La madre que me parió 11. Nácar
29%

11. Nácar

Capítulo once

Nácar

E l paquete llegó un jueves y era un error de reparto, y yo lo supe en cuanto lo cogí.

Ponía OTERO, calle Sierra, y el mayorista lo había dejado en la farmacia porque en esta calle todos los repartidores hacen lo mismo desde hace veinte años: si no hay nadie, se lo dejan a la farmacéutica, que abre.

Dentro había, según la etiqueta, hilo de coser industrial.

Cuarenta bobinas. Un pedido hecho por Maruja Otero en algún momento del otoño pasado, procesado con la lentitud majestuosa de los proveedores del gremio, y entregado cinco meses después de que la clienta se muriera.

Podía haber llamado. Tenía el teléfono de la tienda en el fichero, de cuando le llevábamos las recetas a domicilio.

Lo llevé a las nueve y veinte de la noche, andando, con la caja debajo del brazo.

Había luz. La persiana estaba subida un metro escaso, lo justo para agacharse, y de dentro salía ese olor que tienen las tiendas viejas cuando se abren después de mucho tiempo: cartón, polvo de tela y algo dulce que no sabría nombrar.

En el cristal de la puerta seguía puesto el cartel escrito a mano. VUELVO A LAS CINCO. Llevaba cinco meses volviendo a las cinco.

Me agaché y llamé con los nudillos en la lama.

—¿Se puede?

Martín estaba sentado en el suelo, en medio de la tienda, con las piernas cruzadas y una caja de zapatos en el regazo, rodeado de otras catorce o quince cajas iguales.

Yo no había entrado en la mercería desde diciembre. Fui a por unas agujas para mi madre y Maruja me tuvo veinte minutos contándome que las agujas de ahora se doblan.

La tienda seguía exactamente igual, y ese era el problema.

Los cajones del mueble largo, con sus tiradores de latón y sus etiquetas escritas a mano.

El metro de madera clavado en el borde del mostrador, con el cero pulido de sesenta años de telas pasando por encima.

Los maniquíes de busto, dos, con sus alfileres puestos.

La silla de las clientas, que en las mercerías siempre hay una silla porque las clientas se sientan.

Lo único distinto era el suelo, que estaba lleno de cajas de zapatos abiertas, y el hombre sentado en medio.

—¿Eso es para mí?

—Es hilo. De su abuela. Lo pidió en octubre.

Se levantó, cogió la caja, la abrió allí mismo y se quedó mirando las cuarenta bobinas colocadas por gamas, del blanco roto al negro, con esa gradación que tienen los hilos y que no tiene ninguna otra cosa en el mundo.

—Cuarenta —dijo.

—Cuarenta.

—Qué optimismo.

Lo dijo sin amargura. Dejó la caja sobre el mostrador, en un hueco entre otras dos, y se quedó de pie sin saber qué hacer con las manos, que es un problema que yo conozco bien porque lo tengo.

—¿Quiere… quieres un vaso de agua? Es lo único que hay.

—¿Qué estás haciendo?

—Inventario.

—¿De qué?

Y en vez de contestar señaló el suelo.

Los botones de Maruja Otero ocupan quince cajas de zapatos y cuatro cajones del mueble largo, y no están clasificados por tamaño, ni por color, ni por material, ni por ninguno de los criterios que a mí, en los diez segundos que dediqué a pensarlo, me parecieron los criterios evidentes.

Me senté en el suelo sin que me lo pidiera. No me lo pensé. Eso también lo he repasado luego.

—Léeme una —dijo.

Cogí una caja. En la tapa, con rotulador y letra de posguerra, ponía: «Botones de señora seria» .

—Vale —dije—. ¿Y esto qué quiere decir?

—Ábrela.

Dentro había botones negros, marrón oscuro y gris marengo. Grandes. De pasta y de asta. Todos serios, en efecto. Aquello no era un chiste: era una categoría perfectamente operativa.

—Coge otra.

«Señora que se lo cree» . Dentro: dorados, con relieve, dos de ellos con un ancla.

—Madre mía.

—Sigue.

«Para abrigo de hija» . «Para abrigo de madre» . Botones casi idénticos, dos cajas distintas, y me llevó un rato entender que la diferencia era medio centímetro y treinta años.

—Aquí hay una que pone «Los del sábado» —dije.

—Esa no la he descifrado todavía.

—¿Y esta? «No vender».

—Esa tampoco. Hay tres cajas de «no vender» y no tienen nada en común. Llevo cuatro días con eso.

Seguí.

«Del abrigo de la Paqui» . Seis botones forrados de tela escocesa, uno de ellos con el forro descosido.

«Militares» . Dorados, con ancla también, y estos con una historia detrás que ninguno de los dos íbamos a saber nunca.

«Los que pican» . Aquí levanté la cabeza.

—¿Los que pican?

—Metal barato. Da alergia. —Se encogió de hombros—. Los separaba y no los tiraba.

—¿Por qué no los tiraba?

—Porque un botón no se tira. Eso es una ley. Puedes tirar la prenda entera, pero antes le cortas los botones.

«Para cuando abra el tiempo» . Botones de verano, claros, de plástico ligero.

«Feos pero fuertes» .

«Bonitos pero flojos» .

Y esas dos, puestas una al lado de la otra en el suelo de una mercería vacía, me parecieron el resumen más completo del mercado matrimonial que ha producido este país.

Se sentó otra vez enfrente de mí, con una caja en las rodillas.

—Es que este sistema no tiene lógica —dije.

—Tiene toda la lógica.

—No la tiene. Un sistema es algo que otra persona puede usar.

—Un sistema es algo que sirve para encontrar lo que buscas.

—Volcó la caja con cuidado sobre la tapa, para verlos todos—.

Y funcionaba. Entraba una señora, decía «vengo a por unos botones para un abrigo», mi abuela le miraba la cara y sabía a qué caja ir.

No fallaba. Yo he estado aquí de crío viendo cómo no fallaba.

—Eso no es un sistema. Eso es ella.

—Eso es un sistema —dijo— basado en una única persona. Que es el peor tipo de sistema que hay, y también el único que ha funcionado siempre en este barrio.

No tuve nada que oponer a eso, y menos yo, que tengo una farmacia que mi padre montó sobre exactamente el mismo principio.

Estuvimos hora y media.

Yo iba leyendo tapas y él iba anotando en una libreta lo que se podía anotar.

En algún momento apagó la radio, que estaba puesta muy bajita, y ninguno de los dos dijo nada del silencio.

En algún otro momento me contó que la máquina de coser del pasillo era de 1961 y que la había comprado su abuelo, y que era lo único de toda la tienda que él sabía arreglar y que por eso no la había tocado todavía.

—¿Y todo esto qué va a ser?

—Todo esto va a ser un local de setenta metros con salida de humos.

—Los botones, digo.

Se quedó callado el tiempo justo.

—Los botones no lo he pensado.

—Pues son quince cajas.

—Son quince cajas y cuatro cajones. —Movió una con el pie, muy despacio, sin levantarla—. Lo que se puede vender, se vende a otra mercería. Hay una en Tetuán que compra restos. Lo que no, no lo sé. Nadie hereda botones. Los botones no salen en el testamento.

En el fondo del cuarto cajón del mueble largo había una caja más pequeña que las otras, de las de puros, y no tenía etiqueta escrita a rotulador. Tenía una pegatina blanca, de las de precio, con dos letras.

MÍOS .

La abrí.

Dentro había un botón. Uno solo. De pasta marrón, corriente, de los de bata, con cuatro agujeros y el canto un poco comido.

Se lo enseñé sin decir nada. Él lo miró un rato largo.

—Ni idea —dijo—. Y ya no hay a quién preguntarle.

Cerró la caja y la volvió a poner en el cajón, en el fondo, en su sitio.

Y en algún otro momento fuimos a por la misma caja.

Estaba a mi izquierda y a su derecha. Su mano llegó antes; la mía cayó encima, y la aparté con la profesionalidad de mostrador, que es como aparto yo las cosas que quiero coger.

—Perdón.

—Nada.

Leí la etiqueta en voz alta, por decir algo con las letras.

—«Nácar bueno».

—Esa sí la entiendo.

Los abrió. Eran pequeños, planos, de un blanco que no era blanco, y al moverlos cambiaban de color como cambia el agua. Los fue sacando de uno en uno y poniéndolos sobre la tapa, en filas, y cuando terminó había cuarenta y siete botones y ninguno era exactamente igual que otro.

—Estos los cosía ella a mano —dijo—. Los de nácar no se cosen a máquina, porque se rompen.

—¿Y no se venden?

—Se venden. Pero se acaban los juegos. Compras seis para un abrigo y sobra uno, y ese uno se queda aquí para siempre, porque nadie compra un botón solo.

Cogió uno de la fila. Lo miró al trasluz de la bombilla.

—Este lleva aquí desde antes que yo.

Me lo dio.

No dijo nada al dármelo, ni una frase, ni un chiste, ni una explicación. Me lo puso en la palma de la mano con dos dedos, como se dejan las cosas que pesan menos de lo que valen, y volvió a lo suyo.

Yo cerré la mano.