La madre que me parió 8. El Escorial en catorce meses
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8. El Escorial en catorce meses

Capítulo ocho

El Escorial en catorce meses

A l tercer candidato lo despaché en cincuenta minutos y con café, que es mi récord.

La ficha venía con una advertencia. Mi madre me la entregó el lunes, con la ceremonia de siempre, y encima del papel había pegado un pósit amarillo que ponía, con su letra: «Este es serio. No le hagas eso que haces».

—¿Qué es lo que hago?

—Lo sabes.

—No lo sé.

—Poner la cara.

—¿Qué cara?

—La cara de cuando ya te has ido pero sigues sentada.

Se llamaba Ignacio, tenía treinta y siete años, trabajaba en una consultora y había elegido para vernos una cafetería de las de mármol y camareros de chaleco, en el centro, que a mí me pareció un detalle.

Llegó antes que yo. Se levantó al verme.

Preguntó si prefería la mesa de dentro o la de la cristalera. Nos sentamos en la de la cristalera.

Y a los once minutos sacó una carpeta.

Yo, a estas alturas de mi vida, tengo una relación complicada con las carpetas.

—Antes de nada —dijo—, quiero ser transparente contigo.

—Vale.

—Yo no salgo a conocer gente. Yo salgo a buscar esposa.

Le agradecí la sinceridad y se lo dije de verdad, porque después de Álex y de Sergio, un hombre que te dice a los once minutos exactamente lo que quiere es una cortesía. Lo que ya no me esperaba era el plastificado.

Sacó una hoja. Una hoja plastificada, de las de laminar en papelería, con las esquinas redondeadas.

—Esto es orientativo.

Era un plan. Estaba maquetado. Tenía una línea del tiempo horizontal, con hitos, y encima de cada hito, una etiqueta.

Catorce meses de noviazgo. Los tres primeros, «conocimiento y presentación a familias» (dos meses cada familia, con margen). Del cuarto al noveno, «convivencia parcial supervisada». Pedida en el mes diez. Boda en el mes catorce, en El Escorial, «por disponibilidad y por tradición familiar».

—¿Qué es convivencia parcial supervisada?

—Fines de semana alternos en casa de uno y del otro.

—¿Y lo de supervisada?

—Que hay alguien.

—¿Quién?

—Depende del fin de semana. En mi casa está mi hermana, que vive conmigo desde lo de su separación. En la tuya no sé, eso ya lo verías tú.

—En la mía está mi madre a cuatro portales.

—Perfecto —dijo, y lo apuntó mentalmente, y se le vio apuntarlo.

Y después de la boda, cuatro hitos más pequeños, con nombre.

Los cuatro hitos tenían nombre porque eran cuatro hijos. Ignacio, Álvaro, Covadonga y Mencía. En ese orden. Con un margen de dieciocho meses entre cada uno «por salud materna», lo cual, dentro de todo, era la única línea de la hoja que demostraba consideración hacia mí.

—El colegio está decidido —dijo—, pero eso es negociable.

—¿El colegio de los cuatro?

—De los cuatro. Los hermanos tienen que ir juntos.

—¿Y lo del nombre?

—Ignacio es por mi padre.

—¿Y Mencía?

—Mencía es porque me gusta.

Le pregunté si el plan lo había hecho él y me dijo que sí, que la primera versión hace cuatro años, y que la iba revisando. Le pregunté cuántas versiones llevaba. Me dijo que esta era la novena. Le pregunté qué había cambiado de la primera a la novena.

—Los tiempos —dijo—. La primera eran ocho meses hasta la boda.

—¿Y por qué la alargaste?

—Porque me lo dijeron.

—¿Quién?

—Las tres primeras.

Y entonces, para explicarme una cosa del calendario, abrió la carpeta otra vez y sacó su orla de la universidad.

Plastificada.

Detrás de la orla había una estampa de un santo, del tamaño de una tarjeta de visita.

Plastificada. Detrás de la estampa, una foto de carné de su padre, que había muerto en 2019 y que estaba, esa también, plastificada, y que él tocó con el pulgar al pasarla, un gesto de una décima de segundo que yo vi y del que no dije nada.

Y al final del todo, la parte que a mí me terminó de ganar la tarde: la misma línea del tiempo, otra vez, pero en A3, doblada en cuatro.

—Esa es para las familias —dijo—. Se ve mejor de lejos.

—¿La has enseñado alguna vez?

—Dos veces.

—¿Y?

—La primera se rio. La segunda me dijo que le parecía muy bien y no me volvió a coger el teléfono.

Lo dijo sin autocompasión ninguna, con el mismo tono con que había pedido los cafés, y yo, que llevaba media hora catalogándolo, tuve que reconocer que aquel hombre iba de frente por la vida con una hoja plastificada en la mano, que es más de lo que puede decir el noventa por ciento de la gente que conozco, incluida yo, que llevo tres años dejando pasar la vez en todo.

—Es que la gente cree que esto es rigidez —dijo—. Y no es rigidez. Es que yo ya sé lo que quiero y no me parece bien hacerle perder el tiempo a nadie.

—Ya.

—¿Tú sabes lo que quieres?

—Sé lo que no quiero.

—Eso es la mitad.

—Es la mitad más barata.

Y entonces sacó un rotulador.

De pizarra blanca. Azul. Lo dejó encima de la hoja plastificada, en medio de la mesa, y lo empujó dos centímetros hacia mí con dos dedos.

—Por si quieres proponer cambios.

Yo miré el rotulador. Miré la hoja. Miré al camarero, que pasaba con una bandeja y que no me sirvió de nada.

Cogí el rotulador. Le quité el capuchón. Y en el mes catorce, encima de EL ESCORIAL, escribí: «no».

Después, en el hito de Covadonga, escribí: «no».

Después dudé un segundo en Mencía, porque Mencía era el único que le gustaba a él, y también escribí «no», porque si empiezas a hacer excepciones por pena no acabas nunca.

Ignacio miró la hoja. Asintió con la cabeza, como se asiente ante un dato de mercado desfavorable.

Y entonces cogió la hoja, se la acercó, y con la manga de la camisa —la manga de una camisa buena, azul claro, de un hombre que va a la oficina— borró los tres noes de una sola pasada, sin dejar rastro, sin mirarme, sonriendo un poco.

—Por eso es de pizarra —dijo.

Fue, con diferencia, lo mejor que ocurrió aquella tarde.

Nos despedimos muy bien. Insisto en esto porque en el barrio se cuenta de otra manera: nos despedimos como dos personas educadas que han entendido a la primera.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo, guardando la carpeta.

—Claro.

—¿Tú a qué has venido?

—A cumplir un pacto con mi madre.

—Ya. —Cerró la solapa—. ¿Y de las diez, cuántas llevas?

—Tres.

—Vas a llegar a diez.

—Eso me temo.

—No, si no lo digo por mal. —Se puso de pie y se abrochó el botón de la chaqueta—. Lo digo porque yo también hago listas. Y la gente que hace listas no las abandona a la mitad. Las termina, aunque a la tercera ya sepa que no.

Pagó él, sin carterita lenta. Me dijo que le había gustado conocerme y que le parecía una pena, y yo le dije que a mí también, y las dos cosas eran verdad en la proporción justa.

En la puerta me dio la mano y me deseó suerte con un énfasis que solo se le pone a la gente que crees que la va a necesitar.

Volví por la calle de atrás. Son cuatro minutos más.

Y al llegar a la altura de la mercería lo vi.

Martín estaba en la acera, de espaldas, con las mangas subidas, intentando meter por la puerta de la tienda una cómoda que le llegaba por el pecho.

La tenía puesta de canto sobre una manta doblada y la iba desplazando a base de girarla sobre las esquinas, un pico y luego el otro, como se mueven las lavadoras y los muertos.

Le faltaba medio metro y le faltaba, sobre todo, otro par de manos.

La persiana estaba subida entera, por cierto. Del todo. Alguien había ganado la guerra esa semana y no era la Bestia.

Yo tenía las dos manos libres.

Me quedé en la esquina, detrás de un contenedor, como una imbécil, calculando de cuántas maneras se podía interpretar que la farmacéutica del barrio aparezca a las siete y media de la tarde a levantarle un mueble a un hombre al que ha visto tres veces, y en cuál de esas maneras salía yo bien.

Calculé también, y esto es peor, quién podía estar mirando desde qué ventana.

Hay cuatro ventanas en esa calle que son, a efectos prácticos, cuatro emisoras.

Técnicamente, no era asunto mío.

Me fui por la otra calle. Di un rodeo de siete minutos para llegar a un portal que estaba a doscientos metros, y por el camino me fui explicando a mí misma, con mucho detalle y bastante convicción, que no me había acercado por no molestar.

En casa, rellenando la encuesta de Ignacio, me quedé un rato largo en la pregunta cuatro, la del piso.

Piso propio, escribí. En 2043.

Me hizo gracia a mí sola durante unos ocho segundos.

Después dejé el boli, me levanté, cogí las llaves del recibidor y bajé otra vez a la calle. Anduve los cuatrocientos metros hasta la esquina de la calle de atrás.

La puerta de la mercería estaba cerrada, la persiana echada y la cómoda dentro.