La madre que me parió 10. Guerra de libretas
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10. Guerra de libretas

Capítulo diez

Guerra de libretas

E l cuarto candidato lo puso otra vez la vecina del cuarto, lo cual, en términos deportivos, significa que la vecina del cuarto llevaba dos de dos y ninguna dentro.

—Este es distinto —dijo mi madre.

—Eso dijiste de Borja.

—De Borja no dije nada, que a Borja lo puso ella sola y a mí me pareció fatal.

—Te comiste las croquetas.

—Yo me como lo que me traen, Lola. Eso se llama educación.

La ficha decía: Jorge. Treinta y tres. Arquitecto técnico.

Hijo de Mari Cruz, la del coro. Piso propio, pequeño pero céntrico.

Aspecto: muy arreglado. Y en banderas rojas, en la letra pequeña de mi madre, un dato que ella había considerado necesario consignar y que a mí me tuvo entretenida media mañana:

No se le conoce novia formal. (Es selectivo).

Debajo, la casilla de siempre: «Lola dirá que no porque… dirá que no porque le parecerá poca cosa que sea del coro, pero del coro salen los mejores».

Quedamos en un japonés que había elegido él.

Llegó cuatro minutos antes que yo, y cuando entré ya estaba de pie, y me dio dos besos, y me dijo que estaba muy guapa con una precisión que no me esperaba: no dijo «estás muy guapa», dijo «te queda muy bien ese verde», que es otra categoría de comentario.

Nos sentamos en una mesa de dos, junto a la cristalera, con un espejo largo en la pared del fondo.

Pidió él, después de consultarme todo. Pidió, concretamente, un menú degustación de once pasos.

—Once —dije.

—Es que si pides poco, luego se hace corto.

Lo apunté en la parte de atrás de la cabeza sin saber todavía dónde archivarlo.

Los primeros cuarenta minutos fueron los cuarenta minutos más educados de mi vida adulta.

Hablamos del barrio. Hablamos de su trabajo, que consiste en revisar que lo que dibujan otros se pueda construir de verdad, y del mío, que consiste en lo mismo con recetas.

Nos reímos dos veces. Preguntó por mi padre con delicadeza y sin escarbar. No miró el móvil ni una sola vez.

Y sin embargo.

Yo llevo catorce años detrás de un mostrador y he desarrollado un instinto que no me sirve para nada en la vida privada pero que en el trabajo es infalible: sé cuándo alguien me está contando el motivo verdadero por el que ha venido y cuándo me está contando el motivo de la puerta.

La señora que entra a por unas vitaminas y a los seis minutos, cuando ya no queda nadie, pregunta otra cosa.

El señor que compra tres cajas de algo para justificar la cuarta.

Jorge me estaba contando el motivo de la puerta con una fluidez impecable.

Primer dato: se había sentado de espaldas al espejo, lo cual, si te sientas de espaldas a un espejo en un local con la entrada detrás, significa que estás viendo la entrada perfectamente todo el rato.

Segundo dato: cuando entró una pareja de señoras de unos sesenta años, dejó de hablar durante segundo y medio.

Tercer dato: el menú de once pasos.

Y el cuarto, el definitivo, fue a los postres. Trajeron un mochi y él lo miró, cogió aire y dijo:

—¿Puedo preguntarte una cosa muy fea?

—Pregunta.

—¿Tú a esto has venido voluntaria?

—No.

—Vale. —Dejó la cucharilla—. Yo tampoco.

Y ahí nos miramos por primera vez en toda la noche como se miran dos personas y no como se miran dos candidatos.

—Mi madre no sabe que soy gay —dijo—. Llevo doce años con esto.

Es una señora de setenta y cuatro años, con dos operaciones de cadera, que se toma el hierro que le mandas tú, por cierto, y que canta en el coro los sábados.

Y yo llevo doce años calculando y todavía no he encontrado el momento, y ya no sé si es que no lo hay o es que soy un cobarde.

—Las dos cosas se parecen mucho por fuera.

—Se parecen muchísimo. —Cogió la cucharilla otra vez y no la usó—. Lo siento. Lo de esta noche, digo. Sé lo que es esto y aun así te he hecho venir.

—Yo también he venido sabiendo lo que era.

—Ya. Pero tú venías engañada de otra manera.

Me terminé el mochi. Le pedí que me explicara los once pasos.

Y ahí empezó la parte buena de la noche.

Porque resulta que Jorge llevaba doce años perfeccionando una técnica que él llama, sin ninguna ironía, «la cita señuelo», y que tiene protocolo, y que me expuso durante los cuarenta minutos siguientes con la seriedad de un hombre que presenta un proyecto de ejecución.

Regla uno: menú largo. Una cita corta se puede repetir; una cita de tres horas se cierra sola. «Si a las once y media seguimos comiendo, mi madre no me puede decir que no lo he intentado».

Regla dos: local con espejo o con cristalera. Nunca de espaldas a la puerta. «Mi madre tiene a cuatro señoras en un radio de dos kilómetros y una de ellas cena fuera los jueves».

Regla tres: pagar siempre. «Es lo único que no admite discusión al día siguiente».

Regla cuatro, y esta la dijo mirando la mesa: ser encantador de verdad. No fingir. Porque las mujeres que van a estas cenas van tan poco voluntarias como él, y ya bastante tienen.

—Esa regla es más cara que las otras tres —dije.

—Esa regla es la única que me sale gratis.

Pedimos otra botella de agua con gas y sacó el móvil, y yo pensé que se acababa la conversación, y lo que hizo fue buscar una foto en la galería y girármelo.

Era una libreta abierta.

—No —dije.

—Sí.

—No me lo puedo creer.

—Mi madre lleva libreta desde 2019.

Le arranqué el móvil de la mano.

Y aquí, señores, es donde la cena se convirtió en un congreso.

La libreta de Mari Cruz es una libreta de anillas, tamaño cuartilla, y funciona por pegatinas de colores.

Verde: disponible. Amarilla: en proceso.

Roja: descartada. Azul: «pendiente de confirmar si sigue soltera», categoría que a mí me pareció, y le insisto a quien quiera oírlo, de una crueldad administrativa notable.

—¿Y las fotos?

—Del boletín.

—¿Del boletín parroquial?

—Del boletín parroquial.

—El mío también.

—Anda ya.

—Del boletín. Recortadas. Con celo.

Jorge dejó la copa en la mesa.

—Entonces las fotos son las mismas.

Tardamos ocho segundos en llegar a la conclusión, y fue una conclusión escalofriante: nuestras madres, que no se conocen, que van a parroquias distintas, que jamás han cruzado una palabra, están alimentando dos bases de datos independientes a partir de la misma fuente documental, que es un boletín de doce páginas que se imprime en una copistería de la calle Sierra y que fotografía bautizos, primeras comuniones y excursiones del hogar del jubilado.

—Nosotros salimos en ese boletín —dijo Jorge.

—Nosotros somos ese boletín.

Después vino el cotejo técnico, que duró hasta que nos echaron.

Yo defendí el sistema de mi madre, que es de rúbrica numérica sobre diez, con puntuación desglosada y observaciones de terceros —la nota de Fina, «ayudó a recoger las sillas sin que se lo pidieran», me la sabía de memoria y se la recité—.

Jorge defendió el de la suya, alegando que el color se lee de un vistazo y que en una libreta de treinta páginas el tiempo de consulta importa.

—El color es impresionista —dije.

—El número es una falsa precisión. ¿Qué diferencia hay entre un siete y medio y un ocho?

—Media. Media diferencia.

—¿Y qué significa esa media?

—El pan.

—¿Cómo?

—Nada. Es largo.

Pasamos las páginas del móvil una a una. Y en la cuarta, Jorge frenó el dedo.

—Espera.

—¿Qué.

—Este.

Amplió la foto. Era una ficha con pegatina amarilla, «en proceso», y en la esquina una foto recortada de un chico de camisa clara, de espaldas a un padrino, en un bautizo.

—No —dije.

—¿Lo conoces?

—Es el uno.

—¿El uno de tu lista?

—El uno de mi lista. Álex. Cenamos en abril. Me propuso convertir la farmacia en punto de recogida de paquetería.

Jorge se quedó mirando la pantalla con la boca ligeramente abierta.

—Mi madre lo tiene en amarillo desde marzo.

—Pues dile que lo pase a rojo.

—No puedo decirle nada, porque si le digo que lo he descartado sin conocerlo me pregunta cómo lo sé.

—Dile que te lo ha dicho una amiga.

—No tengo amigas, según su libreta. Tengo compañeras de trabajo, tres primas y a ti, que llevas cuatro horas.

Y ahí nos dimos cuenta de la magnitud del asunto.

Porque si Álex está en las dos libretas, Álex está en todas.

Y si Álex está en todas, entonces en este distrito hay, circulando desde hace años, un censo no escrito de unos cuarenta hombres solteros de entre treinta y cuarenta y cinco años que van pasando de cena en cena y de pegatina en pegatina, y a los que sus propias madres, en la otra punta del sistema, están gestionando exactamente igual.

—Somos ganado —dijo Jorge.

—Somos ganado con plaza de garaje.

—Tú no tienes plaza de garaje.

—Por eso a mí me toca Álex y a ti te tocará dentro de dos meses.

Le enseñé lo de la casilla de «Lola dirá que no porque…

». Y ahí, por primera vez en toda la noche, Jorge se quedó callado de verdad, mirando la pantalla, y luego dijo una cosa que a mí me dio la vuelta al estómago y que yo aparqué inmediatamente, como aparco yo las cosas, en el cajón donde no molestan.

—Eso es mucho trabajo —dijo—. Eso es conocerte.

—Eso es adelantarse.

—Es lo mismo, Lola.

Nos echaron a las doce y diez.

En la puerta nos intercambiamos los teléfonos con la solemnidad de dos delegados sindicales, y quedamos formalmente en avisarnos si alguna de nuestras madres detectaba a la otra, porque si Mari Cruz y Amparo llegan a cruzarse alguna vez en una excursión del hogar del jubilado, este barrio se acaba.

—Una última cosa —dijo—. Tu madre va a preguntarte qué tal.

—Va a preguntármelo mañana a las nueve.

—Dile que muy bien.

—¿Y luego?

—Luego, dentro de dos semanas, dile que no ha cuajado. Es la forma más limpia. Si dices que mal, insisten. Si dices que bien y luego se apaga, se resignan.

—¿Eso también lo tienes protocolizado?

—Yo lo tengo todo protocolizado menos lo importante.

Levantó la mano para parar un taxi que no venía y, mientras esperábamos, alzó la botella de agua que llevaba en la otra mano, porque se la había llevado del restaurante sin darse cuenta.

—Por nuestras madres —dijo—. Que Dios las conserve lejos.