La madre que me parió 16. ¿Tiene… esto?
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16. ¿Tiene… esto?

Capítulo dieciséis

¿Tiene… esto?

L a semana siguiente fue la semana más rara de mi carrera profesional.

Lunes. Entró a las diez y diez. Se paró delante del mostrador, miró el expositor de detrás con una concentración de opositor y señaló una caja azul de la tercera balda.

—¿Tiene… esto?

De usted. Otra vez.

Era un aspirador nasal.

—Tengo.

—Pues eso.

—¿Para quién es?

—Para un sobrino.

—¿Cuántos años tiene el sobrino?

—Cuatro.

—Con cuatro años ya se suena solo.

—Es que es muy suyo.

—¿Y dónde vive el sobrino?

—En Edimburgo.

—¿Y va a llevarle usted un aspirador nasal a Edimburgo?

—Se lo mando.

—Por correo.

—Por correo.

—A Escocia.

—Es que allí no los hay así.

Los hay exactamente así. Los hacen en Suecia y los vende media Europa. No dije nada.

Se lo llevó. Ocho euros con noventa.

Martes. Entró a las diez y cuarto, esta vez con un abrigo que no hacía ninguna falta en junio, y señaló la segunda balda.

—¿Y esto?

—Eso es un tensiómetro.

—Ah. Muy bien.

—¿Se lo pongo?

—No, no. Yo preguntaba.

Se llevó unos algodones. Uno con cincuenta.

Miércoles. Y aquí es donde el asunto alcanza la categoría de leyenda del barrio, aunque el barrio no se enterase nunca, porque la única testigo firmó un pacto de silencio conmigo que ha respetado durante exactamente cuatro días.

Entró a las diez y veinte. Se plantó. Recorrió las baldas con la vista, muy despacio, buscando algo que fuera lo bastante pequeño para justificar una compra y lo bastante grande para justificar una conversación, y en algún momento de esa búsqueda, con la fatiga del cuarto día consecutivo, señaló al azar.

—¿Tiene… esto?

Era un sacaleches.

Miré la caja. Miré a Martín. Martín miró la caja. Y entonces vi, con toda claridad, el momento exacto en que un hombre adulto se da cuenta de lo que acaba de señalar y toma la decisión, en cuatro décimas de segundo, de no rectificar.

—Tengo —dije.

—Ya lo veo.

—¿Se lo envuelvo?

—Sí.

Se lo envolví.

Cuarenta y dos euros con noventa y cinco.

Cogió la bolsa, dio las gracias, dijo «que vaya bien» y salió a la calle con la espalda muy recta, y yo tuve que agacharme detrás del mostrador a colocar unas cajas que estaban perfectamente colocadas.

Jueves. Once y diez de la mañana. Volvió con la bolsa.

—Vengo a devolver esto.

—¿Hay algún problema con el producto?

—El producto es magnífico.

—¿Entonces?

—Que no lo necesito.

—Ya.

—Nunca lo he necesitado.

—Ya.

—En ningún momento.

Y ahí, señores, empezó la espiral, porque yo no le iba a poner las cosas fáciles a un hombre que llevaba cuatro días señalando cosas al azar en mi farmacia.

—¿Tiene el ticket?

—¿Hace falta el ticket?

—Para una devolución, sí.

—¿Y sin ticket no se puede?

—Sin ticket no consta que lo haya comprado aquí.

—Usted me lo vendió.

—Yo sé que se lo vendí. Pero el sistema no sabe nada. El sistema solo sabe lo que pone en el papel.

—¿Y usted no puede decirle al sistema que se lo vendió?

—Yo al sistema no le digo nada. Yo con el sistema tengo una relación estrictamente administrativa.

—¿Y si yo le dijera que lo compré aquí?

—Le creería.

—Pero no bastaría.

—No bastaría.

—¿Y si lo jurara?

—Menos.

—¿Menos?

—El sistema desconfía especialmente de la gente que jura.

Sacó el ticket. Lo llevaba en el bolsillo de la camisa, doblado en cuatro, planchado por la cara interna con la palma de la mano, y me lo entregó como se entrega un pasaporte en una frontera con la que uno no se fía del todo.

Lo cogí. Lo miré. Estaba impecable.

—¿Ha estado guardando el ticket?

—He estado guardando el ticket.

—¿Desde ayer?

—Desde ayer.

—¿Dónde?

—En la camisa.

—¿Toda la noche?

—La camisa estuvo en una silla toda la noche. El ticket estuvo en la camisa. —Se pasó la mano por la nuca—. No quiero dar la impresión de que he dormido con el ticket.

—Yo no he dicho nada.

—Lo ha pensado.

—Yo no pienso en horario comercial.

Metí el importe. Le devolví los cuarenta y dos con noventa y cinco en efectivo, porque había pagado en efectivo, cosa que no había pensado hasta ese momento y que en ese momento sí pensé.

Y cuando el cacharro escupió el papel de la devolución, lo corté, lo doblé por la mitad y lo metí en el cajón, debajo de la bandeja de los bolis, encima de los otros seis.

El único con devolución. En un cajón entero de tickets sin devolución.

Cerré el cajón con la cadera.

—Que vaya bien —dijo.

—Adiós.

Se fue. Pasaron cuatro segundos.

Susi, que llevaba toda la semana callada como una tumba, sacó un rotulador del bolsillo de la bata —lo llevaba encima, eso es lo que me tuvo pensando el resto de la mañana—, fue al almacén y no la vi escribir. Volvió a los cuarenta segundos y siguió con lo suyo.

A la hora de comer entré a por una caja de suero y allí estaba, debajo de CEPILLOS INTERDENTALES: 14:

SACALECHES: 1 (devuelto)

—Baja de ahí.

—Es un dato.

—Baja.

—Lola, es un dato. En un juicio, esto es un dato.

Bajó de la banqueta y me puso el rotulador delante, en horizontal, encima del mostrador, como se pone una prueba.

Y ahí tuvimos la cumbre.

—Vamos al almacén.

—No hay nada que hablar.

—Lola.

Fuimos al almacén.

Susi tiene veinticuatro años y una capacidad para estructurar una acusación que a mí me da miedo pensar dónde la ha aprendido. Se puso delante de la pizarra y la usó como si fuera una presentación. Señalando y todo.

—Uno. Aspirador nasal. Sobrino de cuatro años que, según él, «es muy suyo». Dos. Algodones. Nadie viene a una farmacia a por algodones, los algodones se compran cuando ya estás dentro por otra cosa. Tres. —Golpe de nudillo en la pizarra—. Sacaleches.

—Se equivocó.

—Nadie se equivoca de sacaleches.

—Señaló mal.

—Señaló mal, lo compró, se lo llevó a su casa, durmió con él y volvió al día siguiente con el ticket planchado. —Se giró—. ¿Tú has visto ese ticket? Ese ticket estaba mejor conservado que mi DNI.

—Susi, el hombre está vaciando el piso de su abuela.

—Y catorce cepillos interdentales.

—Está pasando por un momento…

—Catorce, Lola.

—…un momento muy difícil, y esta farmacia es de las pocas cosas de este barrio que siguen abiertas, y a lo mejor lo que necesita es un sitio donde le hablen.

Que es, por cierto, la mitad de lo que hacemos aquí.

Y tú lo sabes. Y no hace falta que montes un…

—abarqué la pizarra con la mano— …un tablón.

—Es una pizarra de pedidos.

—Es un tablón.

—Es la misma pizarra donde pone «llamar a Ortiz».

—Pues ponlo debajo de Ortiz.

—Está debajo de Ortiz.

Susi me dejó terminar. Eso fue lo peor: que me dejó terminar del todo.

—Vale —dijo—. ¿Y el jueves de la tormenta?

—¿Qué jueves de la tormenta?

—El jueves de la tormenta, que yo me fui al dentista a las seis y volví el viernes y me encontré el suelo fregado a las ocho de la tarde. Tú no friegas a las ocho. Tú friegas a las nueve, cuando cierras. —Cogió el rotulador de la mesa—. ¿Qué pasó el jueves de la tormenta?

Y ahí me oí a mí misma decir, con un tono medio agudo que no era el mío y con una velocidad completamente innecesaria:

—Vino a traer las medicinas de su abuela para el SIGRE, que llevaba cuatro meses sin poder tirarlas, y estuvimos hablando de eso, y luego entró Loli a por el Sintrom de Pepita porque a Pepita le quedaba una pastilla, una, y ya está, y se armó un lío con el pin de la tarjeta. ¿Quieres un café?

Silencio.

—¿Un café? —dijo Susi—. Son las once y veinte.

—Pues un descafeinado.

Susi tapó el rotulador.

—Lo del pin de la tarjeta —dijo— no te lo he preguntado.

Volvimos al mostrador y despachamos una crema para el eccema de la nieta de Charo y estuvimos tres horas sin mencionarlo.

A las dos, mientras yo hacía el pedido, Susi habló desde el taburete sin levantar la vista.

—Esto ya no es una compra.

—Susi.

—Esto es un ajuar.

Aquella noche, en casa, me senté a la mesa de la cocina con las encuestas por rellenar y no rellené ninguna.

Lo que hice fue coger un folio en blanco y escribir la pregunta once, entera, con su numeración y todo, como si estuviera copiando un examen.

Del 1 al 10, ¿cómo de viva te sentiste?

Y escribí debajo, deprisa: «el jueves de la tormenta».

Y lo taché.

Y escribí: «tirando medicinas de una señora muerta, mira qué bien».

Y lo taché.

Y escribí: «no era el jueves, fue el jueves anterior, contando botones».

Y taché eso también, y luego taché la pregunta, y luego arrugué el folio y lo tiré, y fui a la basura y lo saqué, y lo rompí en cuatro antes de volverlo a tirar, porque una cosa es tirar un papel y otra cosa es que ese papel esté entero en un cubo dentro de tu propia casa.