La madre que me parió 18. Verbena del Carmen
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18. Verbena del Carmen

Capítulo dieciocho

Verbena del Carmen

E l dieciséis de julio esta gente saca a la Virgen a la calle, monta cuatro farolillos entre dos balcones y se cree Sevilla.

Lo digo con todo el cariño del mundo, porque yo llevo yendo treinta y dos años y la última vez que me perdí una fue por un cólico nefrítico.

La verbena del Carmen ocupa la plaza y las dos calles que salen de la plaza.

En el centro monta el escenario la orquesta, que se llama Marisma y que lleva tocando aquí desde antes de que yo tuviera edad de bailar; a la izquierda está la barra de la peña, que gestionan las señoras de la parroquia con un sistema de tickets que no ha cambiado desde 1994; enfrente, la tómbola; y en la esquina de la calle de atrás, la churrería del Manolo, que llega el día quince por la mañana, monta y no habla con nadie hasta el diecisiete.

Yo, en la verbena, soy logística. Esto tampoco lo he elegido: es que si en un sitio hay ochocientas personas, cuarenta de ellas mayores de setenta y cinco años, y una de las farmacéuticas del barrio está allí, esa farmacéutica acaba con una riñonera.

Llevo tiritas, suero, ibuprofeno, paracetamol, un antihistamínico y, desde lo del hijo de la Puri en 2019, dos sobres de suero oral.

Aquella noche despaché seis veces antes de las once.

Mi madre estaba en la caja de la barra.

Que quede claro lo que significa eso: en la barra de la peña hay doce señoras y todas hacen algo, pero la caja la lleva una, y la lleva desde hace nueve años la misma.

Mi madre no sirve, no recoge, no friega.

Mi madre coge el dinero, da el ticket y dice cuántos quedan de cada cosa. Desde ese cajón se ve la plaza entera.

A las diez y media, el orden del mundo era el siguiente.

Fina, en la tómbola. Este año la tómbola tenía un problema estructural, y es que en mayo alguien había donado una caja entera de figuras de la Virgen Milagrosa, de escayola, de veinte centímetros, cuarenta unidades, y Fina había decidido que no se podían tirar.

Así que la tómbola de aquel año consistía en pagar un euro, meter la mano y sacar, con una probabilidad que yo estimé en un setenta por ciento, una Milagrosa.

—¡Toca! —gritaba Fina—. ¡Milagrosa!

—Fina, es la tercera.

—Pues ya tienes las tres.

Pepita, en el extremo de la barra, con una botella de plástico de agua mineral llena de un líquido transparente que no era agua mineral.

Orujo de su pueblo. Lo servía por debajo del mostrador en vasos de café, y a quien preguntaba le decía que era «para el estómago», y hay que decir que después de una noche de fritanga y cerveza caliente aquello era, efectivamente, medicinal.

Loli, moviéndose. Loli en las verbenas no tiene puesto fijo. Loli circula.

Maruchi, con el móvil en alto. Maruchi hace fotos de todo desde 2016, cuando su nieto le puso el WhatsApp, y las manda todas al grupo, todas, incluidas las que salen movidas y las que son de una silla.

Y Manolo, en la churrería, callado.

A las once menos cuarto apareció don Ángel con camisa de manga corta, colonia y un hombre detrás.

Yo estaba a cuatro metros, poniéndole una tirita en el talón a una chica de dieciséis años que se había puesto sandalias nuevas, y levanté la vista con la tirita en la mano.

Martín llevaba una camisa blanca remangada y cara de haber sido sacado de su casa. Iba mirando los farolillos como se miran los farolillos cuando llevas nueve años sin ver ninguno.

—Aquí lo traigo —dijo don Ángel, a nadie en particular—. El chico no sale. Y eso no puede ser.

Y ahí, en ese momento, con una tirita en la mano y la plaza llena, tuve tres segundos de pánico frío, porque mi madre estaba a veinte metros con la caja de la barra y mi madre lo ve todo desde ahí.

Los tres segundos pasaron. Volví al talón.

Porque en aquel momento pensé lo siguiente, y lo pensé de una manera muy poco honrada, y lo sabía mientras lo pensaba: mi madre no conoce a ese hombre.

Mi madre no ha entrado en la mercería en su vida, porque mi madre no cose.

Mi madre fue al entierro de Maruja Otero en enero como fue el barrio entero, es decir, a una iglesia con doscientas personas de abrigo negro, y de la primera fila vio lo que se ve de la primera fila, que son nucas.

Y no le dije nada.

No dije: mamá, mira, ese es el nieto de Maruja. Que es una frase de cuatro segundos, que es información pública y que yo tenía en la boca.

No la dije. Y me guardé la razón por la que no la dije en el mismo sitio donde guardo los tickets.

Lo que pasó después fue peor.

A las once y cinco, Martín se acercó a la barra a pedir. Y en la barra estaba la caja. Y en la caja estaba mi madre.

Yo lo vi desde la tómbola, adonde había ido a rescatar a la señora Charo, que llevaba dos euros y cuatro Milagrosas.

—Cinco cincuenta —dijo mi madre.

—Tenga.

—¿Tú eres el de las bolsas?

Aquí hay que explicar una cosa. Mi madre le pone nombre a todo el que no le han presentado.

En su cabeza viven, con nombre y apellido operativo, el señor del perro cojo, la chica de la moto, los del quinto y el de las bolsas, que era, desde mayo, un hombre de treinta y muchos al que veía cruzar la plaza dos o tres veces por semana cargado de cajas y de bolsas de basura, camino del contenedor grande de la calle de atrás.

—Soy el de las bolsas.

—Estás vaciando un piso.

—Estoy vaciando un piso.

—¿Y tú de quién eres, hijo?

Es la pregunta. En este barrio no se pregunta cómo te llamas: se pregunta de quién eres. Es un campo de la libreta de mi madre y ocupa la tercera línea.

Y justo en ese instante, a las once y siete minutos del dieciséis de julio, la orquesta Marisma atacó el primer tema de la segunda parte con todo el equipo a tope.

Vi a Martín contestar. Le vi la boca moverse dos veces.

Vi a mi madre poner la mano detrás de la oreja, decir «¿eh?», reírse, hacer un gesto con la mano —ese gesto de «nada, déjalo, ya me lo dirás»— y darle el cambio.

Y ahí se acabó todo. Ahí, exactamente ahí, con una guitarra eléctrica y un teclado, se decidió el resto del verano.

A las once y veinte mi madre le había dado un plato de tortilla de la peña que él no había pedido, porque mi madre lleva desde 1963 detectando hombres delgados, y a las once y media estaban hablando de la humedad de las paredes de los pisos viejos.

Me acerqué. No pude no acercarme.

—Lola, ven. Este chico está vaciando el piso de la calle de atrás y no tiene ni idea de lo de la humedad.

—Buenas noches —dijo él.

—Buenas noches.

—Se conocen —dijo mi madre, sin preguntarlo.

—Del mercado —dijo Martín.

—Ah, del mercado.

Y no preguntó más, porque a mi madre, «del mercado» le pareció exhaustivo.

Estuvimos veinte minutos los tres. Mi madre le explicó lo del salitre, lo de la pintura antimoho y lo de que en los pisos de esa acera hay que dejar el armario separado dos dedos de la pared.

Él escuchó todo eso como escucha él las cosas, que es en serio, y preguntó dos veces, y a la segunda pregunta yo vi a mi madre inflarse tres centímetros, porque a mi madre no le pregunta nadie nada desde hace tres años.

En un momento en que él se giró a coger el vaso, mi madre me cogió del brazo y me dijo al oído, con toda la boca:

—Este chico tiene percha, Lola.

—Mamá.

—Que sí. Que tiene percha. Si yo tuviera veinte años menos y una libreta nueva…

—Mamá.

—Que es un decir, hija, que una tiene ojos.

Y a las doce menos veinte, la orquesta Marisma tocó un pasodoble.

Aquí conviene decir que la orquesta Marisma toca un pasodoble a las doce menos veinte todos los años desde que yo tengo memoria, porque es la hora en que la gente mayor todavía está y los jóvenes ya se han ido a la otra plaza.

Es un acuerdo tácito. Es el único momento de la noche en que la plaza es de ellos.

Y mi madre dejó la caja.

Mi madre no deja la caja. Mi madre no ha dejado la caja en nueve años. Se levantó, salió por el hueco de la barra, se limpió las manos en el pantalón y se plantó delante de aquel hombre de treinta y cinco años con las dos manos por delante.

—Ven.

—No, no, yo no sé.

—Nadie sabe. Ven.

—De verdad que no.

—Que vengas.

Y se lo llevó al centro de la plaza.

Yo me quedé donde estaba, con la riñonera puesta.

Le enseñó el paso ahí mismo, delante de todo el barrio, sin ninguna vergüenza, con la eficacia de una mujer que ha dado clases de esto a cuatro sobrinos y a un cuñado.

Le puso la mano en el sitio. Le dijo que el paso es corto.

Le dijo que no diera zancadas, que aquello no es un desfile.

Le contó, y esto se oía desde donde yo estaba porque mi madre habla alto cuando enseña, que el que lleva es el que decide, y que si él no decidía, ella iba a decidir por los dos, y que entonces qué pintaba él ahí.

Martín lo hizo fatal. Objetivamente fatal, los primeros treinta segundos. Y a los cuarenta segundos ya no lo hacía tan mal, porque es un hombre que trabaja con las manos y esa gente aprende rápido los movimientos pequeños.

Y a la mitad del pasodoble, mi madre se rio.

No de él. Con él. Una risa de las suyas, corta, con la cabeza un poco hacia atrás, en medio de una plaza, un jueves de julio, agarrada a un desconocido de treinta y cinco años que resulta que era el hombre que su hija llevaba tres meses guardando en un cajón.

Y yo, mirando aquello desde la esquina de la tómbola, con la riñonera y un paquete de tiritas en la mano, entendí una cosa que no voy a escribir aquí porque en ese momento tampoco me la dije con palabras.

Solo pensé: esto no lo puedo arreglar.

Y luego pensé: no hace falta arreglarlo, no está roto.

Y luego dejé de pensar, porque don Ramón se acercó a la pista.

Se había puesto camisa. Camisa planchada y del cuello duro, un dieciséis de julio, a treinta grados. Esperó a que se acabara el pasodoble, esperó a que Martín le devolviera a mi madre con una especie de reverencia torpe que hizo reír a dos señoras, y entonces dio tres pasos y le tendió la mano.

Mi madre miró la mano.

Miró a Maruchi, que estaba a seis metros con el móvil en alto.

Miró la barra, que llevaba veinte minutos sin caja.

Y dijo:

—Ay, hijo, un momentito nada más. Que la caja está sola.

Y bailó.

Bailó entero el siguiente, que era otro pasodoble porque Marisma siempre pone dos seguidos, y lo bailó a treinta centímetros, con la espalda muy recta y la barbilla levantada, hablando todo el rato de la caja.

Cuando volvió, se sentó en su sitio, abrió el cajón, contó los tickets y le dijo a Fina, sin que nadie le hubiera preguntado nada:

—Por no dejarle ahí con la mano tendida, pobre.

—Claro, mujer.

—Que da mucha pena.

—Muchísima.

—Y baila fatal.

Baila muy bien. Lo vio todo el mundo.

A las doce y cuarto, Manolo el churrero, que llevaba desde el día quince por la mañana en aquella esquina sin dirigirle la palabra a un solo ser humano, levantó la vista de la freidora, miró hacia la plaza y dijo, para él o para el aceite:

—Esos dos se casan.

No especificó cuáles.

Y en ese momento, a seis metros, Maruchi levantó el móvil por encima de las cabezas, buscó el encuadre, y disparó con flash.