12. El chakra del apego
Capítulo doce
El chakra del apego
—¿Qué es un espacio de energía neutra?
—Un sitio donde nadie ha sufrido.
Yo tenía dos objeciones a eso y las dos me las guardé, porque la primera era el aparcamiento de la planta menos dos un sábado y la segunda era mi propia vida.
Tardé cuarenta minutos en llegar. Cuarenta minutos de M-40 un sábado por la tarde para tomar un café con un desconocido, y por el camino me acordé de lo que me había dicho Jorge en la puerta del japonés: que la gente que hace listas no las abandona a la mitad, que las termina aunque a la tercera ya sepa que no.
Iba yo por la salida veintitrés dándole la razón a un arquitecto técnico que había fingido cenar conmigo.
Aparqué en la menos dos, entre un pilar y un todoterreno mal metido, y subí tres escaleras mecánicas oyendo una versión de saxofón de una canción que me gustaba en el instituto.
Se llamaba Uriel. La ficha de mi madre decía «trabaja en el sector del bienestar», que es una manera de escribir cuarenta cosas distintas, y decía también «tiene coche», dato que ella siempre pone y que yo, después de este, entendí que pone porque es lo único verificable.
Nos sentamos en una cafetería del centro comercial que da a la pista de hielo. Pidió un té rojo. Yo pedí un café con leche y ahí, ya, empezamos con mal pie.
—¿Cuántos llevas hoy?
—Dos.
—Ajá.
—¿Ajá qué?
—Nada. Que ajá.
Sacó el móvil, lo puso boca abajo —esto hay que reconocérselo: es el único de los cinco que puso el móvil boca abajo— y me preguntó a qué me dedicaba. Se lo dije. Cerró los ojos un momento, como quien recibe un dato pesado, y asintió despacio.
—Lo suponía.
—No lo suponías. Está en la ficha.
—Hay cosas que están en las fichas y hay cosas que están en el cuerpo.
Después me pidió que le contara qué había comprado esa semana en el supermercado.
Se lo conté, porque tengo cuarenta minutos de conversación de mostrador al día y me sale contestar. Le dije: leche, café, pan de molde, tomates, pechuga, un yogur griego, cuatro plátanos y una bolsa de pipas.
—Ahí está.
—¿Dónde.
—Los plátanos.
Y a partir de ahí hizo lo que él llamó una lectura de la cesta y que consistió en explicarme, con notable fluidez, que los plátanos son un alimento de urgencia, que la pechuga es proteína sin celebración, que el pan de molde es «pan que no exige nada» y que las pipas eran, y cito, «lo único que has comprado esta semana con el corazón».
—¿Y el yogur griego?
—El yogur griego es una promesa.
—¿De qué?
—De que algún día vas a desayunar sentada.
—Yo desayuno sentada.
—¿En tu casa o de pie en la farmacia?
Yo desayuno de pie en la farmacia.
—En mi casa.
—Ajá.
Y esto es lo peor: en lo de las pipas tenía razón.
Pero no por lo que él creía. Y eso no se lo iba a decir yo a un hombre que llevaba un cuarzo colgado del retrovisor.
—¿Y qué diagnóstico saca usted de mi carro? —le pregunté, y aquí perdí yo el tuteo, que me pasa siempre que me pongo profesional.
—No es un diagnóstico. Los diagnósticos son de la medicina.
—Ya. Yo soy de la medicina.
—Ya lo sé. Por eso te está costando.
Lo que sacó de la cesta, para acortar, fue que yo tengo el chakra del apego bloqueado. Que doy y no recibo. Que llevo, aproximadamente, tres años en modo supervivencia. Y que mi cuerpo está pidiendo a gritos una desprescripción.
—¿Una qué?
—Una desprescripción. Soltar la química.
—¿Qué química?
—Toda.
—Yo no tomo nada.
—Todos tomamos algo.
—Yo, de verdad, no tomo nada. Tomo ibuprofeno cuando me duele la cabeza y me tomé una amoxicilina en enero por una muela.
—¿Y la muela?
—Se curó.
—¿Seguro?
Miré la pista de hielo. Había una niña dando vueltas agarrada a un pingüino de plástico y me pareció, en ese momento, la persona más sensata del edificio.
Lo que vino después duró veinticinco minutos y fue, en lo esencial, un combate.
Él hablaba en frecuencias, en bloqueos y en información celular.
Yo hablaba en principios activos, en biodisponibilidad y en ensayos con grupo de control.
Él decía que la industria. Yo decía que qué industria.
Él decía que la industria sabe. Yo le preguntaba qué sabe exactamente y quién es la industria y si tiene NIF.
Él decía que él no está en contra de la medicina, que él está a favor de la persona, y yo le decía que la medicina también, que si no, no se le hubieran curado las anginas a los nueve años.
—¿Cómo sabes que tuve anginas a los nueve años?
—Porque todo el mundo tuvo anginas a los nueve años.
—Eso es estadística.
—Eso es exactamente estadística, sí.
—La estadística no cura a nadie.
—La estadística es lo único que ha curado a alguien alguna vez. —Removí el café—. Lo demás son casos.
—Los casos son personas.
—Los casos son personas de las que no sabes nada, porque las que no mejoraron no vuelven a contártelo.
Ahí paró un segundo. Le vi buscar el sitio por donde entrar y encontrarlo, hay que reconocérselo, muy rápido.
—¿Tú te has tomado alguna vez algo sabiendo que no te iba a hacer nada?
—Sí.
—¿Ves?
—Un placebo hace algo. Está medido. Hay ensayos enteros para medir exactamente cuánto hace, y hace bastante.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No estamos de acuerdo. Estamos diciendo la misma frase por motivos contrarios.
—Eso pasa mucho.
—Eso pasa siempre, y por eso hay que leer los estudios y no las frases.
Ninguno de los dos cedió un centímetro. Eso hay que decirlo. Fue el duelo más equilibrado de todo el pacto de mi madre y salimos los dos convencidos de haber ganado, que es lo que pasa siempre en estos casos.
Y entonces me leyó el aura.
Me pidió que apoyara las dos manos en la mesa, con las palmas hacia arriba, en una cafetería, un sábado, delante de una pista de hielo.
Yo, que llevaba cuarenta minutos defendiendo el método científico, apoyé las dos manos en la mesa con las palmas hacia arriba.
No sé explicar por qué. Es la misma parte de mí que deja pasar la vez.
Cerró los ojos. Puso sus manos sobre las mías sin tocarlas, a dos centímetros, y estuvo así medio minuto largo, moviéndolas despacio.
—Tienes el pecho cargado.
—Es abril.
—No es alergia.
—Es alergia.
—Es duelo.
Y eso, hay que reconocerlo, fue un buen tiro. Fue un tiro a ciegas, con la escopeta de perdigones de las mil verdades genéricas, y me dio en una parte de mí que yo tenía muy bien cerrada, y ahí estuvo el hombre a punto de ganarme el asalto.
Así que hice lo único que sé hacer cuando me tocan.
Saqué del bolso el blíster de paracetamol que llevo siempre, le di la vuelta, y le leí el prospecto en voz alta con la misma entonación que había usado él: despacio, en voz baja, dejando aire entre las frases.
—«Paracetamol. Quinientos miligramos». —Pausa—. «Comprimidos». —Pausa—. «Lea todo el prospecto detenidamente antes de empezar a tomar este medicamento, porque contiene información importante para usted».
Uriel abrió los ojos.
—«Conserve este prospecto, ya que puede tener que volver a leerlo».
—Vale.
—«Si experimenta efectos adversos, consulte a su médico, incluso si se trata de efectos adversos que no aparecen en este prospecto».
—Ya está.
—Es que esto también es una liturgia. La diferencia es que la mía la ha firmado alguien.
Pidió la cuenta.
Y ahí llegó el remate, que yo no había previsto y que sigo sin poder explicar del todo.
Uriel me dijo que él, por principio, no cobra las primeras sesiones.
Le dije que aquello no era una sesión. Me dijo que todo es una sesión.
Le dije que entonces lo entendía. Sacó de la mochila una carpeta y de la carpeta un papel impreso, con un mandala en la cabecera y sus datos abajo, que decía FACTURA ENERGÉTICA y que tenía, en el cuerpo, un importe: cero euros.
—Es simbólico.
—Ya veo que es simbólico. Pone cero.
—El cero también es una cifra.
Y debajo, un código QR para Bizum.
Cuando llegó el camarero con el datáfono, Uriel sacó su tarjeta de una funda de fieltro morado, hecha a mano, con una piedra pequeña cosida en la solapa, y pagó los dos tés y mi café con leche sin discutirlo, con una generosidad rápida y sin gestos que fue, francamente, el mejor momento de su noche.
Lo acompañé hasta la escalera mecánica.
—Piénsate lo de la desprescripción —dijo.
—Me lo pienso.
Cuando llegué a casa, rellené la encuesta con una diligencia que no había tenido con ninguna otra. Fui feliz en la pregunta siete.
¿Te habló de criptomonedas, gimnasio o Camino de Santiago? (marca todas las que procedan).
Camino de Santiago: dos veces. En espiral.