15. Punto SIGRE
Capítulo quince
Punto SIGRE
L a tormenta empezó a las siete menos veinte y a las siete y cuarto la calle era un río.
En la farmacia, cuando llueve así, pasan dos cosas. La primera es que no entra nadie. La segunda es que la luz se pone rara: la de la calle se apaga y la nuestra, que es fluorescente y blanca, se queda sola y hace que todo parezca las cuatro de la mañana en un hospital.
Susi se había ido a las seis por lo del dentista. Yo estaba haciendo el recuento del cajón de estupefacientes, que es una tarea que exige silencio y por eso me gusta cuando llueve.
Y a las siete y veinticinco se abrió la puerta.
Martín entró empapado. No mojado: empapado. Con el pelo pegado a la frente y la camisa oscura de agua en los hombros, y con una caja de cartón contra el pecho, tapada con una bolsa de basura que había perdido la batalla a mitad de camino.
—Perdona.
—Pasa.
—Estoy dejando todo perdido.
—Es una farmacia. El suelo se friega.
Puso la caja en el mostrador. Le di papel y se secó la cara y el pelo, y le dio la vuelta al papel, y se secó las manos, y ahí se le acabó el papel y el trámite.
—Es lo de mi abuela —dijo—. Lo de tirar.
Abrí la caja.
Yo despaché a Maruja Otero durante nueve años. Eso significa que lo que había dentro de aquella caja lo había vendido yo.
Estaban las cajas del antihipertensivo, con la etiqueta de nuestra farmacia pegada en un lateral, con nuestra letra, con la posología escrita a boli por Susi en las últimas y por mí en las de antes.
Estaban los sobres del calcio que ella se tomaba a regañadientes.
Estaba la caja de la crema para las manos, casi entera, que ella decía que era para las manos y era para los nudillos.
Estaba un colirio caducado en 2019 que no sé qué hacía ahí.
Y estaba, encima de todo, una caja sin abrir, con el precinto puesto, dispensada el catorce de enero.
Maruja se murió el diecinueve.
Las saqué de una en una y las fui poniendo sobre el mostrador. No sé por qué las puse en fila. Se me ocurrió que había que ponerlas en fila.
Una caja de un antibiótico de 2021, con dos comprimidos dentro, que es la manera universal de guardar un antibiótico. Un frasco de jarabe para la tos, medio, con el tapón pegajoso. Una caja de las que se recetan para la ansiedad, de las de diez, con nueve. Nueve.
Y unas gafas de leer de las de farmacia, de las de tres euros noventa y cinco, de una dioptría y media, que no tenían nada que hacer en aquella caja y que se habían caído dentro porque estaban encima de la mesilla.
Se las di.
—Esto no va al SIGRE.
Las cogió, las miró y las dejó en el mostrador, apartadas, y ya no las volvió a tocar.
—¿Esto se puede tirar aquí?
—Se puede tirar aquí.
—¿Todo?
—Todo. Las cajas, los blísteres, los tubos. Lo que no va es el cartón suelto ni los prospectos, pero eso da igual, eso lo separo yo luego.
—¿Y a dónde va?
—A una planta. Lo recogen, lo clasifican y lo destruyen.
—¿Y eso quién lo paga?
—Los laboratorios.
—Ah.
Cogió el borde del mostrador con las dos manos y se quedó mirando la fila de cajas.
—Perdona que pregunte tonterías.
—No son tonterías.
—Es que llevo cuatro meses tirando cosas y esto es lo único que no he sabido tirar.
He tirado ropa. He tirado un armario entero.
Llevé a un punto limpio una silla de ruedas y una cuña, que eso sí que…
—Se paró—. Y esto lleva desde febrero encima de la mesa de la cocina y todos los días paso por delante.
—Es que esto es distinto.
—¿Por qué es distinto?
Y le contesté la verdad, que es lo que no había que hacer.
—Porque las medicinas son lo último que hace una persona por seguir aquí.
El contenedor está detrás del mostrador, a la izquierda, junto al mueble de las recetas. Es una caja blanca y verde de plástico, de tamaño mediano, con una tapa basculante y un dibujo. No tiene ninguna solemnidad. Es exactamente igual de solemne que un cubo de basura, y esa es la parte difícil.
Levanté la tapa.
Y luego di dos pasos atrás.
Esto lo he pensado mucho después y creo que fue lo único que hice bien aquella tarde.
Yo tengo una facilidad enorme para resolverle las cosas a la gente.
Podría haber cogido yo las cajas y haberlas metido, y él me lo habría agradecido, y se habría ido a su casa con el asunto liquidado y sin haber hecho nada.
Así que me aparté y me quedé al lado de la báscula, sin decir nada.
Él tardó un poco. Cogió la primera —el antihipertensivo, la caja empezada— y la sostuvo un momento, mirando la etiqueta.
—Aquí pone su nombre.
—Sí.
—Y pone «una al día, por la mañana».
—Eso lo escribí yo.
Levantó la vista.
—¿Tú?
—Con letra grande, porque ella no se ponía las gafas para eso. Se las ponía para coser y no para leer las cajas, y se lo dije mil veces.
Martín se rio. Fue una risa corta, de dos golpes, con la boca cerrada, y se le fue enseguida.
—Es que era imposible —dijo.
—Era imposible.
—El año pasado le compré unas de esas de cadena, para que las llevara colgadas. Le hizo mucha gracia el gesto.
—¿Y se las puso?
—Se las puso el día que se las di. —Metió la caja. Sonó el plástico de la tapa al cerrarse y volver—. Y me mandó una foto. Y hasta hoy.
Después fue más rápido. Los sobres del calcio, el colirio de 2019, el jarabe pegajoso, los tres blísteres sueltos.
La caja de las de la ansiedad, con nueve, la sostuvo un momento más que las otras y no dijo nada, y yo tampoco, porque en esa caja hay siempre una historia y no siempre es asunto de nadie.
Y al final se quedó con la caja precintada del catorce de enero en la mano.
—Esta no la llegó a abrir.
—No.
—Se la vendiste tú.
—Se la vendí yo. Era un jueves. Le pregunté por ti.
Martín se quedó muy quieto.
—¿Qué?
—Le pregunté por ti. No por ti sabiendo quién eras. Le pregunté por su nieto, porque siempre le preguntaba por su nieto, porque ella siempre hablaba del nieto de Escocia. Todo el barrio sabía que había un nieto en Escocia.
—¿Y qué dijo?
—Dijo que estabas muy liado.
Y entonces se le rompió la cara. No lloró. Se le rompió la cara un segundo y medio y volvió a montarse, que es una cosa que hacen los hombres de treinta y cinco años y que a mí, personalmente, me parece de las cosas más difíciles de mirar que hay.
Metió la caja.
Cerró la tapa.
Y se quedó ahí, delante del contenedor, con las manos vacías, y yo di el paso que no tenía que dar.
No fue un paso grande. Fue medio. Fue el medio paso que separa estar al lado de alguien de estar con alguien, y cuando lo di, él se giró, y de repente estábamos a treinta centímetros, entre el mostrador y el mueble de las recetas, en una farmacia vacía, con el ruido del agua fuera y esa luz blanca de hospital que hacía que todo pareciera importante.
—Lola.
—Sí.
Y no dijo nada más, porque a esa distancia ya no hacen falta las palabras: hace falta un gesto, y el gesto estaba a punto de ocurrir. Yo tenía la mano en el borde del mueble. Él bajó la mirada un momento, lo que se baja la mirada, y la subió.
Y en ese instante exacto, alguien empezó a aporrear el cristal de la puerta.
—¿¡ESTÁ ABIERTO!?
Loli. Con un chubasquero rosa hasta las rodillas, un paraguas roto por dos varillas y la cara pegada al cristal, haciendo visera con la mano.
—¿¡SE PUEDE!?
Le abrí.
Entró chorreando. Dejó el paraguas apoyado en el expositor de los chupetes, hizo un charco perfectamente circular en las baldosas y miró alrededor con la naturalidad de quien entra en su propia cocina.
—Ay, hija, qué a gusto. —Se sacudió—. Huele a cerrado. Ventila.
—Loli, son las ocho menos veinte y está diluviando.
—Pues por eso. El aire tiene que correr.
Nos miró a los dos, cada uno en un extremo del mostrador, con la eficacia de una mujer de setenta y un años que ha entrado en cuatro mil casas ajenas.
—¿Interrumpo?
—No —dijimos los dos a la vez.
—Es que Pepita se ha quedado sin Sintrom. Se lo dije el lunes. Se lo dije: Pepita, mira la caja. Y me dice ella: si tengo. Y tenía una. Una, Lola. Una pastilla es no tener nada.
Le saqué el Sintrom.
Loli lo pagó con la tarjeta y estuvo dos minutos y medio buscando el pin, que es lo que dura la fase final de todas las visitas de Loli, y en esos dos minutos y medio Martín se quedó donde estaba, mirando la caja de cartón vacía encima del mostrador, con las manos en los bolsillos.
Cuando Loli se fue, la puerta se cerró y la lluvia volvió a ser lo único que sonaba.
Él cogió la caja vacía y la dobló por la mitad.
—Bueno —dijo.
—Bueno.
—Gracias.
—No hay de qué.
Fue hasta la puerta. La abrió. Entró un golpe de agua fría y de olor a asfalto mojado, y ahí, con medio cuerpo fuera, se giró.
—Otro día… —dijo—. Otro día traigo más cosas que tirar.
Y se fue bajo aquella tormenta como un idiota magnífico, sin correr, con una caja de cartón doblada debajo del brazo, y yo me quedé fregando un charco redondo que había dejado una señora de setenta y un años, que es el trabajo que a mí me corresponde en esta vida.