19. Cosas del comité
Capítulo diecinueve
Cosas del comité
E l día después de la verbena la farmacia es una consulta de urgencias con música de fondo.
Vienen los estómagos. Viene la gente con la tensión disparada de dormir cuatro horas y comer torreznos.
Viene la señora que dice que a ella el orujo de Pepita le sentó fatal, y viene Pepita, media hora después, a decir que a la señora lo que le sentó fatal fueron seis.
Viene un chaval con una quemadura de los churros y otro con el tobillo torcido de bajar del bordillo bailando.
Aquel viernes despachamos treinta y una recetas antes de las doce y yo estaba de un humor razonable.
A las once entró Pepita.
Pepita entra en mi farmacia una media de dos veces por semana y de esas dos veces, en una, me interroga.
Es su función en el organigrama. Pepita es la que pregunta.
Lleva ocho meses preguntándome por cada una de las ocho cenas, a veces antes de que se hayan producido, y una vez me preguntó por una que se canceló, con detalles.
Aquel viernes compró un antiácido y se fue en cuatro minutos.
—¿Qué tal la verbena, Pepita?
—Bien, bien.
—El orujo hizo estragos.
—Ay, sí.
Y ya. Ni una pregunta. Ni sobre la cena de Andrés, que había sido el viernes anterior y sobre la que ella tenía derecho adquirido a interrogarme; ni sobre el candidato del sábado, que era «el bueno» y del que ella misma había dado el parte a Loli en la cola del pan.
Salió mirando el suelo, con el antiácido en la mano, y se chocó con el expositor giratorio de las gafas de leer, que lleva ahí seis años.
Susi levantó la vista de la pantalla.
—Esa señora sabe algo.
—Esa señora tiene ardor.
—Esa señora tiene ardor y sabe algo.
Mi madre entró a las once y veinte.
Y estaba rara.
Lo primero fue el saludo. Mi madre entra en la farmacia y dice «hola, hija» o dice «qué calor» o dice «esa puerta chirría».
Son las tres opciones. Aquella mañana entró, dijo «hola» a secas y se fue directa al expositor de los caramelos de eucalipto, que estaba perfectamente colocado porque lo había colocado ella el martes.
Lo segundo fue el móvil.
Mi madre tiene una relación con el móvil de una franqueza absoluta: lo saca, se lo pone a un palmo de la cara, lee moviendo los labios y comenta en voz alta lo que está leyendo, sea lo que sea y esté quien esté delante.
«Dice Maruchi que ha llovido en Toledo».
«Ay, la nieta de Fina se ha cortado el pelo». Es un servicio informativo.
Aquel viernes sacó el móvil siete veces en veinte minutos y no comentó ni una.
Y a la séptima, cuando yo terminé con la señora del tobillo y me acerqué al expositor, lo guardó. De golpe. Con las dos manos y contra el pecho, en un gesto que yo no le había visto hacer nunca y que era, sin la menor duda, el gesto de una adolescente.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Mamá.
—Nada, hija. Cosas del comité.
—¿Qué cosas?
—Cosas.
Y aquí es donde empezó lo que a mí me tuvo dos días de mal humor, porque a partir de ese momento mi madre hizo algo mucho peor que discutir conmigo.
Empezó a darme la razón.
—Tienes ahí las cajas de la promoción en medio del paso.
—Sí, hay que quitarlas.
—Van a tropezar.
—Tienes toda la razón.
—…
—¿Qué?
—Nada.
Aquí conviene entender cómo funciona esto en mi familia.
Cuando mi madre dice que las cajas están en medio del paso, la respuesta correcta, la que llevamos treinta y dos años ensayando, es «esas cajas se van mañana» o «lleva ahí dos días, mamá» o, en un mal día, «pues no pases por ahí».
Y entonces ella dice que ella solo lo comentaba, y yo digo que ya, y ninguna de las dos cede, y así se pasa una mañana entera.
«Tienes toda la razón» es una rendición. Y una rendición sin combate no es una victoria: es una noticia.
Cuatro minutos después:
—Mamá, esta noche no puedo cenar, que hago inventario.
—Muy bien.
—¿Muy bien?
—Que muy bien, hija. Tú a lo tuyo.
Mi madre lleva tres años quejándose de que no ceno con ella los viernes.
Ha construido sobre ese tema una jurisprudencia completa, con precedentes, agravantes y una referencia recurrente a la hija de la Manoli, que cena con su madre todos los días y por eso está como está, que no sé cómo está pero mi madre lo dice con envidia.
«Tú a lo tuyo» no existe en el vocabulario de mi madre. «Tú a lo tuyo» es lo que dice la gente que está pensando en otra cosa.
Es como ver un semáforo en morado. No sabes qué hacer, pero sabes que algo va mal.
Susi, desde el taburete, sin mirar a ninguna de las dos:
—¿Tu madre está bien?
—Mi madre está estupendamente.
—Es que le has dicho que hoy no cenas con ella y no ha dicho nada.
—Ya.
—Lola, a mí me dijo en marzo que las hijas que no cenan con sus madres luego lloran mucho en los tanatorios.
—Eso te lo dijo por decir.
—Me lo dijo a mí. Yo no soy su hija.
A las doce menos veinte se me acercó al mostrador y me miró.
Me miró de una manera concreta que yo he intentado describir muchas veces y que solo me sale con vocabulario de trabajo: me miró como se mira una receta que no cuadra.
Cuando llega una receta con una dosis que no es la que le corresponde a ese paciente por edad y por peso, uno no la rechaza inmediatamente: la lee otra vez, mira el nombre, mira la fecha, calcula, y decide si el que se ha equivocado es el médico, el sistema o uno mismo.
Mi madre me estuvo leyendo así unos cuatro segundos.
—¿Qué pasa? —dije otra vez.
—Que estás muy guapa.
—Mamá.
—Que sí. Que has cogido color.
Y se fue a las doce menos cuarto, con dos horas menos de las que se queda siempre.
Aquella tarde me llamó a las cinco y veinte.
—Hija, lo del sábado se cancela.
Lo del sábado era el candidato número nueve, y el candidato número nueve llevaba fraguándose desde antes de la verbena.
Era, según ella, «el bueno». Lo había dicho tres veces.
Lo había dicho en el grupo, según me contó Loli en la cola del pan.
Un chico de Fina, o de la consuegra de Fina, con una descripción que incluía las palabras «formal», «con una casa en el pueblo» y «que le gustan los perros».
—¿Se cancela por qué?
—Porque no.
—Mamá, «porque no» no es una razón.
—Es que estoy reestructurando la cartera.
Silencio.
—¿Qué estás haciendo?
—Reestructurando la cartera. —Y lo dijo con una naturalidad absoluta, como quien dice que está haciendo croquetas—. Hay que revisar. Llevamos ocho y no hemos acertado ninguna. Eso es que algo está fallando en el criterio.
—O es que no hay nadie.
—Siempre hay alguien.
—Mamá.
—Siempre hay alguien, Lola. Lo que pasa es que a veces está mal colocado.
Colgó.
Y yo me quedé con el teléfono en la mano, en el almacén, entre dos cajas de suero fisiológico, elaborando teorías. Elaboré tres aquella tarde y las tres eran completamente equivocadas, cosa que solo sé ahora.
Teoría número uno: se ha enfadado conmigo. Por algo de la verbena. Por no haberme quedado en la barra, por haberme ido a las doce y media, por algo que dije y que no recuerdo.
Teoría número dos: está enferma. Esta la tuve doce minutos y fueron doce minutos malos. Es la teoría que tenemos todos los hijos de una mujer de sesenta y uno cuando esa mujer hace algo raro dos días seguidos. Repasé su última analítica, que la tengo, porque se la hago yo la receta. Estaba bien.
Teoría número tres, la que más me duró y la que más me gustaba: se ha cansado. Después de tres años, ocho cenas y una libreta entera, mi madre por fin se ha aburrido de esto, y lo del sábado es el principio del final, y en septiembre esto se habrá acabado y yo habré ganado.
Esa noche cené con ella, aunque había dicho que no, porque hice el inventario en hora y media y porque las tres teorías me habían dejado con una cosa rara en el pecho que no era alergia, aunque yo entonces lo llamé alergia.
Estuvo normal. Habló de la verbena, de lo mal que había quedado la tómbola con lo de las Milagrosas y de que Fina tenía todavía diecinueve en el maletero. Habló de la humedad. Preguntó por Susi.
No preguntó por ninguna cita.
Y cuando me fui, en la puerta, con las llaves ya en la mano y el rellano oliendo a la cena de los del quinto, mi madre hizo una cosa que no hace.
Me cogió la cara con las dos manos y me dio un beso en la frente.
Bajé los cuatro portales que hay entre su casa y la mía, que se hacen en cuarenta segundos, y los hice pensando exactamente esto:
Lo de la frente no lo hace nunca. Lo de la frente lo hizo cuando lo de la abuela y lo hizo la mañana del entierro de papá. Lo de la frente es que alguien se ha muerto.
O algo peor.