La madre que me parió 21. La lubina
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21. La lubina

Capítulo veintiuno

La lubina

E l martes siguiente mi madre entró en la farmacia con un bizcocho envuelto en papel de aluminio.

—Toma.

—¿Y esto?

—Llévaselo al chico de Maruja.

Aquí tengo que parar un momento, porque esta es la frase que llevo un año dándole vueltas.

El chico de Maruja. Así, con toda naturalidad, mientras dejaba el bizcocho encima del mostrador y se ajustaba el bolso en el antebrazo.

Y yo, que llevaba desde julio sin decirle a mi madre quién era el hombre de la verbena, sentí en ese momento un alivio enorme.

Porque si ella ya lo sabía, entonces yo no le había ocultado nada.

Si ella ya lo sabía, se lo habría dicho alguien —y en este barrio se lo dice a cualquiera cualquiera—, y eso me devolvía las manos limpias sin haber hecho nada.

Me acuerdo perfectamente de la sensación. Fue de descanso.

—¿Y por qué se lo tengo que llevar yo?

—Porque está muy flaco.

—Eso no responde a la pregunta.

—Y porque a mí me pilla lejos.

Mi madre vive a cuatrocientos metros de la mercería de Maruja Otero. Yo lo sé, ella lo sabe, y esta calle es toda cuesta abajo desde su portal.

—Mamá, te pilla a cuatro minutos.

—Con el calor que hace.

—Son las once de la mañana.

—Lola. —Empujó el bizcocho dos centímetros hacia mí con dos dedos—. Que el chico está solo, que se le ha muerto la abuela, que lleva cinco meses vaciando una casa y que no tiene aquí a nadie que le dé de comer. Llévale el bizcocho.

Y con eso ganó, porque tenía razón en todo.

Fui a las nueve y media de la noche, cuando cerré.

Había luz arriba, en el piso, y la persiana de la tienda estaba bajada del todo, que es lo que hace la Bestia desde que la ganó él. Llamé al telefonillo.

—¿Sí?

—Soy Lola. Traigo un bizcocho.

Hubo una pausa de tres segundos.

—Sube.

El piso de Maruja Otero es un tercero sin ascensor con el suelo de terrazo y una cocina de las de galería, con lavadero al fondo y una ventana que da a un patio de manzana donde a esa hora se oían cuatro televisiones distintas.

La mesa era de formica verde. Encima había un mantel de hule, una tabla de cortar, dos cebollas, cuatro patatas, medio limón y una lubina.

Y la lubina estaba mal.

—¿Qué le has hecho?

—Buenas noches a ti también.

—Martín, ¿qué le has hecho a la lubina?

—Le he quitado las escamas.

—Con qué.

—Con un cuchillo.

—¿Del derecho?

Silencio.

Aquel animal tenía tres cortes en el lomo que no eran los cortes que se le hacen a una lubina, y le faltaba media aleta dorsal, y estaba, en general, con el aspecto de un pescado que ha tenido una mala tarde después de una mala vida.

—Estaba mustia —dije.

—No empieces.

—Es que era la de arriba.

—Esta vez cogí la de arriba. —Se apoyó en la encimera con las dos manos y bajó la cabeza—.

Esta vez cogí la de arriba, Lola. La de arriba y con los ojos brillantes.

Le miré los ojos y le miré las agallas y le pregunté a la señora si estaba de buen humor, y la señora se rio de mí delante de cuatro personas.

—Encarni no se ríe de nadie.

—Encarni se ríe de mí desde abril.

Dejé el bizcocho en la mesa. Me quité el bolso. Me remangué.

—Enséñame el papel.

Sacó el papel de la abuela del bolsillo de atrás, ese papel cuadriculado con las esquinas blandas que yo le había visto por primera vez en la pescadería en abril, y me lo dio, y yo lo puse encima del mantel de hule y lo leí entero por primera vez.

Decía así:

Lubina al horno. Se pone la patata cortada fina abajo con la cebolla. Sal. Horno fuerte. Cuando esté, se pone el pescado encima con unos cortes y se le echa lo suyo. Un rato. Al final el ajo con el vinagre.

Eso es todo. Eso es la receta entera.

—Vale —dije—. Vamos por partes. «Horno fuerte».

—Doscientos.

—Doscientos veinte.

—¿Por qué doscientos veinte?

—Porque una señora de 1961 con un horno de 1961 que dice «fuerte» está diciendo todo lo que dé el aparato.

—Eso es una interpretación.

—Todo esto es una interpretación. Sigue. «Cuando esté».

—Cuando esté la patata.

—¿Y cuándo está la patata?

Martín miró el papel. Miró las patatas, que estaban enteras encima de la tabla. Miró el horno, que estaba frío.

—No lo pone.

—No lo pone.

—Aquí no pone ni un tiempo. No hay un solo número en toda la receta.

—Hay uno. Pone «un rato».

—«Un rato» no es un número.

—Es el único número que había en esta cocina.

Corté las patatas yo, en rodajas de tres milímetros, porque ese es el grosor, y esto lo sé porque mi padre hacía este mismo plato los domingos y usaba exactamente estas mismas palabras, que son las palabras que usaba todo el mundo.

La cebolla la cortó él y la cortó bien, hay que decirlo: en juliana, fina, sin prisa, con la técnica de un hombre acostumbrado a las herramientas.

Y entonces llegamos a lo suyo.

—«Se le echa lo suyo».

—Ahí es donde llevo cuatro meses.

—¿Lo suyo de qué?

—Esa es la pregunta.

—¿Vino?

—Puede ser vino.

—¿Aceite?

—El aceite ya está en la patata.

—¿Agua?

—¿Quién le echa agua a una lubina?

Nos quedamos los dos mirando el papel encima del hule, en una cocina de un tercero sin ascensor, un martes de agosto, como dos peritos delante de un documento incompleto.

—A ver —dije—. ¿Cuánto es lo suyo, en tu familia?

Y Martín, sin levantar la vista del papel, contestó:

—En mi familia, lo suyo siempre fue mucho.

Le echamos vino blanco. Un chorro largo. Lo suyo.

Mientras se hacía, él sacó dos platos que no hacían juego y yo encontré, en el cajón de los cubiertos, un cascanueces, tres llaves y ningún abrebotellas, y me contó que en aquel cajón llevaba encontradas hasta la fecha catorce llaves de nada, que las guardaba todas en un bote porque no se atrevía a tirar una llave, y que estaba convencido de que en alguna parte de aquella casa había una puerta que ninguna de esas llaves abría.

A los cuarenta y cinco minutos abrimos el horno.

La patata estaba bien. La cebolla estaba bien. La lubina estaba, por decirlo de una manera técnica, deshecha por un lado y cruda por el otro, porque la habíamos metido entera cuando llevaba media hora de horno y porque los tres cortes del lomo no eran cortes: eran heridas, y por ahí se abrió.

—Bueno —dijo.

—Bueno.

—Es comestible.

—Es perfectamente comestible.

Lo emplatamos. Nos sentamos uno enfrente del otro en la mesa de formica verde con el mantel de hule. Y en algún momento del primer plato, cuando él intentó separar el lomo del espinazo empujando con el cuchillo desde arriba, yo le puse la mano encima de la mano y se la giré.

—Así no. De lado. Y desde la cabeza.

Y me quedé un segundo más de lo necesario.

Fue un segundo. Uno. Y ninguno de los dos dijo nada, y él siguió con el pescado, y yo me serví agua.

Nos lo comimos entero.

Yo no sé explicar bien lo que fue aquella cena, porque objetivamente fue una lubina mal hecha en la cocina de una muerta, con una bombilla pelada y el ruido de cuatro televisiones en el patio.

Hablamos de tonterías. De los precios del pescado.

De la gente que dice «me gusta cocinar» y luego solo hace pasta.

De un vecino suyo de Edimburgo que tocaba la gaita a las siete de la mañana y de por qué él nunca se quejó.

—¿Por qué no te quejaste?

—Porque lo hacía fatal.

—Razón de más.

—No, escucha. —Dejó el tenedor—. Si lo hubiera hecho bien, me habría quejado, porque un tío que toca bien la gaita a las siete de la mañana lo hace por fastidiar.

Este lo hacía fatal. Estaba aprendiendo.

Un hombre de cincuenta y tantos años empezando a aprender algo a las siete de la mañana en un piso con las paredes de papel.

—¿Y llegó a aprender?

—En dos años pasó de fatal a regular.

—Eso es poco.

—Eso es muchísimo. —Cogió el tenedor otra vez—. Yo tardé un verano entero en aprender a lijar y tenía once años y a mi abuela detrás.

Se rio dos veces con la boca llena y tuvo que taparse. Una fue por lo del cascanueces. La otra no me acuerdo por qué, y me fastidia bastante no acordarme.

Y en algún momento, entre el pescado y el bizcocho, dijo:

—Oye. Dale las gracias a tu madre.

—Se las doy.

—No, en serio. Dile que estaba muy bueno y que me ha venido bien.

—Se lo digo.

—Es que llevo cinco meses comiendo de pie.

Eso lo dijo mirando el plato, sin ninguna intención, y a mí me atravesó por la mitad, y no dije nada, porque llevo catorce años detrás de un mostrador aprendiendo a no recoger las frases que la gente suelta sin querer.

Y a partir de aquella noche dejó de tratarme de usted del todo, incluso en la farmacia, incluso delante de Susi, incluso los días en que estaba nervioso, que es cuando se le encendían las orejas y se le ponía la sintaxis de funcionario.

Después nos comimos el bizcocho de mi madre, que estaba muy bueno, porque a mi madre le sale muy bueno. Se comió tres trozos. Le corté yo el tercero sin preguntar, que es una cosa que hace mi madre y que yo juraba que no hacía.

Brindamos con agua del grifo, sin decir por qué.

Y antes de irme, doblé el papel de la abuela por donde estaba doblado, con el mismo pliegue, y lo dejé encima de la mesa, al lado de los dos platos regular vacíos.