14. Cuarenta segundos
Capítulo catorce
Cuarenta segundos
U n minuto doce.
La pregunta era «¿te lo estás pasando bien?».
Pero empecemos por el principio, que si no, no tiene mérito.
El séptimo candidato fue el primero al que mi madre le puso un diez.
Esto hay que entenderlo en su contexto. Mi madre lleva tres años puntuando hombres sobre diez con una severidad que ya quisieran las oposiciones.
Álex sacó un 8,5 y le faltaba el pan. A Ignacio le puso un 8 y le quitó medio punto por «demasiado organizado», que es un reproche que solo puede hacer una mujer que lleva una libreta de anillas con rúbrica.
Al poeta le dio un 6 y una nota al margen que decía «pero tiene sensibilidad», que en el idioma de mi madre significa que no tiene piso.
A Rubén le puso un diez.
Y no solo eso: trajo la ficha en un sobre.
—¿Por qué en un sobre?
—Para que no se doble.
—Mamá.
—Es que estas cosas se pasan de mano en mano y luego se estropean.
Dentro había una foto que, por primera vez en toda la operación, no estaba recortada del boletín.
Estaba impresa. En papel fotográfico, del quiosco de la calle Sierra, donde Maruchi imprime las de sus nietos.
Y en la foto había un hombre de treinta y cuatro años en la boda de alguien, con traje azul, mirando a cámara, que era objetivamente, incontestablemente, sin lugar a discusión posible, guapísimo.
—¿De dónde has sacado esto?
—Del bautizo no. Este es de la boda de la hija de Fina.
—¿Y estuvo Fina hablando con él?
—Fina, Maruchi, Pepita y la consuegra.
—¿Las cuatro?
—Las cuatro. Y las cuatro dicen lo mismo.
—¿Qué dicen?
—Que es un encanto.
Debería haber preguntado cuánto rato había hablado cada una con él. Es lo que se pregunta en mi profesión: no qué le pasa, sino desde cuándo y cuántas veces. Pero es que era muy guapo, y yo, aunque me pese, soy de este mundo.
Cenamos en un sitio de la calle Ponzano con las paredes de espejo. Esto va a ser importante.
Llegó puntual. Se levantó. Olía bien. Me apartó la silla, que es un gesto que a mí me parece de otro siglo y que en él resultó natural, y se sentó, y me dijo que estaba muy guapa, y luego se calló.
Y ahí empezó todo.
Yo he tenido cenas malas. Llevo siete meses documentándolas.
He cenado con un hombre que le mandaba audios a su madre, con un hombre que quiso convertir mi farmacia en un almacén de paquetes y con un hombre que me presentó a su exmujer por videollamada mientras el vino me llegaba a la manga.
Todas aquellas cenas eran, digan lo que digan, acontecimientos. Tenían argumento. Se podían contar.
Lo de Rubén no se puede contar y por eso lo estoy contando así.
Primer intento: la pregunta abierta. Es lo que hago en el mostrador cuando alguien no sabe explicarme lo que le pasa. Se pregunta ancho y se deja hablar.
—¿Y qué tal el trabajo?
—Bien.
—¿En qué departamento estabas?
—Siniestros.
—¿Y eso qué es exactamente?
—Pues siniestros.
Tres segundos. Le miré la cara buscando ironía, sequedad, incomodidad, timidez, algo. No había nada. Estaba tranquilo. Estaba, de hecho, mucho más cómodo que yo.
Segundo intento: la anécdota propia. Cuando el paciente no habla, habla el farmacéutico, y a veces eso lo suelta. Le conté lo del hombre que había comprado catorce cepillos interdentales. Le puse gracia. Le puse ritmo. Terminé con la frase de Susi, que es un buen final.
Rubén sonrió. Con toda la cara, además: le funcionan los ojos, hay que decirlo.
—Qué bueno.
Y se acabó.
En este punto de la noche yo empecé a mirar los espejos, porque él llevaba mirándolos desde que nos sentamos.
No de una forma vanidosa, y esto es lo raro y lo que me tuvo entretenida un rato largo: no se miraba a sí mismo con gusto.
Se miraba de la manera en que uno mira una pantalla apagada.
Cada vez que la conversación hacía una pausa —y hacía muchas— sus ojos iban al espejo del fondo.
Yo me giré dos veces para comprobar si había algo detrás de mí.
No había nada detrás de mí.
Tercer intento: la provocación. Llegados a cierto punto, si el paciente no reacciona, se le aprieta.
—Rubén, ¿tú quieres estar aquí?
—Claro.
—Lo digo porque llevamos cuarenta minutos y me has hecho una pregunta.
—¿Solo una?
—Solo una. Me has preguntado si había aparcado bien.
Se lo pensó. Y aquí fue cuando saqué el móvil, lo puse en la pierna, debajo del mantel, y le di al cronómetro. Por ciencia. Porque a partir de ese momento aquello dejó de ser una cita y pasó a ser un estudio observacional con un solo sujeto y ningún grupo de control.
—Es que yo escucho —dijo.
Doce segundos. Eso fue rápido, para lo que venía después.
Medición uno. A los cincuenta minutos le pregunté cuál era su película favorita. Es la pregunta más fácil del mundo. Es la pregunta que le haces a un niño de siete años en una boda.
Le dio al cronómetro.
Uno. Dos. Tres. Rubén miró el mantel. Rubén miró la copa. Rubén miró el espejo del fondo. Una pareja se sentó en la mesa de al lado y pidió y le trajeron el pan. Yo me comí una aceituna entera, con hueso, deshuesándola en la boca, y todavía sobró tiempo.
Cuarenta segundos.
—Torrente.
Y no sé qué me ofendió más, si la espera o el destino.
Miento: sí lo sé. Me ofendió que una parte de mí, la que vino peinada, la que se había planchado la camisa verde a las siete y media de la tarde, pensara en ese momento «bueno, es una respuesta simpática».
Medición dos. A los sesenta y cinco minutos, entre el segundo y el postre:
—¿Qué haces los fines de semana?
Cincuenta y cinco.
—Depende.
Aquí ya no me molesté en preguntar de qué. Aquí ya estaba yo trabajando.
Porque a esas alturas de la noche había llegado a un diagnóstico, y el diagnóstico era este: aquel hombre no era tonto, ni maleducado, ni tímido, ni le caía yo mal. Aquel hombre no tenía dentro nada que no le hubieran puesto.
Nos trajeron la cuenta a los ochenta y ocho minutos y ahí hice la última.
Pero antes pasó una cosa que conviene consignar, porque es la prueba clínica.
A los setenta y cinco minutos, la chica de la mesa de al lado —veintitantos, cenando con otras dos— se levantó a ir al baño y le tocó pasar por detrás de él.
Y al pasar, hizo eso que hace la gente: mirar y seguir andando y volver a mirar.
Y cuando volvió, dos minutos después, sus dos amigas ya estaban giradas.
Rubén no se enteró. O sí, pero de la manera en que uno se entera de que hace sol.
Y yo, que llevaba una hora y cuarto trabajando aquello como si fuera un caso, tuve por fin el cuadro completo.
Ese hombre lleva treinta y cuatro años siendo mirado.
En el colegio, en el instituto, en la boda de la hija de Fina.
Ha recibido, calculo, varios miles de sonrisas de desconocidos y ni una sola pregunta con intención de escuchar la respuesta, porque a un hombre así no se le pregunta: se le contempla, se le lleva a los sitios y se dice de él «es un encanto».
Fina había hablado con él cuatro minutos. Maruchi, tres. Pepita, uno y medio.
Cuatro minutos con Rubén son maravillosos. Yo llevaba setenta y cinco.
Medición tres.
—¿Te lo estás pasando bien?
Le di al cronómetro debajo del mantel.
Y el hombre —y esto se lo reconozco, y se lo reconoceré siempre— se lo pensó.
Se lo pensó de verdad. No estaba buscando la respuesta educada: estaba buscando la respuesta.
Le vi trabajar. Le vi mirar el espejo del fondo y no encontrar nada, y volver, y mirarme a mí, y hacer un esfuerzo enorme, genuino, sincero, por localizar dentro de sí mismo qué le estaba pasando exactamente en ese momento.
Un minuto doce.
—Sí —dijo.
Y sonrió, y volvió a ser el diez de la foto, y a mí se me quedó una cosa fea en el estómago que no era desprecio y que tardé dos días en identificar y que era pena.
Paré el cronómetro con el pulgar por debajo del mantel.
Con la misma mano, sin sacarla, levanté dos dedos hacia el camarero.
Al día siguiente, mi madre entró en la farmacia a las once y veinte con la cara que pone cuando cree que ha ganado.
—¿Y bien?
—Es guapísimo.
—¿Verdad que sí?
—Guapísimo, mamá. La foto se queda corta.
Mi madre se apoyó en el mostrador con las dos manos, radiante, dispuesta a que le contase el resto, y ahí me di cuenta de que no había resto.
De que no tenía absolutamente nada que contarle.
Que aquella cena, la única de las siete que no había producido ni una anécdota, era también la única que ella iba a considerar un éxito, y que yo no tenía manera humana de explicarle por qué había vuelto a casa más sola que ninguna otra noche.
—¿Y qué más?
—Nada más.
—¿Cómo que nada más?
—Que nada más, mamá. Que no hay más.
Mi madre me miró unos segundos, cogió su bolso y dijo que se le hacía tarde para la novena.
En la ficha, cuando me la devolvió tres días después, había tachado el diez y había escrito encima un nueve.
Sin explicación, sin nota al margen y sin una sola de las siete apostillas que me pone siempre.
La guardé en la carpeta con las otras seis.