La madre que me parió 22. El aniversario
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22. El aniversario

Capítulo veintidós

El aniversario

M i padre se murió el cuatro de agosto y la farmacia lleva su apellido.

Los dos primeros años yo no cerré. El primero porque acababa de coger el mostrador y me daba pánico que el barrio pensara que aquello se iba a caer sin él. El segundo porque el cuatro caía en jueves y los jueves entra mucha gente.

El tercero, mi madre me llamó el día tres a las nueve de la noche y me dijo, sin preámbulo:

—Mañana cierras a la una.

—Mamá.

—Mañana cierras a la una. Yo te espero abajo a y cuarto.

Y colgó, que es su recurso cuando no piensa negociar.

Susi hizo el cartel. Lo escribió con el rotulador de la pizarra en un folio, en mayúsculas, y me lo enseñó antes de pegarlo.

CERRADO POR ASUNTOS DE FAMILIA. AbrIMOS A LAS 17:00.

—¿Pongo por defunción?

—No.

—Es que si pones «asuntos de familia», la gente se piensa que es una boda y se enfada.

—Que se enfaden.

Lo pegó con celo por los cuatro lados.

Mi madre me esperaba abajo a la una y cuarto con dos bolsas: en una, las flores. En la otra, una caja de zapatos con dos gamuzas, un espray de los cristales, un cepillo de dientes viejo y una botella de agua de litro y medio.

El cementerio está a veinte minutos en el 58. Fuimos de pie las dos primeras paradas porque el autobús iba lleno de gente que iba a lo mismo que nosotras, que en agosto es mucha gente, y a partir de la tercera nos sentamos juntas y no hablamos.

La lápida de mi padre está en la fila de arriba, la de las escaleras, y hay que subirse a un peldaño para llegar bien.

Mi madre se subió y se puso a trabajar.

Primero el agua, echada desde arriba, para que corra.

Después el espray, y las gamuzas, y el cepillo de dientes viejo para las letras, una por una, empezando por la R de Ribas y terminando por el 4 de agosto, porque el polvo se mete en los surcos y si no se saca, con los años, el nombre se lee peor.

Yo le iba dando lo que me pedía. Ese es mi puesto.

Ese es mi puesto desde hace tres años y ninguna de las dos lo ha discutido nunca.

Y mientras frotaba, mi madre le hablaba.

—Lorenzo, esto está fatal. Es que aquí no barre nadie.

Frotó un poco más.

—Ha subido la luz otra vez. Ochenta y cuatro euros el mes pasado, y eso que yo no pongo el aire. Y la comunidad quiere cambiar el portero automático, que ya te digo yo cómo va a acabar eso.

Cambió de gamuza.

—Se casa la sobrina de Fina, la mediana, la que trabajaba en el banco. En octubre. Y va a ir toda la familia de él, que son de Zamora y son muchísimos.

Le pasé el espray sin que me lo pidiera.

—A Lola le va bien la farmacia. Mucho trabajo. Demasiado, pero le va bien.

Y ya está. Eso es lo que hace mi madre en el cementerio: le cuenta a mi padre la administración de la casa.

La luz, la comunidad, las bodas, los precios.

Nunca le dice que le echa de menos. Nunca le dice nada de eso.

Le pone al día, con detalle, con cifras, como si él hubiera bajado un momento a por el pan y estuviera tardando.

Yo, los tres años, he pensado lo mismo: que eso es porque no sabe hablar de lo otro.

Ahora creo que es exactamente al revés.

Colocamos las flores. Recogió las gamuzas sucias en una bolsa aparte, porque no se mezclan, y me dio la mano para bajar del peldaño aunque baja mejor ella que yo.

Al bar fuimos andando.

Es el bar de la plaza, el de siempre, donde mi padre desayunaba a las ocho y cuarto todos los días de su vida laboral. Hay una barra larga, un televisor con el sonido quitado y unas mesas de mármol que ya no se fabrican. Nos sentamos en la de la esquina, que era la suya.

—Dos vermús —dijo mi madre—. Y otro.

El camarero, que se llama Julián y que tiene sesenta y cuatro años, no preguntó nada. Trajo tres vermús con su hielo, su rodaja de naranja y su aceituna, y puso el tercero delante de la silla vacía, y se fue.

Lo hace cada cuatro de agosto desde hace tres años.

—Julián.

—Dime, Amparo.

—¿Tenéis de la tapa aquella?

—¿Cuál?

—La de los callos.

—Amparo, los callos los quitamos en 2019.

—Ya lo sé.

—Es que no compensaba. Se tira mucho.

—Ya lo sé, hijo. Yo te pregunto si tienes.

Hubo una pausa. Julián se pasó el trapo de un hombro al otro.

—Puedo mirar en la cámara.

—Mira en la cámara.

Y había. Media ración. De un encargo de una señora del portal cuatro que los pide para llevar y que llama la víspera.

—No se lo digas a nadie —dijo Julián, poniendo el plato en la mesa.

—Yo no digo nada nunca.

Mi madre lleva sesenta y un años consiguiendo cosas que ya no existen. Es un don. Yo no lo he heredado.

Nos comimos los callos con dos tenedores del mismo plato, en agosto, a treinta y cuatro grados, y estaban buenísimos.

Y entonces hablamos de él, que es lo único que hacemos el cuatro de agosto.

No como se habla de los muertos en los funerales, con la lista de virtudes. Aquí no hay lista. Aquí lo que hay es una anécdota cada una, siempre distinta, y hay una regla no escrita que consiste en que tienen que ser tonterías.

Aquel año mi madre contó lo del abrigo. Que mi padre se compró un abrigo bueno en 1994, uno solo, y que lo tuvo veintitantos años, y que cada octubre, el primer día que se lo ponía, salía al pasillo y preguntaba si le sentaba bien.

Todos los años. La misma pregunta, el mismo abrigo, veintitantos octubres.

—Y yo le decía que sí.

—Es que le sentaba bien.

—Le sentaba de maravilla. Pero él quería que se lo dijeran.

Yo conté lo de las recetas. Que mi padre escribía la posología en la caja con letra grande para las señoras mayores, y que en las cajas de los hombres jóvenes la escribía normal, y que un día le pregunté por qué, y me dijo que porque los jóvenes no leen las cajas de todas formas, pero que a las señoras hay que ponérselo grande porque si no, no se lo toman, y una pastilla que no se toma no sirve para nada.

—Eso lo haces tú ahora.

—Eso lo hago yo ahora.

—Le vi hacerlo mil veces y nunca supe que era por eso.

—Ni yo. Se lo pregunté una vez, en catorce años.

Nos quedamos un rato con eso.

El vermú de la silla vacía se quedó entero, con el hielo derretido y la naranja hundida, y cuando pedimos la cuenta mi madre lo apartó dos centímetros hacia el centro de la mesa, no sé si para que lo recogieran mejor o para otra cosa, y no dijo nada, y Julián nos cobró dos.

Volvimos andando y me dejó en el portal de la farmacia a las cuatro y veinte.

—A las cinco abres.

—A las cinco abro.

—Pues hala.

Y se fue calle arriba con las dos bolsas, la de las flores vacía y la de las gamuzas sucias, con esa manera suya de andar deprisa cuando no hay ninguna prisa.

Yo tenía cuarenta minutos.

Me quedé en la acera de enfrente, que es donde uno se pone para ver una fachada entera, con la persiana metálica todavía echada y el cartel de Susi pegado por los cuatro lados.

Y miré el rótulo.

FARMACIA RIBAS.

Lleva ahí desde 1987. Las letras son de metacrilato verde y la de la R se desprendió con el viento en 2016 y la volvió a pegar él mismo con silicona, subido a una escalera, un domingo, discutiendo con mi madre desde arriba sobre si aquello aguantaría. Aguantó.

Es mi apellido. Es el mismo apellido. Cuando la gente del barrio dice «voy a Ribas», dice las dos cosas a la vez y no distingue, y yo llevo tres años detrás de ese mostrador siendo la segunda persona de un rótulo que se escribió para la primera.

Y ahí, en la acera de enfrente, a las cuatro y veinticinco de la tarde del cuatro de agosto, me di cuenta de una cosa muy sencilla.

Nadie me preguntó nunca si yo quería el mostrador.

No hubo una conversación. No hubo un momento en que alguien se sentara conmigo y me dijera: Lola, tu padre se ha muerto, esto es tuyo si lo quieres, y si no lo quieres se vende y no pasa nada.

Yo estaba de adjunta desde los veinticuatro.

Se murió un martes. El jueves había que abrir porque el jueves entraba el pedido, y abrí yo, y ya está.

Y desde entonces han pasado tres años y en esos tres años he despachado el duelo de medio barrio: he oído a Charo hablarme de su hermana, he oído a don Ángel decirme cosas de su mujer que no le ha dicho a sus hijos, le he dado tila a mujeres que acababan de enterrar a alguien y he tenido a Martín Otero delante de mi contenedor con las medicinas de su abuela en la mano y le he sabido decir exactamente lo que necesitaba oír.

Y a mi padre no le he llorado.

No una vez. Ni un día. Ni el primer jueves, que abrí a las nueve y media, ni ninguno de los mil y pico que han venido después.

Me quedé en la acera hasta las cinco menos cinco.

Después crucé, subí la persiana, encendí la luz de dentro, despegué el cartel de los cuatro lados con cuidado de no romperlo y lo guardé en el cajón del mostrador, debajo de la bandeja de los bolis.

A las cinco en punto entró la señora Charo a por lo de la tele.