La madre que me parió 9. El señor de las diez y cuarto
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9. El señor de las diez y cuarto

Capítulo nueve

El señor de las diez y cuarto

M i madre viene a la farmacia a las once y veinte. Eso lo sabe el barrio, lo sé yo y lo saben los proveedores.

Desde hace tres semanas, dos días por semana, mi madre viene a las diez.

La primera vez trajo una excusa: que si el expositor de los caramelos de eucalipto estaba dado la vuelta y que qué imagen.

Vino, lo giró, se quedó. La segunda vez trajo otra: que si las bolsas de papel se estaban acabando y ella pasaba por la papelería.

La tercera ya no trajo ninguna, que es cuando una madre se relaja y comete el error.

Los viernes por la mañana la farmacia va cargada.

Viene la gente que ha aguantado toda la semana pensando que se le iba a pasar y que a las nueve y media de un viernes ha decidido que no se le va a pasar, y viene también la que se abastece para el fin de semana como si fuéramos a cerrar tres meses.

Aquel viernes despachamos, antes de las diez y cuarto: dos antibióticos, una prueba de embarazo, cuatro tensiones y una discusión sobre si el jarabe de la niña había que agitarlo o no (había que agitarlo).

A las diez y cuarto entra don Ramón.

—Buenos días.

—Buenos días, don Ramón.

—Vengo a por lo mío.

Lo suyo es un antihipertensivo, una estatina y, últimamente, con una frecuencia que no se corresponde con el consumo humano de un adulto sano, magnesio.

Aquel viernes mi madre estaba de espaldas, colocando los caramelos de eucalipto por sabores, tarea que no requiere veinte minutos y a la que ella lleva dedicando veinte minutos dos días por semana.

—Anda, Amparo. Tú por aquí.

—Ay, Ramón. Aquí, ayudando a la niña.

La niña tiene treinta y dos años y estaba despachando una receta electrónica a tres pasos.

—Oye, Amparo, una cosa. ¿Tú qué tensiómetro tienes?

Y ahí mi madre se giró.

Voy a intentar explicar lo que pasó con la voz de mi madre, porque es un fenómeno que yo no había observado nunca y que después he podido documentar en cuatro ocasiones más.

Mi madre tiene una voz de misa, que es la que usa con las Vocales, y una voz de casa, que es la que usa conmigo y que consiste básicamente en un imperativo continuo. Y tiene, resulta, una tercera. Le baja dos tonos. Se le va el canturreo. Se pone técnica.

—Yo tengo uno de brazo. De muñeca no cojas.

—Es que el de muñeca es más cómodo.

—Es más cómodo y te miente. Yo tuve uno de muñeca y me daba catorce de máxima estando yo como una rosa, y luego en el centro de salud, doce.

—¿Y no será que en el centro de salud te relajas?

—Ramón, en el centro de salud no se relaja nadie.

—En eso llevas razón.

—El de brazo, y sentado, y con el brazo apoyado en la mesa a la altura del corazón. Que la gente se lo toma de pie y luego se asusta.

—¿A la altura del corazón?

—A la altura del corazón. —Se puso la mano en el pecho para enseñárselo, con la palma abierta—. Aquí.

Don Ramón asintió muy despacio y estuvo un rato mirando la mano de mi madre en el pecho de mi madre.

Voz de ferretería. Es la única manera que se me ocurre de describirla. La voz de la mujer que sabe cómo se hacen las cosas y a la que llevaba tres años sin oír, porque en casa mi madre no arregla nada desde que se murió mi padre: llama a un chico.

Lo que vino después duró once minutos y yo lo despaché entero desde el otro lado del mostrador.

Don Ramón dijo que él dormía mal. Mi madre dijo que la valeriana no hace nada pero que a ella la ayuda, y que eso es lo que hay que mirar.

Don Ramón dijo que a él la valeriana le daba igual, pero que había probado el magnesio y que igual sí.

Mi madre dijo que el magnesio hay que tomarlo de noche.

Don Ramón dijo que él lo tomaba de noche. Mi madre dijo que entonces bien.

Y después mi madre dijo que ella últimamente andaba con la espalda, y don Ramón dijo que él tenía en casa uno de esos cojines que se meten en el microondas, de semillas, y que eran una bendición, y que si quería le decía la marca.

—Dímela.

—Te la apunto y te la traigo.

—No hace falta que la traigas.

—Si paso de todos modos.

Yo llevaba catorce años en ese mostrador y aquello era, con diferencia, el ramo de flores más largo que se había mandado nunca dentro de mi farmacia.

Se estaban recomendando complementos alimenticios como quien se manda rosas.

Se estaban ofreciendo cojines de semillas como quien ofrece un anillo.

Y lo hacían delante de mí, en horario comercial, con la tranquilidad de dos personas que no tienen ni la más remota idea de lo que están haciendo.

Compró el magnesio. Segunda caja del mes. Le pregunté, por deformación, si lo estaba tomando por algo.

—Por los calambres de la noche —dijo, sin mirarme, mirando a mi madre.

—Los calambres de la noche son de deshidratación, la mayoría de las veces.

—Ya. —Se guardó la caja—. Pues eso será.

Se fue a las diez y veintiséis. Mi madre terminó con los caramelos de eucalipto a las diez y veintiocho y se fue a las diez y media diciendo que tenía cosas.

Susi esperó a que la puerta se cerrase del todo.

—Tercera.

—Tercera qué.

—Tercera visita del señor de las diez y cuarto en horario de tu madre. —Se subió al taburete—. Van tres de tres. Estadísticamente, eso ya no es un señor con tensión.

—Susi.

—Y magnesio, Lola. Magnesio. Ese hombre no tiene calambres. Ese hombre lo que tiene es un motivo para volver el jueves.

Le dije que se ocupara del pedido. Se ocupó del pedido. Y desde el taburete, veinte minutos después, sin levantar la vista de la pantalla, dijo:

—Tu madre tampoco.

—Tampoco qué.

—Tampoco tiene calambres.

A la una y media, en el hueco de la comida, estuve a punto de llamarla.

Lo pensé con el móvil en la mano y la persiana a media altura, y llegué a componer la frase entera: mamá, ¿tú y don Ramón qué. Así, sin signos, que es como se preguntan estas cosas en mi familia.

No la llamé. Y no la llamé porque, si yo le preguntaba a mi madre por don Ramón, mi madre iba a tener derecho a preguntarme a mí por lo mío, y en aquel momento yo no tenía nada mío, salvo una bolsa de pipas medio vacía en el bolsillo de una chaqueta que llevaba tres días sin ponerme y que no había vaciado.

Cerré a las ocho y media, subí a casa, me hice una tortilla francesa y me senté a la mesa de la cocina con el sobre de las encuestas.

Mi madre me las devuelve corregidas.

Esto no lo he contado todavía porque me da vergüenza: mi madre me devuelve las encuestas con anotaciones en el margen, en su letra pequeña, rebatiéndome punto por punto, como una profesora que no acepta el resultado del examen.

La de Álex volvió con siete apostillas, una de ellas subrayada dos veces.

La de Sergio volvió con tres y con un dibujo de una casa que yo tardé una semana en descifrar y que resultó ser un chalé, en referencia a un argumento que ella y yo no habíamos tenido.

En la de Sergio, al lado de donde yo había escrito que el hombre había cogido una videollamada de su ex a los cuarenta y un minutos, mi madre había escrito:

«Un hombre que llora por una perra no es un hombre frío. Acuérdate de esto dentro de veinte años, cuando te toque a ti elegir quién te aguanta».

Eso es mi madre. Eso, exactamente eso, es mi madre: una mujer capaz de defender a un tipo que me tiró el vino encima usando como argumento mi propia vejez.

Rellené la de Ignacio entera. Fui rápida: puntualidad, sí; pagó, sí; ex, ninguna; camarero, correctísimo; madre, viva y con una versión en A3.

Y llegué a la once.

Del 1 al 10, ¿cómo de viva te sentiste?

Puse un 2, que era lo que había, y me quedé mirando la casilla.

Porque la pregunta no dice «con él». Eso lo he comprobado luego muchas veces, y no lo dice.

La pregunta de mi madre está mal formulada, o está formulada exactamente como ella quería, que con mi madre nunca se sabe si es torpeza o arquitectura.

La pregunta dice: del uno al diez, cómo de viva te sentiste.

Y yo, aquella semana, me había sentido viva un jueves por la noche, sentada en un bordillo, con las manos negras de una persiana, comiendo pipas con un hombre que se está deshaciendo de la vida de su abuela y no sabe cómo decirlo en voz alta.

No se lo he contado a nadie. Ni a Susi, que lo habría apuntado. Ni a mi madre, evidentemente. Ni siquiera me lo he contado del todo a mí, que es lo raro, porque yo me lo cuento todo.

Cogí el boli.

Debajo del 2 de Ignacio, en el margen de abajo, donde no había casilla ninguna, escribí otro número.

Un nueve.