17. El cupo cubierto
Capítulo diecisiete
El cupo cubierto
E l octavo se llamaba Andrés, era maestro de primaria y no tenía absolutamente nada de malo.
Eso, si me permiten, es un problema de otro orden.
Los siete anteriores me habían dado material.
De cada uno se podía sacar una historia, una frase, un párrafo de encuesta.
Yo llegaba a casa y tenía algo que contar, aunque solo me lo contara a mí misma en una hoja cuadriculada.
Un hombre que graba audios. Un hombre que lamina.
Un hombre que tarda cuarenta segundos en decir Torrente.
Andrés llegó cinco minutos tarde y se disculpó explicando por qué, que es lo que hace la gente que llega tarde de verdad y no la que llega tarde por táctica: se le había quedado un niño esperando en la puerta del colegio porque el padre no aparecía, y se había quedado con él hasta las siete menos cuarto.
—¿Y apareció?
—Apareció. Con la moto en la mano y una excusa muy mala.
—¿Muy mala?
—Malísima. Pero el niño se la creyó, así que valía.
Cenamos en un vasco de la calle Cardenal Cisneros. Pidió él dos cosas y yo dos cosas y compartimos las cuatro sin negociarlo, lo cual, a estas alturas de mi vida, ya es más de lo que consiguen la mayoría de los matrimonios.
Hablamos de nuestros trabajos, que resultaron ser el mismo trabajo.
Los dos nos pasamos el día con gente que viene a contarnos una cosa y quiere contarnos otra.
Los dos tenemos un mostrador, aunque el suyo mide un metro veinte y tiene sillas alrededor.
Me contó lo de un niño de tercero que le lleva todos los lunes un dibujo de un dinosaurio con una enfermedad distinta, y que él ha llegado a tener que inventarse tratamientos.
—El de la semana pasada tenía anginas.
—Eso es fácil.
—Es facilísimo. El problema fue el de febrero, que tenía «tristeza en las patas».
—¿Y qué le mandaste?
—Andar. Y compañía.
—Eso está bien recetado.
—Es que se lo pregunté a mi madre.
Nos reímos. Nos reímos varias veces, y bien, con esa risa que sale de la conversación y no de los chistes.
Y a la segunda copa de vino descubrí que aquel hombre jugaba en mi liga.
Esto hay que explicarlo. En mi casa se discute de una manera concreta: frases cortas, sin ceder nunca del todo, y gana el que se calla último.
Yo aprendí con mi madre y llevo treinta y dos años entrenando contra una campeona.
En la calle no me sirve de nada, porque la gente normal, cuando le devuelves la pelota seca, se queda esperando a que le expliques que era una broma.
Andrés no esperó.
—Los maestros tenéis muchas vacaciones.
—Tenemos las vacaciones de los niños. No es lo mismo.
—Son las mismas semanas.
—Son las mismas semanas y el mismo ruido.
—El ruido lo pones tú.
—El ruido lo pongo yo y me lo llevo a casa, como los deberes. Vosotros cerráis a las ocho y media.
—Nosotros libramos cuando cerramos.
—Vosotros libráis cuando cerráis y tenéis guardias.
—Tenemos guardias.
—Pues ya está.
—Ya está.
Y ninguno de los dos cedió, y a los dos nos hizo gracia, y él levantó la copa un centímetro sin decir nada, que es lo que hace mi madre.
—Ahora dime una cosa —siguió—. ¿Por qué habéis puesto las gafas de leer al lado de la caja?
—Porque se venden.
—Se venden porque están al lado de la caja.
—Se venden porque la gente que necesita gafas de leer no se entera de que las necesita hasta que intenta leer un prospecto encima de un mostrador.
—Eso ha sonado a que lo tenías preparado.
—Es que me lo pregunta todo el mundo.
—¿Y siempre contestas eso?
—Siempre. Con la misma pausa.
Se rio, esta vez de verdad, y pidió otra ración de lo que estábamos comiendo sin consultarlo, y acertó.
Aquella cena, objetivamente, fue la mejor de las ocho. Con diferencia. No hubo un solo momento incómodo, no miró el móvil, no habló de dinero, trató al camarero por su nombre porque resulta que le da clase a su hija.
Y no pasó nada.
Nada de nada. Ni un pinchazo, ni una tontería, ni ese momento en que a una le da por mirar cómo alguien coge un tenedor. Yo estaba allí, cómoda, riéndome, comiendo bien, y por dentro estaba tan quieta como un martes por la tarde.
Y me dio rabia. Me dio muchísima rabia, y me la sigue dando cuando lo escribo, porque llevaba siete cenas quejándome de los hombres imposibles y resulta que cuando me sentaron delante de un hombre posible yo no tenía nada que ofrecerle.
Así que lo intenté. Con voluntad de laboratorio, lo intenté.
Me obligué a mirarlo bien: tiene una cara agradable, unas manos normales, se ríe con los ojos.
Me obligué a imaginarme un domingo con él.
Me imaginé el domingo entero, con desayuno y todo, y salió un domingo perfectamente correcto en el que yo no estaba.
Fue entonces cuando él dejó la copa y me hizo la pregunta.
—Oye, ¿qué es lo mejor que te ha pasado este mes?
Y yo, sin pensarlo, contesté.
Le conté lo de los botones. Le conté que había una tienda cerrada en la calle de atrás, y quince cajas de zapatos, y una mujer que los clasificaba por el carácter de la señora que iba a llevarlos, y que había cajas que ponían «feos pero fuertes» y otras que ponían «bonitos pero flojos», y que estuve hora y media sentada en el suelo con las rodillas dobladas leyendo tapas en voz alta.
Le conté hasta lo de la caja que ponía MÍOS, con un botón dentro y nadie a quien preguntarle.
Debí de tardar cuatro minutos. Que son, según mis registros, exactamente seis veces lo que tardaba yo en contestar a cualquier cosa aquella temporada.
Cuando terminé, Andrés estaba sonriendo. Con toda la cara. Sin ninguna pena.
—A mí no me mires así —dijo.
—¿Cómo?
—Así. Tú ya tienes el cupo cubierto.
—No sé de qué me hablas.
—Ya.
—De verdad que no.
—Que sí, Lola. —Se echó atrás en la silla, tranquilo—. Yo llevo doce años sentando a niños de ocho años delante de mí y preguntándoles qué tal el fin de semana. Sé perfectamente cuándo alguien se está acordando de algo mientras me habla a mí.
—Te he contado una anécdota de unos botones.
—Me has contado una anécdota de unos botones durante cuatro minutos y no has dicho una sola vez de quién es la tienda.
Y ahí me callé, que es lo que hago yo cuando pierdo.
—No pasa nada —dijo—. De verdad. Es más: es lo mejor que me ha pasado a mí esta noche, porque llevo ocho meses de estas cenas y esta ha sido la primera en la que me lo he pasado bien.
—Yo también me lo he pasado bien.
—Ya lo sé. Las dos cosas son verdad.
Pidió la cuenta. Discutimos por pagar, con toda la formalidad del caso, y pagamos a medias porque los dos éramos igual de tercos y ninguno cedió, y en la calle nos dimos dos besos y me dijo una última cosa mientras se ponía la chaqueta.
—Si algún día se te desocupa el cupo, avisa.
—¿Y si no?
—Y si no, dile a tu madre que soy encantador. Que es lo que soy.
Volví andando.
Y por el camino me hice todo el repertorio, que ya me lo sé: que qué me pasa, que qué tengo yo en la cabeza, que un hombre así se lo quita de las manos cualquiera de las hijas de las Vocales, que a los treinta y dos años una no está para desperdiciar cenas de esta calidad.
Me acordé de Óscar, que es lo que hago siempre en el minuto once del trayecto.
Con Óscar tampoco pasó nada, al principio.
Empezó siendo un chico correcto que me caía bien, y estuvimos siete años funcionando con eso, y funcionaba, hasta que un domingo por la tarde dejó de funcionar y él tuvo la honestidad de decirlo y yo la cobardía de no haberlo dicho antes.
Y yo he sacado de aquello una conclusión que llevo tres años administrándome como si fuera una medicina, y que es esta: si no hay nada al principio, no aparece luego.
Lo cual es probablemente falso. Lo cual es, de hecho, la única teoría de mi vida que no he sometido nunca a revisión, y yo soy una mujer que revisa hasta los caducados del expositor de al lado de la caja.
Me dije que Andrés era perfecto. Lo odié un poco por eso. Y después me odié dos veces por haberle odiado a él, que no había hecho absolutamente nada más que llegar tarde por un niño y preguntarme lo que nadie me preguntaba.
En casa saqué la encuesta.
Puntualidad: cinco minutos tarde, con motivo. ¿Pagó? A medias, por empate técnico. ¿Ex? No. ¿Camarero? Le da clase a su hija. Madre: viva, y es ella la que receta compañía.
Y entonces llegué a la diez.
¿Repetirías?
Y me quedé un rato largo mirando la casilla.
Porque si escribía «no», mi madre iba a levantar la cabeza.
Mi madre lleva tres años leyendo estas hojas con la atención de un perito calígrafo, y a un candidato como Andrés no se le dice que no sin dar explicaciones.
Un no a Andrés es un dato. Un no a Andrés significa que hay otra cosa.
Y mi madre, con un dato así, tarda cuatro días en tener un nombre y seis en tener una dirección.
Cogí el boli.
Escribí: «Sí».
Y me salió la letra de los pedidos, que es la que hago cuando escribo deprisa para no pensar en lo que estoy escribiendo.
Después, en la once, puse un cinco. Que era mentira por arriba y por abajo a la vez, y que fue, oficialmente, la primera vez en toda mi vida que le mentí a mi madre por escrito.