7. La Bestia
Capítulo siete
La Bestia
E l jueves me tocó guardia hasta las diez y media y volví a casa andando, que son once minutos y son míos.
A esa hora el barrio está en una fase que a mí me gusta: las persianas de los comercios ya echadas, la gente del bar de la esquina fuera con las chaquetas puestas, un chaval llamando a un telefonillo con demasiada insistencia.
Yo iba por la calle de atrás, que es más larga pero pasa por delante de la mercería, y llevaba dos meses pasando por delante de la mercería sin mirar el cartel de la puerta, que es una técnica.
Aquella noche había luz dentro. Y en la acera, un hombre peleándose con la persiana.
La persiana metálica de M. Otero mide tres metros y medio y tiene cuarenta años. Estaba bajada hasta la altura del pecho y no bajaba más. Él tenía las dos manos en la lama de abajo, los pies separados, y estaba aplicando una fuerza que se veía desde la otra acera.
—Buenas noches.
Se giró sin soltar la persiana.
—Buenas noches.
—¿Va bien?
—Va estupendamente.
Solté la bolsa en el suelo y me acerqué. Se apartó un paso, por educación, y los dos nos quedamos mirando la persiana con las manos en las caderas, que es la postura reglamentaria.
—¿Se ha atascado?
—No se ha atascado. Ha decidido.
—¿Decidido?
—Lleva tres semanas haciéndome esto. —Se limpió las manos en el pantalón; las tenía negras de la lama—. A mi abuela la respetaba. Con mi abuela subía y bajaba como una seda, y mi abuela pesaba cuarenta y seis kilos y tenía una mano de cera. A mí me ha olido el miedo el primer día.
—Es una persiana.
—Es una persiana con criterio.
—¿Y qué criterio tiene?
—Que yo no soy de aquí. —Volvió a agarrarla, tiró hacia abajo dos veces, sin resultado, y lo dijo sin dramatismo, entre tirón y tirón—. La primera semana bajaba entera. Desde que empecé a vaciar cajones, hasta aquí.
—¿Y no será el muelle?
—Es el muelle.
—Pues entonces no es el criterio.
—Es el muelle y es el criterio. —Se apartó, se puso las manos en las caderas y miró la persiana de arriba abajo, como se mira a un contrincante en el pesaje—. Las dos cosas pueden ser verdad. Don Ángel dice que es la guía izquierda, que se torció en el noventa y dos cuando el camión de las obras.
—¿Don Ángel es el relojero?
—Don Ángel es el vecino de arriba y lleva treinta años diagnosticando esta persiana. Tiene cuatro teorías y ninguna herramienta.
—¿Cuáles son las otras tres?
—La guía izquierda. El muelle. La humedad. Y una cuarta que solo saca cuando ha cenado, que es que mi abuela le echó algo.
—¿Le echó algo a la persiana?
—Le echó algo a la persiana. —Se encogió de hombros—. Mi abuela le echaba cosas a los objetos. A la máquina de coser le hablaba en gallego cuando se atascaba, y funcionaba, y yo no he encontrado la explicación técnica todavía.
Miré la lama. Miré las guías. Miré, sobre todo, la izquierda, que efectivamente tenía una torcedura de tres centímetros a la altura de la cintura y una pintura más nueva que el resto.
Y aquí viene la parte de mí que no controlo.
Yo, delante de un problema, tengo un defecto profesional grave, que es que empiezo a resolverlo antes de que nadie me lo haya pedido.
Una señora entra en la farmacia a decirme que le pica un brazo y yo, si me descuido, le he dado el prospecto entero, dos consejos y un teléfono, cuando lo único que quería la señora era que alguien le mirase el brazo.
Mi padre lo llamaba «despachar de más». Le salía peor a él que a mí.
Así que hice un esfuerzo consciente por no decir «prueba a levantarla del todo y bajarla de golpe», que era exactamente lo que había que hacer.
—Prueba a levantarla del todo y bajarla de golpe —dije.
—Ya lo he probado.
—¿Con las dos manos en el centro?
—Con las dos manos en el centro, con las dos manos en los lados y con el hombro. Y con la rodilla, ayer, lo cual fue un error.
—¿Tienes herramientas?
—Tengo un taller entero en Edimburgo.
—Aquí.
—Aquí tengo un destornillador de estrella y una cinta métrica.
—¿Y una escalera?
—La escalera está dentro. —Señaló la persiana con la barbilla, muy serio—. Detrás de eso.
Lo intentamos siete u ocho minutos. Yo también. Nos pusimos los dos en la lama, contamos hasta tres y tiramos a la vez, y la persiana bajó cuatro centímetros y se plantó con un ruido que sonó a opinión. Lo intentamos otra vez. Nada.
Cuando nos rendimos, él se sentó en el bordillo, sacó del bolsillo de la chaqueta una bolsa de pipas empezada y me la ofreció sin decir nada, como se ofrece algo a alguien con quien ya has perdido una guerra.
Me senté.
Hay conversaciones que no se pueden tener de pie. Es una cosa física: la acera te obliga a mirar hacia delante en vez de a la cara, y eso le quita solemnidad a lo que se dice, y por eso en este país las cosas importantes se han dicho siempre en bordillos, en coches y en cocinas.
Me contó que se llamaba Martín, que llevaba nueve años en Edimburgo y que restauraba muebles.
Que su abuela le enseñó a lijar a los once años en la trastienda de esa misma tienda, con un taburete, y que lo primero que lijó fue una silla que sigue en el piso de arriba.
Que se enteró de lo de Maruja un martes a las siete de la mañana y que tardó veintidós horas en llegar, y que en las veintidós horas no lloró y en el aeropuerto de Barajas, delante de una máquina de café, sí.
—¿Por qué delante de la máquina?
—Porque me pidió el café con leche en gallego.
—¿La máquina?
—La máquina no. La señora de al lado. —Cogió otra pipa—. Le dijo a la máquina «leite» y la máquina no le entendió y yo me puse a llorar como un tonto con un vaso en la mano.
—Eso no es de tonto.
—Eso es lo que me dijo la señora.
Le pregunté por qué Edimburgo. Me dijo que por casualidad, que fue seis meses a un taller a aprender una técnica de acabados y que se quedó nueve años, que es exactamente como se queda la gente en los sitios.
Le pregunté si tenía a alguien allí. Me dijo que un socio, un perro que era del socio y una casa que era de un banco. Le pregunté si volvía.
—Tengo billete para el treinta.
—¿De este mes?
—De este mes.
Yo hice un ruido con la nariz que me salió sin permiso y que él tuvo la elegancia de no interpretar en voz alta.
—¿Y da tiempo?
—No.
—¿Entonces?
—Entonces lo iré cambiando. Llevo cambiándolo desde febrero. —Aplastó la bolsa de pipas para juntar las que quedaban abajo—. Es la cuarta vez. La chica de la agencia ya me conoce la voz.
Que había venido a vaciarlo todo y a vender.
—¿Y hay comprador?
—Hay uno.
—¿Bueno?
—Una franquicia de vapeadores.
Le di a una pipa. Se me quedó una cáscara pegada en el labio y me la quité con el dorso de la mano, y creo que tardé cuatro segundos largos en decir algo, porque lo que quería decir no se podía decir.
Que no. Que ahí no. Que en ese escaparate lleva cuarenta años una mujer poniendo los botones por colores y que el barrio entero ha aprendido a coser mirando ese cristal, y que si ahí ponen luces moradas y sabores de fresa, este trozo de calle se acaba, y que a mí no me da la gana.
Nada de eso era asunto mío.
—Vaya —dije.
—Ya.
—¿Y qué te ofrecen?
—Bastante. —Escupió una cáscara con puntería—. Más de lo que vale. Que es lo que hace que sea difícil decir que no, porque entonces ya no puedes decir que lo haces por dinero. Tienes que decir que lo haces por otra cosa. Y decir en voz alta la otra cosa da mucha vergüenza.
—¿Cuál es la otra cosa?
—Todavía no la he dicho en voz alta.
Nos quedamos con eso.
Y en algún punto de esos veinte minutos —no sé cuál, y lo he pensado mucho— dejó de hablarme de usted. No hubo transición, ni permiso, ni broma sobre el usted. Simplemente en un momento dado dijo «¿tú de dónde eres?» y ya no volvió atrás.
Lo registré. No dije nada.
A las once y veinte nos levantamos. Yo tenía que abrir a las nueve y media y él tenía que hacer algo con una persiana a media altura y una tienda abierta al mundo.
—¿Y qué vas a hacer?
—Dormir aquí, supongo. Como un vigilante jurado, pero peor pagado.
—Puedo llamar a un cerrajero.
—A las once y media de la noche un cerrajero cobra lo que una franquicia de vapeadores.
Se acercó a la persiana. Le puso la mano encima, plana, sobre la lama fría, como quien apoya la mano en el cuello de un caballo, y le dijo algo por lo bajo que no oí.
Y la Bestia bajó.
Bajó sola, entera, suave, con un siseo perfecto, hasta el suelo, y se quedó ahí como si llevara toda la noche esperando a que nos calláramos.
Martín se quedó mirándola.
—Lo hace por vicio —dijo.
Se abrió una ventana en el primer piso de al lado. Don Ángel, en pijama de rayas, con el pelo blanco de punta y las gafas puestas, se asomó, miró la persiana, miró a Martín, me miró a mí, y volvió a meterse dentro.
—¿Otra vez la Bestia? —dijo desde dentro.
—Ya está —contestó Martín.
—Pues cierra con la llave grande.
La ventana se cerró. Martín echó la llave grande. Yo cogí mi bolsa del suelo y me fui a mi casa, once minutos, con las manos negras de la lama y una bolsa de pipas en el bolsillo de la chaqueta que no era mía y que no le devolví.