a Charo que el rusco no le va a quitar el dolor de piernas y que lo que tiene que hacer es andar.

Yo soy, desde los diecinueve años, la persona de mi familia que no cree en las señales, y lo soy tan oficialmente que en mi casa se dice «pregúntaselo a Lola, que ella tiene el diploma».

Y aquella noche, en una silla de plástico blanco de la fila nueve, con un montoncito de cáscaras compartido entre los pies, yo estaba dándole las gracias a la casualidad.

Se acabó la película a las once y veinte.

Recogimos las sillas, que las recoge el público, porque eso también es del barrio: se acaba la peli, se levanta todo el mundo y en cuatro minutos hay ciento veinte sillas apiladas de a diez junto a la furgoneta de la asociación, y nadie lo organiza, y sale siempre.

Volvimos andando los seiscientos metros hasta la plaza.

—¿Tú vienes todos los años?

—Todos.

—¿Desde cuándo?

—Desde que tenía seis. Mi padre traía una silla de casa porque decía que las de plástico le hacían daño en la espalda, y la traía andando, desde la farmacia, y la volvía a llevar. Once años. Con la silla de la cocina.

—¿Y no le decían nada?

—Le guardaban el sitio.

Nos despedimos en la esquina, cada uno hacia su calle, sin ningún acontecimiento.

Y por el camino, sola, en la cuesta, dije para dentro: gracias.

Así, sin dirección postal. Gracias a lo que sea.

El azar, que es muy digno, no contestó.

En casa me quité los zapatos en el recibidor, me senté en el borde de la cama y me saqué del bolsillo del pantalón un puñado de cáscaras de pipas que había ido guardando durante hora y media porque en aquel parque no había ni una papelera.