3. Farmacia de guardia
Capítulo tres
Farmacia de guardia
L a farmacia Ribas abre a las nueve y media y a las nueve y treinta y cinco ya sabe el barrio entero quién ha dormido mal.
Esto no es una metáfora, es un problema de gestión.
Yo despacho medicamentos, pero lo que la gente viene a comprar aquí es otra cosa: una segunda opinión, doce minutos de compañía, alguien que le diga que ese bulto no es nada.
Mi padre lo llamaba «el mostrador», así, con artículo, en un tono que yo tardé veinte años en entender.
Ahora estoy detrás de él y lo entiendo por semanas.
A las diez menos diez entró la señora Charo.
—Quiero lo de la tele.
—¿Lo de la tele de anoche o lo de la tele de la semana pasada?
—Lo del programa de después de comer. Lo que dijeron para las piernas.
—Charo, ¿lo de las piernas cansadas o lo de las piernas hinchadas?
—Las mías.
Susi se giró desde el ordenador sin levantarse del taburete.
—Es el rusco. Salió el jueves. Llevan tres desde el jueves.
—Ese —dijo Charo, encantada—. Dile a la niña que es muy lista.
Susi tiene veinticuatro años, un año conmigo y ya el doctorado.
Habla como si estuviera grabando un vídeo de sesenta segundos y remata como su abuela, todo seguido y sin transición, y esa combinación en un mostrador de barrio es un arma.
A las señoras las tiene ganadas desde el primer mes, que fue cuando le explicó a una clienta la diferencia entre un antihistamínico y un corticoide y terminó con «o sea, que no es lo mismo predicar que dar trigo, Merche».
A las diez y cuarto entró don Ángel: relojero jubilado, cuarenta y un años de escaparate en la calle de atrás y once de viudo, con una puntualidad que a mí me da mucha paz.
Viene a por el Sintrom y a que le diga que tiene la tensión de un chaval.
La tiene de un señor de setenta y ocho, pero cada uno hace lo que puede.
—¿Cómo va eso, don Ángel?
—Va.
Justo detrás de él entró una chica que yo no conocía, de unos veinte años, y se pasó cuatro minutos delante del expositor de las vitaminas antes de acercarse.
Cuando se acercó, no preguntó por vitaminas.
Preguntó, muy bajito, otra cosa, y le contesté igual de bajito, y le di lo que necesitaba y una información que no venía en la caja, y se fue.
Eso también pasa aquí, todos los días, y no se cuenta en las cenas. Mi padre decía que en una farmacia de barrio se despacha un veinte por ciento de medicamentos y un ochenta por ciento de vergüenza ajena de la gente consigo misma. Lo decía sin ninguna solemnidad, mientras hacía cuentas.
A las diez y veinte entraron dos Vocales.
Lo de las Vocales requiere explicación clínica.
Son cinco señoras de la parroquia del Sagrado Corazón, se llaman a sí mismas «el comité», tienen grupo de WhatsApp con nombre propio y mi madre las preside sin que conste en ningún sitio que las preside.
Entran por parejas, nunca solas. Compran cosas que no necesitan y se llevan información.
Aquella mañana compraron una gasa y un jabón íntimo, y el jabón lo compró Pepita mirándome fijamente a los ojos, que es su manera de decirme que sabe de sobra que yo sé.
—¿Qué tal la cena del sábado, Lolita?
—Muy bien, Pepita.
—Es que Borja es un chico muy trabajador.
—Muchísimo.
—Y la madre, una santa.
—Y las croquetas, buenas.
—¿Congelaban?
—De maravilla.
Se fueron sin la gasa. La gasa se la había quedado Loli en la mano, distraída, y volvió a devolverla a las once y cuarto pidiendo perdón a todo el que se cruzaba.
A las once menos cuarto entró el señor de las diez y cuarto.
Le llamamos así porque durante meses vino a las diez y cuarto, y desde hace unas semanas viene cuando le parece, que es un dato clínico que a mí no me correspondía interpretar todavía.
Se llama Ramón, es viudo, tiene la tensión regular y una manera de dar las gracias que hace que te dé pena cobrarle.
—¿No viene hoy tu madre? —preguntó, mirando el expositor de los caramelos de eucalipto con un interés que aquel expositor no ha despertado en nadie.
—Sobre las once y veinte.
—Ah. —Se guardó la caja en el bolsillo—. Bueno.
Y se quedó mirando las medias de compresión once minutos, con las manos en la espalda, como quien visita una exposición.
Susi, sin mover la cabeza, dijo:
—Ese señor no necesita medias.
—Ese señor tiene las piernas perfectas.
—Es lo que digo.
Mi madre llegó a las once y veinte, que es su hora, con el bolso por delante y una carpeta de gomas. La carpeta era nueva. La carpeta era, de hecho, el acontecimiento.
Don Ramón, para entonces, ya se había ido, con dos minutos de diferencia y una precisión que solo se consigue queriendo.
—Toma.
Sacó una hoja y la puso sobre el mostrador con las dos manos, girada hacia mí, y esperó. Mi madre entrega los papeles como se entregan las condecoraciones y los partes de defunción: sin soltarlos del todo hasta que estás mirando.
Era una ficha. Papel cuadriculado, columnas hechas con regla, una foto pequeña recortada del boletín parroquial y pegada con celo en la esquina. En la foto se veía a un chico joven con camisa clara y a media docena de personas más, todas cortadas por la mitad.
—Alejandro —dijo—. Álex, se hace llamar.
—¿Y toda esta gente?
—Es del bautizo de los mellizos de la de la mercería nueva. Es la única foto que hay.
Susi había abandonado el ordenador y leía por encima de mi hombro con una falta de disimulo que le agradecí en el alma.
—«Emprendedor digital» —leyó en voz alta—. «Buena familia. No fuma. Muy aparente».
—Muy aparente —confirmó mi madre.
—Aquí, en banderas rojas, pone «come sin pan».
—Es un dato.
—Ya, pero es que es el único.
—Porque es el único que hay.
Y abajo del todo, en su letra pequeña, la casilla que mi madre lleva rellenando tres años y que yo tardé mucho en entender que era la parte que más trabajaba: «Lola dirá que no porque…».
Le di la vuelta a la hoja para no verla.
Fue entonces cuando la farmacia hizo lo que hace la farmacia, que es constituirse en asamblea sin que nadie convoque.
Charo, que seguía allí porque Charo no se va nunca, se acercó al mostrador.
Detrás de ella, la del tercero. Detrás, una señora que yo no había visto en mi vida y que esperaba a que le mirásemos un lunar.
—A ver la foto.
—Está cortada.
—¿Ese de blanco?
—No. Ese es el padrino.
—¿El padrino de los mellizos?
—El padrino es el hermano, que trabaja en el aeropuerto.
—Ah, el del aeropuerto. Muy aparente también.
—Es el de la camisa clara —dijo mi madre, sin descruzar los brazos.
—Trabaja en internet —informó la del tercero, con el tono con que se lee un diagnóstico.
—Internet da de comer —dijo Charo—. Mira el del gas.
—El del gas no trabaja en internet, Charo.
—Pero mira cómo vive.
—El del gas vive como vive porque su mujer trabajó treinta años en Correos.
—Eso también.
La señora del lunar, que hasta ese momento no había abierto la boca, opinó que en las fotos de bautizo todo el mundo sale mejor de lo que es, lo cual me pareció entonces, y me sigue pareciendo hoy, la afirmación más sensata que se ha hecho nunca en mi mostrador.
Hubo dos segundos de respeto.
—Pues mi sobrina conoció al suyo en un bautizo —dijo Charo.
—¿Y qué tal?
—Se separaron.
—Ya, pero se conocieron.
—Eso sí.
Después la del tercero preguntó si el chico tenía coche, y mi madre dijo que plaza de garaje, que es más, y el debate se reactivó por otra rama.
Se estableció que una plaza de garaje en este barrio vale por una carrera universitaria.
Se recordó el caso de un chico de la calle Sierra que tenía dos y acabó fatal, aunque nadie precisó en qué consistió el acabar fatal.
La señora del lunar quiso saber si el chico era alto.
Mi madre dijo que sí. La del tercero dijo que en la foto no se sabía. Mi madre dijo que estaba sentado.
—¿Y cómo sabe usted que es alto si está sentado?
—Porque le sobresale la cabeza del banco.
Nadie tuvo nada que oponer a eso.
Yo despaché cuatro recetas mientras discutían de mí en tercera persona, que es una experiencia que recomiendo poco.
Don Ángel llevaba diez minutos con el Sintrom en la mano, esperando a pagar y sin decir absolutamente nada. Dejó la receta en el mostrador.
—Yo a ese le vendí un reloj —dijo—. Devuelto a los tres días.
Y se fue.
Hubo un silencio de los que solo se producen en las farmacias y en los juzgados.
Charo miró la puerta. La del tercero miró la foto otra vez, ahora con recelo.
Mi madre recogió la ficha, la metió en la carpeta de gomas y anunció, con la naturalidad de quien anuncia una hora de misa, que el jueves a las nueve, en un sitio de hamburguesas que está muy bien y que se llama de una manera rara.
—¿Qué manera rara?
—Rara. Ya lo verás. Ponte el pelo suelto.
Cuando se cerró la puerta, Susi seguía mirando el trozo de mostrador donde había estado la hoja.
—Van a ser diez —dijo.
—Diez.
—Diez citas. —Se levantó, fue al almacén y volvió con el rotulador de la pizarra donde apuntamos los pedidos y las incidencias con los proveedores. Se quedó con él en la mano, pensando, con esa cara suya de estar planificando algo a medio plazo—. Lola, esto hay que documentarlo.